Envidia
Mirada ceñuda
Labios se estrechan
Tensión bajo los ojos
El cabo Mariano Ojeda estaba muy nervioso esa mañana.
Había perdido más de quinientos euros en el bingo.
Una vez más. Las tarjetas de crédito no daban más de sí, y su mujer ya le había dado un ultimátum la última vez.
No, ella no podía enterarse de que se encontraban de nuevo en esa situación.
De lo contrario, cogería a sus hijas y se marcharía a Madrid con su hermana.
Tenía que estudiar bien cómo solucionarlo. Ese dinero era necesario en casa. Si con su escaso sueldo y las deudas acumuladas casi no llegaban a fin de mes, con esta nueva sería imposible.
Tenía que reponerlo inmediatamente. El problema era que no sabía cómo hacerlo. Había quemado todas sus velas: no podía pedir más adelantos en el trabajo, en los comercios ya no les fiaban, y con sus amigos tampoco podía contar, les había dado el sablazo a todos.
El sonido de su móvil le apartó de sus pensamientos.
La pantalla mostraba el nombre de Rosa la trepa, y en ese preciso instante lo recordó: tenía que haber ido a Rodellanos para hablar con Carolina Arias y confirmar la coartada de Carlos Escudero, pero se le había olvidado completamente, inmerso en sus problemas económicos.
Pensó rápido. Estaba harto de tener que justificarse ante todos.
El tal Carlos había dado una coartada demasiado elaborada para que fuera inventada, era obvio.
Tampoco creía que fuera necesario tener que ir a otra población a corroborarlo.
Además, estaba harto de Rosa, era una capulla engreída.
Se creía más importante que nadie por su ascenso, pero Mariano sabía que solo lo había conseguido por ser mujer.
Ahora las cosas funcionaban así, discriminación positiva lo llamaban.
Cuando descolgó, respondió con un tono que sabía rayaba en la insubordinación:
—¡Que sí, coño, que está confirmada! —Y colgó sin despedirse.
A continuación, llamó por teléfono al móvil que le habían dado de Carolina.
Tras un pitido de confirmación de tono, saltó el contestador.
«Vaya por dios», pensó, «bueno, probaré más tarde».
Sin embargo, de nuevo quedó atrapado en sus pesimistas pensamientos económicos y volvió a rumiar la forma más eficaz para salir del atolladero en el que se encontraba.
La llamada no realizada quedó en un quinto plano en su cerebro.