Decepción
Hombros caídos
Labios apretados
Falta de contacto visual
La conversación con Marcela nos había ofrecido una información clave respecto a la esencia del padre Damián: tenía otra cara que desconocían la mayoría de sus convecinos.
Si era capaz de actuar de la manera en que lo hizo con unos críos, podría haber sido muy cruel con adultos.
Era hora de averiguar más sobre la verdadera naturaleza del difunto.
Para ello, tenía que hablar con mi tía. No sabía cómo era posible, pero ella ya se había enterado de que en la Guardia Civil me habían propuesto ayudar en la resolución del asesinato y que yo había aceptado.
Cuando llegué a casa era la hora de comer. Mi tía se encargó de poner la mesa, mientras yo improvisaba una comida muy sencilla: unas patatas con huevos fritos y pimientos.
Me encontraba un poco distraída. La conversación con Marcela… ¿Quién sería la mujer que estaba enamorada del padre Damián? ¿Sería Dolores? Viuda desde hace tantos años… Quizás.
Mientras comíamos, mi tía fijó en mí una mirada intensa y me dijo con voz severa:
—Cris, yo no me metería nunca en tus asuntos, pero…
—Yo no estaba tan segura, sin embargo. Dejó la frase en el aire, buscando las palabras correctas, supuse—.
Quiero que me digas que eres consciente, al colaborar en el caso del padre Damián, de que hay un asesino suelto por el pueblo.
Esto no es como Madrid, aquí el asesino sabrá que estás ayudando a dar con él, y eso es peligroso.
Asentí. Hasta que mi tía no pronunció esas palabras, yo no había caído en esa posibilidad. Tragué saliva e intenté no darle demasiada importancia. Aproveché que el tema estaba sobre la mesa para hacerle las preguntas que deseaba:
—Tía, ¿cómo era realmente el padre Damián?
La mujer se quedó en silencio unos segundos, y a continuación respondió:
—A mí personalmente me parecía una buena persona, no sé qué le podía parecer a otros.
—Con algunas personas no se portó bien.
—Sí, puedo entender que algunas personas piensen así. Si me preguntas si es posible que el padre Damián fuera alguien diferente en función de con quien tratara, la respuesta es sí. Todos somos así.
—Sí, tía, lo entiendo. Pero no deja de ser chocante que todo el mundo ensalzara sus cualidades y nadie dijera nada negativo de su carácter hasta hoy.
—Porque esto es un pueblo, cariño, y nadie habla mal de los muertos. El padre Damián fue un santo para muchas personas, pero para otras… no sabría decirte.
—Y respecto a mujeres, ¿se le relacionó con alguna? —dije recordando la conversación que había oído el día del funeral.
Los ojos de Asunción se abrieron como platos.
—No, no, hijita, de eso no había nada o yo me hubiera enterado.
Insistí:
—Nos han comentado literalmente que una mujer bebía los vientos por él.
—Bueno —respondió visiblemente aliviada—, eso es otra cosa.
Era un hombre muy atractivo, y a las viejas y no tan viejas nos encanta apreciar la belleza.
A ver… —dijo pensativa—, ayudó mucho a Gisela en su momento, como sabes, y yo creo que ella le estaba muy agradecida.
Alguna vez la he visto mirándolo con ojitos de cordero degollao , pero de ahí no pasaba la cosa, estoy segura.
Cuando terminamos de comer y de recoger la cocina, llegó la Paca para quedarse con mi tía mientras yo estuviera fuera. Subí a mi habitación a asearme un poco; Rosa me recogería en unos minutos para ir a la granja de Carlos.
Al bajar, escuché retazos de la conversación que estaban manteniendo mi tía y la Paca:
—Asun, sí, sí, lo que te digo.
—Pero bueno, aun así, tampoco es tan grave, ella es viuda desde hace más de veinte años, y nuestros tiempos no son los de ahora.
No pude averiguar de quién hablaban. Me acerqué para escuchar mejor.
—Ya, Asun, pero es que el chico tiene novia.
—¿Y estás segura? —insistió mi tía.
—Sí, sí, esta mañana la han visto salir de casa de su asistente, y llevaba la misma ropa que el día anterior.
Estaban hablado de Roberta, no cabía duda. ¡Dios mío! Pero qué nivel de control. Alguien había recordado la ropa con la que vestía Roberta el día antes. ¿Pero cómo podía ser posible? ¿Cómo de triste debía ser la vida de alguien para que pusiera todo su interés en la vida de otros?
Oí el coche de Rosa en la puerta y me despedí de mi tía y de la Paca rápidamente. Tuvieron la decencia de callar cuando me acercaba. Pobre Roberta, para una vez que se liberaba un poco… «Pero», pensé de pronto, «¿sería la primera vez?».