Remordimiento
Silencio
Barbilla temblorosa
Mirada hacia el suelo
Una vez sola en la sala, me senté en una de las sillas. Cogí una libreta y un bolígrafo, y me preparé para tomar notas.
Dispuse las transcripciones en el orden en que escucharía las declaraciones grabadas. Mi intención era tomar notas respecto al uso de determinadas palabras y cambios de tono.
El proceso me llevó dos horas, durante las cuales solo me levanté para ir al aseo y coger un café de la máquina.
Las declaraciones grabadas de Pepa y Gisela establecieron los tiempos en los que había podido llevarse a cabo el homicidio: de seis a nueve de la mañana.
No habían aportado ninguna otra información relevante.
Pepa había confirmado su hora de llegada, —nueve de la mañana—, y que se había encontrado al difunto en un charco de sangre.
En el momento de la declaración todavía le costaba articular palabra. Seguía en shock .
Al preguntarle a Gisela si alguien podía confirmar la hora en la que se había marchado de la casa parroquial, esta al principio lo había negado, pero luego había recordado a Roberta.
Comentó que se la había encontrado cuando salía de casa camino a la farmacia, sobre las nueve y media de la mañana.
A ninguna de las dos se les había ocurrido nadie que odiara a la víctima o que pudiera haber hecho algo así.
Marcela había confirmado que llegó sobre las nueve y diez, y que se había encontrado a Pepa blanca como la pared y muy aturdida.
Le preguntó qué le ocurría y esta no fue capaz de hilvanar dos palabras coherentes seguidas.
Respecto al arma del crimen, el posible cuchillo cebollero, había indicado que no tenían ese tipo de cuchillos en la cocina de la casa parroquial.
El padre Damián no cocinaba, era ella la que le llevaba la comida todos los días; la hacía en su casa y la llevaba hasta allí.
Cuando le habían preguntado si conocía a alguien que hubiera tenido algún motivo para hacer algo como eso, contestó que no.
Pero al preguntarle si sabía de alguien que hubiera tenido alguna animadversión hacia la víctima, de cualquier tipo, había respondido que la única persona que creía que odiaba al padre Damián era Carlos.
¿Carlos? ¿Era por eso por lo que Rosa me había mentido? No quería que pensara en Carlos como un posible sospechoso. Si era así, tendría que hablar con ella muy seriamente. Si yo me estaba metiendo en este lío por ella, lo mínimo que podía hacer era no mentirme.
Las declaraciones de Dolores y Angustias no habían ofrecido nuevos datos. Habían confirmado la hora a la que Gisela había llegado esa noche a la casa parroquial para el cambio de turno.
En la declaración de Carlos, este se había mostrado bastante ofensivo, y había exhibido una conducta impropia del Carlos que yo conocía tan bien. No quiso que le tomaran declaración.
Roberta había confirmado la coartada de Gisela y, por último, finalicé la sesión con la declaración de mi tía Asun, que tampoco había aportado nada relevante al caso, puesto que no estaba incluida en las rondas para cuidar al padre Damián.
Cuando salí de la sala, me dirigí a la mesa de Rosa, donde esta miraba distraída la pantalla de su ordenador y le daba un trago a su café. Quería confrontarla por su mentira, y le dije intentando controlar mi tono de voz:
—¿Se puede saber por qué me has mentido y de forma tan burda?
—¿Cómo? —Rosa estaba tan sorprendida que casi escupió el sorbo de café que tenía en la boca.
—Que por qué me has mentido —continué sin darle tregua—. Me has soltado un rollo impresionante sobre la amistad, lo importante que es para ti mi ayuda y bla, bla, bla, y a la primera pregunta directa que te hago sobre el caso, me mientes.
Rosa seguía sin comprender, así que se lo aclaré. Aunque no hubiera sabido que Carlos odiaba al padre Damián, cosa que realmente dudaba, Marcela lo había puesto sobre la mesa en su declaración.
No sabía dónde meterse, era consciente de que tenía razón. Su mirada de culpabilidad fue lo que necesitaba para continuar:
—Mira, Rosa, esta es la primera y la última vez que me haces algo así, porque a la siguiente dejo el caso.
Me da igual en qué punto esté la investigación.
Lo dejo y punto. —La miré directamente a los ojos, quería que le quedara cristalino—.
Me dedico a detectar los embustes de la gente registrados en sus caras.
Ten por seguro que, si me mientes, me daré cuenta antes de que tú llegues ni a ser consciente. ¿Ha quedado claro?
—Sí —dijo mirándose las puntas de los pies.
—Bien, pues entonces a trabajar. Tenemos que hablar con todo el mundo de nuevo.
Necesito ver las reacciones de todos, y han pasado varios días.
El asesino ha tenido tiempo de recomponerse, será difícil pillarle en una mentira.
Primero empezaremos por conocer a la víctima.
Vamos a ver la escena del crimen. ¿Estará allí Marcela ahora?
Rosa asintió.
—Perfecto, así mataremos dos pájaros de un tiro. Necesito hablar con ella porque era la persona que conocía al verdadero padre Damián.
En una investigación era clave conocer la vida de la víctima hasta el último detalle, eso nos llevaría a dar con el asesino.
Este debía ser alguien que se sentía hasta tal punto enfurecido con el difunto, que había optado por acabar con él.
Los detalles en la vida del primero nos llevarían a dar con esos motivos.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que las personas dejamos ver una cara de puertas afuera, pero en casa, con nuestras miserias, mostramos otra mucho más cercana a la realidad.
Esa versión del padre Damián es la que quiero conocer.
Para nosotras, el padre Damián era alguien entrañable, alguien querido, pero para otra persona esto no era así —dije mientras agarraba mi bolso y me lo colgaba en el hombro—.
Marcela debía conocer esa otra faceta muy bien, porque se encargaba de las tareas domésticas de la casa parroquial.
Para hacerme una idea del verdadero padre Damián, tendré que hablar con ella.
—Y continué casi para mis adentros—: Bastante contaminada estoy ya con los recuerdos de mi infancia y mis últimos contactos con él.
Necesito vaciarme. Necesitamos a Marcela.