La verdad del cuervo (Cristina Peterson 1) Irritación
35%

Irritación

Labios fruncidos

Ceñudo

Brazos cruzados

Tenía grandes expectativas en la conversación con Marcela y estas se vieron colmadas con creces. Cuando llegamos a la casa parroquial, la encontramos limpiando el despacho del padre Damián.

Marcela era una enjuta mujer de pequeñas dimensiones y carnes secas que se movía a una velocidad vertiginosa. Por su aspecto, debía de tener alrededor de sesenta años, pero contaba con una vitalidad que la rejuvenecía, si no fuera porque, al sonreír, mostraba varios huecos en su dentadura.

—Hola, no las había oído entrar —dijo mostrando su desdentada sonrisa.

—Siento molestarla, Marcela, pero queríamos hablar con usted si nos lo permite —solicitó Rosa.

—Claro, por supuesto —aceptó Marcela, animándonos a sentarnos en los butacones del despacho.

Eligió otro para ella y también se sentó—.

Estaba terminando de arreglar el despacho, en unos días vendrá el nuevo párroco, el padre Rafael, y quiero que todo esté impecable a su llegada.

No saben cómo lo dejó todo aquí la policía, entre eso y bueno… —hizo una pausa—, ya saben .

Sí, lo sabíamos. Se refería a la sangre que el padre Damián había vertido durante su asesinato.

Tras el shock inicial por el fallecimiento de alguien, especialmente en circunstancias traumáticas, la vida poco a poco continúa y la rutina diaria toma su curso natural, hasta que algo nos golpea y vuelve a traer la muerte a nuestros pensamientos.

Mientras Rosa le explicaba por qué volvíamos a tomarle declaración, yo dediqué esos minutos a revisar el despacho del padre Damián.

La mesa estaba situada delante de una gran ventana, pero existía un amplio espacio entre ellas y habría permitido a alguien ocuparlo y maniobrar fácilmente.

Todo parecía indicar lo que me temía desde el principio: el padre Damián conocía a su asesino; confiaba en él lo suficiente como para permanecer sentado en su mesa, mientras el asesino se encontraba a su espalda.

—En lo que yo pueda ayudar…

—Respecto a la caída de la maceta, ¿fue usted quien se lo encontró en la calle inconsciente?

—Sí. Salía yo de casa de mi amiga Luisa, que me había invitado a tomar café y echamos la tarde, y una cosa llevo a la otra, y al final abrimos un vinillo…

Rosa la interrumpió con una mirada impaciente, y Marcela abrevió, un poco avergonzada:

—Bueno, pues eso, que salía yo tarde de la casa de mi amiga y pasé por delante de la casa parroquial de camino a mi casa, y allí estaba, tirao como un zapato viejo.

—¿Llegó a ver a alguien por los alrededores?

—No. Ni se sabe el tiempo que el pobre llevaría ahí.

Rosa hizo estas preguntas para que yo escuchara en directo sus respuestas. Ya habían recabado toda la información posible en su momento y no habían llegado a mucho más en esa investigación.

—Nos gustaría aclarar un par de detalles más. La mañana del asesinato, cuando vio a Pepa… ¿llamó algo su atención? Su ropa, por ejemplo —dije .

—¿Quiere decir si estaba manchada de sangre? Pues… no. No tenía manchas de sangre. Quiero decir, me fijé bien, y les aseguro que, si la hubiera visto manchada de sangre, lo hubiera notado.

—¿Qué ropa llevaba esa mañana? —insistí.

—Tengo todo grabado en mi memoria, no puedo olvidar nada, aunque lo intento, no crean. Esos breves momentos se convirtieron en horas. Pepa llevaba su rebeca gris y un vestido marrón con flores blancas —contestó Marcela tras unos segundos.

Esa era la ropa con la que aparecía en las fotografías de la escena del crimen.

—¿Está segura?, ¿no llevaba ningún abrigo?

