Adoración
Labios entreabiertos
Contacto visual constante
Boca seca
Las conversaciones con Marcela y mi tía habían alterado el orden de las visitas previstas. Mientras recorríamos los escasos cinco kilómetros que separaban el pueblo de la granja de Carlos, Rosa me relató lo que recordaba de la «venganza» del padre Damián.
Al parecer supo de ella por el propio Carlos —confesó culpable—, pero nunca llegó a creerlo del todo. Carlos, en su ostracismo, tampoco le explicó exactamente en qué había consistido la represalia. Únicamente le había dicho que había sido tan duro que hizo que lo odiara con todas sus fuerzas.
Sin embargo, Marcela había sido mucho más explícita. Nos había contado cómo llegó a enterarse.
—Estamos hablando de uno de los febreros más fríos que habíamos pasado en el pueblo —relató—. El agua de las canaletas se congelaba dentro de las tuberías.
Dijo que había pasado por delante de una de las ventanas de la casa parroquial que dan al patio interior, y los vio a los dos, de rodillas, con los brazos en cruz, sosteniendo en sus manitas pesados libros que no podían dejar caer al suelo.
—El malnacido los había obligado a quitarse abrigos, jerséis, camisas y pantalones.
No me lo podía creer, ¿qué estaban haciendo esos niños ahí fuera?
Los pobres no podían ya articular palabra, pero entendí que los había castigado el bondadoso padre Damián.
Fui en su busca y, cuando lo tuve delante, lo increpé.
—Marcela, mientras nos relataba los hechos, había mostrado en sus ojos la crispación propia de la rabia, con la mandíbula y los puños apretados—.
¿Qué pensaba que estaba haciendo con esos niños ahí en el patio?
, ¿quién se creía que era? Helados como pajaritos, los pobres.
Me dijo, con una frialdad que me heló la sangre, que hacía la obra de Dios.
Le grité y lo llamé loco desalmado. Por lo visto les había hecho pasar toda la mañana en esa posición.
No pude contenerme por más tiempo. Cogí a los niños, los bañé en agua templada, los vestí y los llevé a su casa.
—Tienes que admitir, Rosa —dije volviendo a nuestra conversación—, que esto que sabemos ahora debería hacernos ver que el padre Damián no era el santo que nos habían hecho creer todos.
El padre Damián había sido despiadado, perverso —no sabía cómo describirlo—, con unos chiquillos que habían roto un jarrón.
Rosa, fiel por naturaleza, no iba a dar su brazo a torcer tan fácilmente. Dio la callada por respuesta y siguió conduciendo en silencio.
—Rosa, los sacerdotes no suelen ser víctimas de asesinato. No en nuestra época. A este hombre lo habían intentado asesinar en otras dos ocasiones, y ahora nos enteramos de esto.
—No puedes estar segura, Cris.
—¿De qué no puedo estar segura? ¿De lo que nos ha dicho Marcela, del accidente de la maceta, de la salmonelosis negativa o de la cuchillada?
—A Rosa no le estaban gustando nada mis observaciones, pero tenía que oírlas.
Esto es lo que pasaba cuando se investigaba un asesinato en el que uno estaba involucrado emocionalmente.
Rosa había tenido una relación mucho más estrecha que yo con el padre Damián.
Investigar su asesinato le iba a pasar factura.
Atravesamos el vallado exterior del recinto e, inmediatamente, percibimos la mezcla de olores a animales y piensos suspendida en el aire.
En una de las vallas había sido donde, siendo unos críos, encontramos a la cachorrita Canela, que estaba medio grogui del agotamiento al intentar escapar de los alambres que la aprisionaban. Todavía no se llamaba Canela.
Parecían haber pasado miles de años.
Carlos fue el primero que la vio y saltó como un resorte.
Nos dijo que la acariciáramos para tranquilizarla, y corrió veloz a la granja a por unas tenazas.
Llegó sin aliento; mientras tanto, Rosa, mareada al ver la sangre donde los alambres sin piedad habían mordido la carne del animal, se apartó a un lado, y yo, con paciencia, intentaba tranquilizar al perrete, que se ponía a aullar al más leve toque.
Carlos cortó los malditos hierros oxidados con la precisión de un cirujano, y con mucho cariño liberó al chiquitín, que resultó ser chiquitina.
Y ese incidente derivó en varios acontecimientos que cambiaron de alguna forma nuestras vidas: Carlos decidió que estudiaría veterinaria; Rosa, que sería la dueña de la perrita; yo, que nunca tendría una mascota, el dolor que había visto en sus ojos se había clavado de forma cruel en mi subconsciente y no quería que nadie me mirara así de nuevo, y Canela, que, aunque a partir de ese momento tendría una nueva dueña, su corazón siempre sería de Carlos, hasta el final de sus días.
Y así fue: durante los siguientes diez años, Canela saltaba a los brazos de Carlos siempre que tenía la oportunidad, y con sus ojos negros completos, miraba con una sonrisa, que podía ser humana, a su amado humano.
Rosa pareció leer mis pensamientos, porque me tomó la mano y dijo:
—Es curioso el amor. Cuando Canela murió, parte de mí se fue con ella, aunque ella siempre quiso a Carlos mucho más.
Y tú a Carlos también, pensé.