La verdad del cuervo (Cristina Peterson 1) Escepticismo
32%

Escepticismo

Labios fruncidos

Aclarar la garganta

Cejas levantadas

Con los datos necesarios para empezar, decidí aclarar los términos de mis futuras actuaciones:

—Brigada Miñana —comencé—, antes que nos comprometamos todos a nada más, necesito que queden claras mis condiciones para que no haya malentendidos —dije mirándolos a los ojos uno por uno.

—Está bien, continúe —me animó el brigada.

—El trabajo del personal del SAC, como saben, es colaborar en la investigación del caso, elaborando los perfiles psicológicos necesarios para poder realizar hipótesis alternativas que puedan llevar a solucionarlo.

Todos asintieron al unísono.

—Bien. No trabajo así. —Y continué sin esperar a que las caras de sorpresa se disiparan—: Yo no me quedo ahí, y eso es lo que quiero que acepten de primeras.

Estaré presente en todas las entrevistas a los testigos y sospechosos y colaboraré de forma directa en la investigación.

Obviamente, utilizo mis conocimientos de psicología y psiquiatría, pero iré más allá.

Seré, de forma extraoficial, la investigadora jefe del equipo.

No una investigadora más, sino la investigadora jefe —insistí.

Hice una pausa lo suficientemente larga como para que entendieran que conmigo no habría medias tintas, o aceptaban mis condiciones o nada—.

Si están de acuerdo, les expondré mi sistema de trabajo.

El cabo Ojeda bufó y soltó una risa ácida, los demás estaban tan desconcertados que no encontraban palabras.

Lo sé, soy una megalómana de libro, pero me daba igual, cuanto antes se dieran cuenta, mejor.

—Sé que no es lo habitual —dije intentando suavizar mis palabras—, pero así es como trabajo, y les aseguro que soy la mejor.

El brigada permaneció en silencio unos segundos. El cabo Ojeda lo miró sorprendido. No entendía cómo no me habían mandado bien lejos al escuchar mis palabras. Debía pensar: «¿Pero qué coño está considerando?, ¿no ve que no podemos aceptar eso?».

El brigada, sin embargo, se encontraba valorando justamente lo contrario. Repasaba mi brillante currículum mentalmente, y las buenas referencias que de mí le habrían dado en el SAC. Por último, decidió que yo debía de valer la pena; después de todo, se estaban ahogando, y lo sabían.

—Está bien. Lo hemos entendido. Cuéntenos cómo trabaja.

Dicho esto, Ojeda me lanzó una mirada asesina y salió de la sala dando un portazo.

—Mi forma de trabajar no difiere en gran medida de la de ustedes —dije a modo de introducción—. Primero escucharé las declaraciones grabadas. Es prioritario que conozca a la víctima en profundidad; para ello hablaré con las personas más cercanas a esta y visitaré de nuevo la escena del crimen.

»Después, continuaré con los sospechosos o testigos: empezaré con Marcela, por ser quien mejor conocía a la víctima; después entrevistaré a Pepa, por ser la persona que descubrió el cuerpo, y, por último, hablaré con Gisela, porque, a mi modo de ver, es la única que tuvo la oportunidad de asesinarlo.

Con este discurso les tenía comiendo de la palma de mi mano. Por sus caras entendí que estaban impresionados con la valoración que había hecho del caso a los pocos minutos de entrar en él.

Estaba segura de ello porque pocas personas podían ocultarme información con su rostro. Mi trabajo consistía mayormente en eso: filtrar mentiras. Todo el mundo miente, menos los borrachos y los niños, se dice. Pues bien, todo el mundo miente, y además lo hacemos constantemente.

Nuestra percepción de la realidad se ve influenciada por varios factores, como nuestras conexiones neuronales, nuestra genética o incluso nuestro estado emocional.

La mayoría de las mentiras se producen por la propia interpretación de la realidad, la cual puede variar en cada individuo e incluso en función del estado hormonal de la persona.

De esta forma, una misma circunstancia puede ser percibida y expresada de manera diferente por cada uno de nosotros según nuestro estado anímico.

Además, solemos mentirnos de forma inconsciente para evitar una realidad dolorosa. También mentimos para proteger a otros: mentiras piadosas o sin importancia, o mentiras de carácter social para engrandecernos a nosotros o a nuestros seres queridos.

Todas estas eran las mentiras con las que se tenía que lidiar en la investigación de un crimen. Sin olvidarnos, por supuesto, de la más importante: la del asesino, que pretende engañar para quedar libre.

Mi trabajo era algo así como separar la paja del trigo.

—Muy bien, Cristina, procederemos como indica —aceptó el brigada.