La verdad del cuervo (Cristina Peterson 1) Sobrecogimiento
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Sobrecogimiento

Hombros caídos

Mano temblorosa a la frente

Inclinarse con las manos en las rodillas

Como volvíamos a pie de la casa de las hermanas —yo estaba literalmente congelada—, Rosa me pidió que la acompañara a la librería, que estaba de camino a mi casa, a recoger un pedido de libros que había hecho sobre criminología, y así aprovecharíamos para entrar en calor.

Mi cuerpo empezó a caldearse en cuanto entramos.

La librería estaba acondicionada para que los clientes se encontraran a gusto y rebuscaran lo que desearan.

Percibí el olor inconfundible a libros nuevos.

El aroma seco a papel y cartón, a tinta recién impresa y a madera, de las estanterías de pino, de una librería bien surtida.

Sentí la música de fondo, que invitaba a la compra, y el sonido de otros clientes que conversaban, mientras los chiquillos enseñaban deseosos a sus padres los cuadernos para colorear que habían descubierto en la sección de niños.

Así pues, en tanto que Rosa trataba con el propietario en el mostrador, yo me dediqué a fisgonear a mis anchas.

Mi intención era curiosear la sección de divulgación científica, esperando encontrar alguna novedad en mi línea de trabajo.

Aunque dudaba mucho que hasta San Juan llegaran las publicaciones anglosajonas de los nuevos eruditos de la investigación, y que prometían adelantarse al resto con publicaciones de carácter más inmediato que los libros, y mejor valoradas: las revistas científicas de renombre.

Atravesé varias de las altas estanterías con carteles que indicaban las distintas áreas, hasta que tuve al alcance de mi vista la sección que buscaba.

Pero algo que atisbé por el rabillo del ojo llamó mi atención y me giré a la derecha.

Allí me encontré frente a un muro de libros, todos iguales, y un gran panel que ampliaba la imagen de su carátula. Lo reconocí al instante.

Por fin se había publicado el último libro de Patrick Rothfuss.

De pronto sentí que las lágrimas se agolpaban en mis ojos sin miramiento, y solo tuve oportunidad de decirle a Rosa que la esperaba fuera, antes de que mis mejillas se empaparan con la humedad salina de mis lágrimas que, congeladas por el frío exterior, enmarcaron mi dolor, poniéndole la guinda perfecta.

Llegué hasta la plaza y me senté en un banco. Intenté analizar mi reacción. Era visceral. No hacía falta ser psiquiatra para saber de qué se trataba: no había superado mi ruptura con Danny.

Con El nombre del viento , el primer libro de este autor, Danny y yo inauguramos una forma de ocio particular e íntima.

Leíamos el mismo libro, a la vez. Incluso nos esperábamos para empezar un nuevo capítulo, en el caso de que el otro no lo hubiera terminado, y tras la lectura de la tarde, con una taza de café en la mano, lo comentábamos.

Nos inundaba una sensación placentera, que arañaba nuestros cerebros, haciéndolos vibrar. Felicidad.

No llegamos a leer la segunda parte de la trilogía; entre la publicación de la primera y la segunda novela habían pasado cuatro años, y queríamos leérnosla completa, así que decidimos esperar a que los tres estuvieran en el mercado. Lamentablemente, nuestra historia terminó antes. Cinco años antes.

Imaginé a Danny en Massachusetts, o donde viviera ahora con su familia, paseando delante de una librería y viendo expuesta la nueva obra de Rothfuss.

Conociéndolo, sonreiría, recordando con nostalgia nuestros momentos, y continuaría con la conversación que estuviera manteniendo con su nueva pareja. Eso sería todo.

Mientras, yo no podía respirar. Sentía que a mi cuerpo lo habían introducido en una mesa de tortura medieval, y una prensa despiadada aplastaba mi pecho hasta vaciarlo.

Rosa me encontró unos minutos después, completamente helada, pálida y boqueando como un pez. Se esperó conmigo hasta que me tranquilicé lo suficiente y me acompañó a casa.