Asombro
Boca y ojos muy abiertos
Respiración agitada
Parpadeo rápido
—¿Sí? —respondí un poco hastiada a la llamada entrante, mientras me limpiaba de las comisuras los restos de helado de chocolate que me estaba comiendo a dos carrillos y veía por enésima vez Rebeca en mi piso en Madrid.
Era inaudito cómo podías odiar a alguien por sus actos en la vida real, pero amar su obra de una forma tan pasional. Además de con Hitchcock, me ocurría algo similar también con Picasso, Michael Jackson…
No llegué a reconocer el teléfono. Supuse que la llamada vendría de alguna universidad americana, pidiéndome que fuera a realizar allí algunos trabajos.
Recuerdo que incluso pensé en la respuesta que iba a darles. Estaba hasta arriba de trabajo, y no quería realizar más viajes de los ya planificados en mi apretada agenda, al menos no por el momento.
—¿Cris? —preguntó una voz dubitativa.
Error. Horror. Era John.
Llamarle John había sido la venganza personal a un padre ausente. Jamás volví a llamarlo papá.
—Cristina Peterson al aparato —dije en un intento de parecer profesional, como si no hubiera reconocido su voz, como si no fuera la última llamada que esperaba en el mundo. En cierto modo, lo era.
—Cris, soy John, tu padre. Verás… —hizo una pausa.
Aunque llevara su discurso bien preparado, no le resultaría fácil verbalizarlo.
Llamarse a sí mismo John era una especie de reconocimiento a su derrota—, conocí a alguien, a alguien muy especial, hace dos años.
Se llama Jenny —soltó la primera bomba—, voy a casarme —soltó la segunda— y, bueno…
estamos esperando un bebé —soltó la tercera.
Mi silencio se hizo patente, tragándose todo pensamiento lógico, mudo por una furia que crecía desde mis vísceras y pujaba por atravesar mi piel.
—Me gustaría que vinieras a nuestra boda. En realidad, me gustaría… —continuó aclarándose la voz— que vivieras un tiempo con nosotros, ya sabes… Que formaras parte de la vida de tu hermano.
Mi silencio después partió, dividido entre los latidos de mis sienes y mi respiración, que ya era audible en su resuello.
—Va a venir a la boda mucha gente que conoces. Lo pasaremos muy bien. He invitado a Paul, Deborah, Susie, Danny.
A Danny. Colgué. Después, vomité.
De esta llamada habían pasado dos meses. Seguía sin poder darle una respuesta.