La verdad del cuervo (Cristina Peterson 1) Tristeza
40%

Tristeza

Caminar pesado

Ojos hinchados

Llanto

Pese a mi ámbito profesional, solía considerarme una anguila lisiada en lo referente al contacto físico con otras personas.

Preferí optar por no hablar y continué abrazando a mi amiga, en un silencio apenas roto por la cadencia de sus hipos.

Rosa lloraba por todos los años que habían ido pasando, por todas las esperanzas borradas y por todos los amores que no dejó que llegaran, esperando siempre al ansiado Carlos.

Por fin, parecía que Rosa podría abrir los ojos, aunque no estaba segura al cien por cien de que fuera a ser así. Era más que probable que, pese al batacazo de ese día, al siguiente, con la cara lavada, encontrase una justificación que solo a ella le serviría y volviera a las andadas.

Cuando llegué a casa, y después de dejar mi indumentaria para el frío colgada en la entrada, encontré a mi tía sentada a la mesa.

En ella estaban dispuestos dos servicios impecablemente colocados.

Sabía el esfuerzo que le habría llevado a mi tía poner la mesa con su brazo inútil, y lo que significaba.

No había cenado por esperarme. Eran casi las diez de la noche.

Un puñetazo de ansiedad y vergüenza golpeó mi pecho. ¿Cómo podía ser tan egoísta? Desde que había aceptado el caso, había dejado a mi tía en manos de la Paca, sin consideración por ninguna de ellas. Eso no volvería a repetirse.

Le di un beso en la mejilla a mi tía, esperando poder transmitirle sin palabras lo avergonzada que me sentía, y me puse rápidamente a hacer la cena.

Si mi tía estaba enfadada o decepcionada, no lo demostró. Me siguió como un cachorrito a su amo y me fue preguntando toda clase de cosas respecto al caso que estábamos investigando.

Suspiré. Tenía que decepcionarla otra vez. Tuve que explicarle que no podía compartir información del caso con nadie, ella incluida.

Tras este último fiasco, y con un puchero de disgusto, se sentó de nuevo en su sitio a la mesa y esperó a que yo me sentara a acompañarla para la cena.

—Algo me podrás contar, ¿no? —dijo demostrando el disgusto en el tono de su voz.

—Tía, de verdad, no puedo contar nada. Podríamos tener problemas ambas. Cuéntame tú, ¿qué has hecho hoy? De eso sí podemos hablar.

Mi tía siguió enfurruñada y en silencio. Empecé a sospechar que había hecho algún pacto con la Paca para sonsacarme información del caso, así que parte de lo mal que me sentía se desvaneció al momento.

Estaba a punto de llevarme una cucharada a la boca de la crema de verduras que había hecho como primer plato, cuando sonó mi teléfono. Era Rosa.

Qué raro. No hacía ni treinta minutos que me había dejado en la puerta de casa, y habría apostado que no querría hablar, al menos no de Carlos, durante un tiempo.

—Sí, Rosa, dime.

—Tenemos una información nueva sobre el caso: las hermanas Dolores y Angustias son las beneficiarias de la herencia del cura. Al parecer, según el testamento del difunto, eran familia de algún modo. Mañana les haremos una visita.

Había dicho lo que tenía que decir y colgó .

Mi tía había escuchado la conversación. Estaba segura. Sus ojos tenían de pronto un brillo travieso muy llamativo.

—Bien, tía, sé que has escuchado todo lo que ha dicho Rosa. Así que dime, ¿qué sabes sobre que Dolores y Angustias fueran familia del padre Damián?

No intentó negarlo.

—Pues estoy tan sorprendida como debes de estarlo tú. No creo que ni ellas lo sepan. Tantos años y nos enteramos ahora.

«Nos enteramos», había dicho. Como si ella debiera haber sido informada de algo.

En fin. Continué tomando la crema en silencio. Esta noticia cambiaba las cosas. De pronto, alguien sí tenía un móvil para el asesinato.