Determinación
Ceño fruncido
Labios apretados
Mentón alto
Claustrofobia, ese término serviría para describir lo que sentí cuando entré en casa de las hermanas. Un lugar oscuro, sin luz. Las personas que moraban allí no se habían permitido vivir.
Rosa había llegado tarde a recogerme esa mañana.
Muy tarde. Cuando llegó, yo ya estaba completamente aterida.
No se disculpó, cosa que estuve a punto de afearle, hasta que me fijé en las violáceas ojeras que ocupan gran parte de su cara.
Muy probablemente no habría pegado ojo, pero me adelantó que no quería hablar sobre Carlos por el momento.
Fuimos a casa de Dolores y Angustias a pie; se encontraba a escasos cien metros de la de mi tía.
Cuando entramos, Dolores estaba terminando de arreglar a Angustias.
Esperamos sentadas en el sofá hasta que estuvieron listas.
La casa era muy sencilla, con muchos muebles, que habían pasado por épocas mejores, y todas las paredes estaban recubiertas de fotografías antiguas, probablemente heredadas de antepasados.
No había huecos libres, lo que le confería a la casa un aire lúgubre, casi tétrico.
De las ventanas colgaban espesas cortinas que impedían la entrada de luz, y su peso tal vez dificultara su apertura y, por tanto, la ventilación, por lo que la atmósfera era rancia.
La mesa del rincón de la salita estaba cubierta por toda una suerte de medicamentos —para tratar la enfermedad de Angustias, supuse—.
Dolores tomó la palabra y dijo mirándonos fijamente a los ojos:
—Creo que es importante aclararos que nosotras no sabíamos nada de ninguna herencia, ni siquiera sabíamos que el padre Damián y nosotras fuéramos parientes.
Rosa y yo nos miramos y sin mediar palabra nos preguntamos cómo era posible que estuvieran ya en poder de esa información. Nosotras la habíamos obtenido a partir de una orden judicial y la lectura del testamento oficial no se produciría hasta tres días después.
—No tienen por qué preocuparse, que fueran las beneficiarias de la herencia no implica necesariamente que la policía las vea como posibles sospechosas —las tranquilizó Rosa
—Vemos películas, y sabemos cómo funciona la mente policial —contestó muy seria Angustias.
Lo cierto es que, pese a que tenían motivos para el asesinato, las había descartado como sospechosas.
Angustias era dependiente y, si bien Dolores estaba en posesión de sus facultades, era complicado que hubiera llevado a cabo un asesinato premeditado, teniendo que dejar sola a su hermana. Además, los tiempos no cuadraban.
—De verdad, no hay por qué preocuparse —reiteré, aunque luego me vino una idea a la mente—, pero sí nos gustaría saber si han podido averiguar de dónde viene esa relación de consanguinidad.
—No. Estamos tan sorprendidas como vosotras —respondió Dolores—.
Sabemos que nuestra madre no se hablaba con su familia por parte de padre por algo que había pasado años atrás, cuando nosotras éramos unas crías.
Algo relacionado con el marido de su prima, si no recuerdo mal, pero no estábamos al tanto de que nuestra madre tuviera relación con la familia del padre Damián. En absoluto.
—Bueno, si averiguan algo más, por favor, es importante que nos lo hagan saber.
—Sí, por supuesto. Esta tarde miraré en el desván, que hay cosas del año de Matusalén, a ver si podemos encontrar alguna pista. Sé que tenemos guardados documentos y quién sabe…
Mientras salíamos, me aparté un poco de Rosa y le pregunté a Dolores por el estado de su hermana:
—Cada vez está peor —dijo con voz apagada—. Ya no la puedo dejar sola ni un momento. Estoy por trasladar mi cama y que durmamos en la misma habitación. Cada vez tiene las crisis más continuas.
—En algún momento tendrá que tomar la decisión. —Pese a mis palabras un tanto crípticas, Dolores entendió a la perfección mi mensaje.
Negó con la cabeza mientras fruncía el ceño.
—No —respondió tajante—. Mientras yo pueda, mi hermana se quedará en casa conmigo.
Asentí y la miré con tristeza. En breve Dolores no podría con su hermana.