—No. El abrigo siempre lo dejamos colgado en el recibidor que hay nada más entrar en la casa parroquial. Pepa se lo debió de quitar antes de entrar al despacho a ver al padre Damián —supuso Marcela.

—Sí, tuvo que ser así, sí —comenté abstraída. Eso implicaba que Pepa no se había podido cambiar de ropa.

Aparté el aluvión de pensamientos que surgieron en mi mente en un segundo para centrarme en la otra pregunta que quería hacerle, esta era clave.

—Marcela, necesito que piense antes de responder. ¿Cómo describiría usted al padre Damián? Usted debía de conocerlo muy bien.

Marcela hizo lo que le pedí y, tras unos segundos de reflexión, respondió:

—Sé a lo que se refiere. Aunque nunca se debe hablar mal de los difuntos, creo que no hago mal a nadie, más bien al contrario, si les digo lo que realmente pienso.

Asentí en silencio, animándola a continuar. Sabía que lo que fuera a decir Marcela en ese momento era lo que habíamos venido a buscar allí.

—A mí no me engañaba, era un mal bicho. Parecía encantador y era muy educado con todo el mundo, excepto con aquellos sobre los que ejercía algún tipo de poder: conmigo, con los monaguillos y con una señora que bebía los vientos por él.

—¿Una señora? ¿Quién?

—No insista —dijo Marcela al tiempo que interrumpía mi siguiente pregunta con la mano—, de eso sí que no voy a hablar. No tiene absolutamente nada que ver con lo que ha pasado. Pero respecto al padre Damián, eso es lo que pienso.

—Bien, no le preguntaré por el otro tema… —por ahora—, pero dígame al menos por qué pensaba que el padre Damián no era buena persona.

—Oh, lo viví en mis propias carnes en muchas ocasiones.

A los monaguillos siempre los estaba chillando, perdía los papeles muy rápidamente.

Tenía la mecha corta, como dicen ahora. Conmigo, lo mismo, si las cosas no estaban como él quería, también me gritaba.

En alguna ocasión pensé en despedirme, la paga que me dan no es mucha y como cobro pensión de viudedad de mi Fernando, luego hacienda se lleva un buen pico.

A veces no tengo claro que me salga a cuenta dejarme el lomo, y menos como lo hacía por ese desagradecido.

Era un maniático y así se lo dije en varias ocasiones.

—¿Y qué hacía él cuando se lo decía?

—No era tonto. Estaba suave como un guante un par de semanas, sabía lo que le convenía, pero luego siempre volvía a las andadas.

—¿De qué se quejaba, si puede saberse?

—Pues, déjeme pensar… Era un obseso, todo tenía que hacerse a su modo.

Como si los demás fuéramos capaces de leerle el pensamiento: que si la raya del pantalón estaba un poco torcida, que si las toallas estaban demasiado ásperas, que si no podía tocar su armario en ninguna circunstancia, que si servía la sopa demasiado fría, que si los platos tenían que estar separados del borde de la mesa cinco centímetros. Todo así.

De ese aluvión de quejas, habría que estudiar bien cuáles eran realmente fidedignas .

—Entiendo. Me comentaron que Juan y Carlos tuvieron un problema con él cuando eran monaguillos —dijo Rosa.

La miré sorprendida. Otra cosa que no me había contado. Ella me devolvió una mirada apaciguadora, me lo contaría todo después.

—Oh, ya lo creo, y tanto. Hace años, apenas eran unos niños, sin querer o queriendo, vaya usted a saber, le rompieron al padre Damián un jarrón de cerámica que le había dejado su padre en herencia.

El caso es que el piadoso padre Damián, cuando se enteró, se vengó de los críos pero bien.

—Y añadió—: Les dirán que los castigó sin poder asistirle en misa durante un mes, eso fue lo que se comentó por el pueblo, pero no fue eso lo que pasó.