Impaciencia
Ceño fruncido
Tono de voz agudo
Mandíbula apretada
La casa de Pepa estaba situada al final del pueblo. Años atrás se encontraba a las afueras, pero como este había ido creciendo, ahora la casa quedaba dentro.
Pepa se mostró un tanto sorprendida al vernos. Nos hizo pasar a la sala de estar; la recorrí con la mirada. Pepa había alumbrado sus paredes cubriéndolas con multitud de lienzos, muy probablemente pintados por ella misma.
A pesar de mi falta de conocimiento en el tema, como en el cuadro que había visto en casa de mi tía, se podía apreciar la vibrante vitalidad que fluía de sus pinceladas.
Casi toda la temática era floral. Presidiendo la pared central, una pintura particularmente grandiosa, con un granate vivo y de grandes dimensiones exponía una flor que reconocí, si bien no recordé su nombre.
El resto de la sala destacaba por lo anodino, con muebles pasados de moda y tapetes de ganchillo sobre los sillones.
En la salita nos ofreció cafés y pastas de mantequilla que yo acepté de buen grado, dejando de paso que fuera Rosa la que tomara la palabra; yo me permití disfrutar de la explosión dulce y untuosa que sentí en mis papilas en cuanto engullí la primera pasta.
—Pepa, hemos venido en visita oficial. Cris nos está ayudando en la investigación de la muerte del padre Damián.
—El comentario, un tanto seco, y la mirada recriminatoria subsecuente iban dirigidos a mí, por lo que tragué casi sin masticar la segunda pasta que me había metido en la boca—.
Grabaremos esta conversación, si estás de acuerdo.
Pepa asintió.
—A ver si así se resuelve el tema. Ya ha pasado más de una semana y no he oído que se haya detenido a nadie, ni siquiera hay sospechosos —dijo agria.
Rosa ignoró su tono y continuó:
—Si bien no podemos informarte sobre los avances en el caso, ya que se ha decretado secreto de sumario, te aseguro que nos estamos dejando la piel. Necesito que le cuentes a Cris con todo detalle lo que pasó ese día.
—Ya lo he contado cinco veces —respondió Pepa—. Está bien, lo volveré a repetir las veces que haga falta —añadió suspirando.
Pepa nos relató que llegó a la casa parroquial como siempre, sobre las nueve de la mañana, un poco más tarde porque se entretuvo en regresar a casa a por las flores para la iglesia que se le habían olvidado.
Nada más entrar, fue a ver al padre Damián, que a esas horas solía estar en el despacho leyendo.
Prefería leer allí porque estaba ya cansado de su habitación.
—Llevaba casi una semana recluido en ella, entre lo del golpe en la cabeza y la salmonelosis, y estaba ya un poco harto de esas cuatro paredes. Y… —hizo una pausa— cuando llegué, lo encontré muerto sobre la mesa.
Analicé su tono de voz y de primeras consideré que no había mentido. Pero no era una prueba fehaciente, debería estudiar las grabaciones de nuevo para estar segura del todo.
—Estaba muy aturdida. Por lo que recuerdo, Marcela llegó unos minutos después.
Rosa le preguntó, una vez más, si conocía a alguien que pudiera ser capaz de hacer algo así o que tuviera algo contra el padre Damián. Esta negó con la cabeza, aunque añadió:
—El único del pueblo que no soportaba al padre Damián, vete a saber por qué, era el Carlos. Pero vamos, que no lo veo haciendo algo así.
Rosa se revolvió incómoda ante mi mirada acusatoria. Comenzaba a levantarse para despedirse, dando por concluida la conversación, pero la interrumpí:
—Pepa, ¿cómo describiría el carácter del padre Damián? Usted lo conocía bien. ¿Había notado algún cambio en su actitud o comportamiento en los últimos días? ¿Quizás estaba más nervioso de lo normal?
—Por lo que sé, todo el mundo lo quería, era muy atento. No noté nada diferente en su forma de ser. Es más, estaba contento, había superado el golpe en la cabeza y la salmonelosis y se veía con fuerzas para retomar su vida normal.
Cuando salíamos de la casa, me fijé en detalle en el jardín.
Realmente estaba muy bien cuidado. Pude reconocer el arbusto de la entrada.
Era el mismo que había servido de modelo para la pintura de las flores granates que tanto me había llamado la atención, aunque en esa época del año no tuviera flores.
Por fin recordé de qué especie se trataba; era un ejemplo más de que la belleza podía ser muy peligrosa a veces.
Me vino a la mente el brigada Miñana, no sé muy bien por qué.
Se trataba del Ricinus communis, conocido como ricino, árbol del demonio o higuera del infierno.
No era una planta ornamental ni tampoco autóctona en la Mancha.
Su presencia en ese jardín no tenía demasiado sentido.
—Pepa —le dije—, esta planta no es común por aquí. ¿Cómo es que la tiene en su jardín?
—¡Ah, has reconocido el ricino! —respondió Pepa sorprendida—. La mayoría de la gente piensa que es una higuera. Me lo trajo mi Luis de Canarias, de cuando estuvo asignado allí.
Claro, eso tenía sentido, en Canarias el ricino era una especie invasora.
—Lo verás en muchos jardines de San Juan. A la gente le gusta tanto cuando está en flor que me piden esquejes todos los años.
Cuando estábamos a punto de entrar en el coche, Rosa me preguntó:
—Cris, yo no he estudiado de plantas, pero el ricino es un veneno, ¿verdad?
—Correcto, Rosa, pero en este caso no es solo relevante porque sea un veneno.
La ricina, su toxina, produce, si no recuerdo mal, unos síntomas que pueden ser confundidos con una salmonelosis grave.
Debemos solicitar que analicen la sangre tomada en la autopsia del padre Damián.
Mucho me temo que sea positiva en ricina.
Si, además, hay más gente en San Juan que puede tener acceso a este veneno, tenemos un verdadero problema.