Desdén
Brazos cruzados
Mueca en los labios
Ojos entrecerrados
Llegamos en silencio a la granja. La entrada estaba enmarcada por un «trenecito aéreo de huevos volantes».
Era una forma divertida de describirlo. Se trataba de una cinta transportadora que llevaba los huevos desde la granja ponedora hasta la nave envasadora.
Realmente era una cosa digna de ver, todos esos huevos volando en el aire por encima de nuestras cabezas.
Aparcamos en la zona asignada y nos dirigimos a la nave envasadora, donde Carlos tenía su despacho. La puerta peatonal daba acceso directo al área donde se encontraban las líneas de envasado.
Nos acercamos al encargado, un chico bastante joven para el puesto, que en ese momento estaba explicándole a una operaria cómo detectar posibles enfermedades de los huevos a partir de las imperfecciones que mostraban; para ello usaban una potente luz con la que debían revisarse uno por uno.
La lámpara de revisión parecía tener más luces que la chica, que estaba más pendiente del propio encargado que de las alteraciones de las cáscaras.
El chico nos señaló dónde se encontraban las oficinas y, tras una mirada en la dirección indicada, hallamos una puerta que abrimos sin llamar.
—Hombre, Cagney and Lacey —bramó Carlos al vernos—. ¿Qué? ¿Ya os han dicho en el pueblo que soy el único que no soportaba al maldito cura?
No soy una persona que se quede sin palabras fácilmente, pero esta bienvenida no me la esperaba. En teoría, éramos sus amigas, sobre todo Rosa. No tenía ni idea de dónde venía tanto resentimiento.
—Si me vais a preguntar si maté al venerable padre Damián, la respuesta es no, pero me quito el sombrero; el que lo hiciera le hizo un gran favor a este puto pueblo.
Rosa iba a contestar algo de malos modos, pero la interrumpí —no iba a permitir que su actitud nos afectara—. Le pregunté qué tenía contra el padre Damián; quería ver cómo lo explicaba, qué emociones transmitía.
Carlos nos miró fijamente. Finalmente, decidió responder algo más tibio:
—Digamos que lo conozco, conocía —se corrigió—, desde hacía muchos años, al fin y al cabo, Juan y yo fuimos sus monaguillos. —Cargó esta última palabra con sorna.
Rosa resopló, no era la respuesta que esperábamos, y cuando estaba a punto de manifestarlo, Carlos la interrumpió:
—No voy a decir nada más, Rosa. Si quieres, me llevas al cuartel detenido. No voy a hablar nada más del mierda ese.
—Vale, Carlos —respondió Rosa—, como quieras, ya nos enteraremos de otro modo. Dime, por favor, dónde estabas el lunes entre las seis y las nueve de la mañana.
Y en ese momento Carlos comenzó a mentir.
A los mentirosos compulsivos, los que se creen sus propias mentiras, es más difícil pillarlos, pero las personas normalmente sinceras, como Carlos, cuando mienten actúan de forma similar: aprietan los labios o se tapan la boca, parpadean mucho o mueven los ojos de un lado a otro y miran hacia la derecha. Carlos miró a la derecha .
—Estuve en la granja, como siempre a esas horas.
—¿Alguien puede confirmarlo?
—Estuve solo hasta las siete y después llegó Pablo.
—¿Entonces nadie puede confirmar lo que hiciste entre las seis y las siete de la mañana de ese lunes? —preguntó Rosa.
—Bueno, tú no, desde luego. —Y añadió con crueldad—: Aunque te hubiera gustado, ¿verdad?
Rosa había tenido bastante y, sin darme tiempo a nada, le puso las manos a la espalda y lo sacó esposado del despacho ante la mirada atónita de todos los trabajadores de la planta.
Carlos, muy enfadado, se apartó de ella de un empujón y gritó:
—¡Rosa, quítame las putas esposas! ¿Quieres saber con quién estuve esa noche?
¿Quieres saberlo? —gritó de nuevo—. ¡Pues con una chica de Rodellanos!
Fuimos al cine, y después, para tu información, a cenar y luego a echar un polvo a su casa.
Tengo su teléfono si quieres confirmarlo, se quedó muy contenta y me llama todos los días para repetir.
Rosa visiblemente afectada, le quitó las esposas y se dirigió sin decir una palabra más hacia el coche.
Miré a Carlos muy enfadada —se había pasado tres pueblos—.
Bajó la mirada. Lo que había dicho, y su forma hiriente de expresarlo, acababa de marcar un antes y un después en su relación con Rosa, y él lo sabía.
Subimos al coche sin decir una palabra y continuamos en silencio todo el trayecto de vuelta. Solo cuando hice el amago de abrir la puerta para salir, Rosa empezó a llorar. Sostuve su dolor abrazándola en silencio.