La verdad del cuervo (Cristina Peterson 1) Resentimiento
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Resentimiento

Boca apretada

Brazos cruzados

Expresión dura

—Está bien, Rosa —dije al acercarme a su mesa—. Cuéntamelo todo.

Rosa asintió, pero se tomó su tiempo, y cuando por fin habló, su voz sonó calmada y muy fría:

—El día nueve de marzo, sobre las nueve de la mañana, Pepa Carretero entró en la casa parroquial y descubrió el cuerpo sin vida de Damián González.

Según lo indicado por el forense en su informe preliminar, este murió por arma blanca: un cuchillo de grandes dimensiones le seccionó la aorta, tipo cuchillo cebollero.

La hora de la muerte se ha establecido entre las seis y las nueve de la mañana.

Vamos a la sala y te mostramos lo que tenemos hasta ahora.

Entramos en la sala, todavía un poco alteradas.

En ella nos esperaban el brigada José Antonio Miñana, que nos recibió con la sonrisa de satisfacción de quien ha conseguido que sus planes se cumplan, y dos cabos de la Guardia Civil, que me fueron presentados como el cabo Mariano Ojeda y el cabo Juan Rubiales.

Me fijé mejor en el brigada Miñana, era excepcionalmente alto y guapo. Aparentaba unos cuarenta y cinco años bien llevados. Hablaba despacio y de forma comedida. Probablemente pensaba más que hablaba. Lo catalogué como peligroso, al menos para mí.

Los cabos no me gustaron en absoluto. El primero, Ojeda, mostraba una actitud chulesca, casi bravucona.

Lucía un aspecto desaseado, con el cabello grasiento y las uñas descuidadas.

La ropa se le ajustaba más de la cuenta en el abdomen y mostraba la cara hinchada, muy probablemente por el abuso continuado de alcohol.

Debido a mi falta de autocontrol frente a provocaciones innecesarias, inicié un duelo de miradas con él cuando, nada más verme, decidió quejarse al brigada por la presencia de un civil en la sala.

Queja que, por otra parte, solo sirvió para que el brigada hiciera honor a lo que se esperaba de su rango y lo pusiera en su sitio con un gesto que no aceptaba réplica, tras lo que Ojeda, en un acto de lo más adulto, se dedicó a ignorarnos a todos mientras se examinaba la punta de sus zapatos.

El segundo, Rubiales, me miró con ojos inexpresivos y la boca entreabierta, no daba la sensación de poseer demasiada inteligencia. Ninguno de los dos daba el perfil de lo que se esperaba de un guardia civil.

¡Vaya papelón tenía Rosa lidiando con esos dos!

Tras las presentaciones, revisé la sala de un rápido vistazo. La pared frontal estaba cubierta por una inmensa pizarra magnética que exponía las fotografías del caso.

Me acerqué a ella como una polilla a la luz y comencé a revisarlas una por una, en particular las de la escena del crimen en las que aparecía la víctima.

Me costó reconocer al padre Damián que conocía en el objeto de esas fotografías y, aunque intenté evitarlo, me impresioné. La lividez de su rostro por la pérdida de sangre, la posición antinatural que ocupaba su cuerpo…

Una de ellas mostraba al difunto postrado en su mesa sobre un gran charco de sangre. La cantidad de sangre ponía de manifiesto que el cadáver no había sido movido; dicho de otro modo, esa era la escena del crimen.

Su rostro parecía relajado, tranquilo. En el momento de la fotografía todavía no había aparecido el rigor mortis , por lo que la muerte se habría producido como máximo cuatro horas antes.

En otra de las imágenes, se apreciaba la sección que había producido en el cuello el arma utilizada. Esta iba de izquierda a derecha, anunciándonos que el asesino muy probablemente fuera diestro.

Otra de las fotografías presentaba un plano general del despacho de la casa parroquial, donde se había producido el homicidio.

La habitación estaba ordenada, a excepción de unas gafas de lectura y un manojo de flores, que se veían desparramadas en el suelo justo a la entrada del despacho. No se apreciaban forcejeos visibles.

—¿Alguna puerta o ventana forzada? —pregunté para descartar un intento de robo que no parecía plausible.

—No —respondió Rosa—. Y tampoco se ha echado nada en falta.

—¿Y las flores?

—Las traía Pepa, casi todos los días cambiaba las flores de la iglesia. En primavera las recogía de su jardín, pero ahora, en invierno, las solía comprar el día antes. Según ella se le cayeron al entrar, cuando vio al padre.

—¿Quiénes tenían copia de la llave de la casa parroquial?

Rosa, después de repasar sus notas, me respondió que de la casa la tenían Pepa, Dolores, Gisela, mi tía y Marcela, la limpiadora, y de la Iglesia, Pepa y Marcela.

—¿Por qué tanta gente? Ah, es verdad. Hacían turnos para cuidar al párroco —dije recordando la conversación con mi tía, en la que ella intentó convencerme de que estaba lo suficientemente sana como para incluirse en la ronda de turnos de cuidado del padre Damián, y yo me había negado en redondo—. ¿Cómo eran los turnos?

—No sé cómo lo sabes, pero sí, hacían turnos. Dolores y Angustias hicieron el turno de la tarde y Gisela hizo el turno de noche. Pepa debía haber hecho el de la mañana.

Pedí una copia de las notas de la investigación, del informe forense y del dactiloscópico. Este último no aportó apenas información: en él aparecían las huellas de medio pueblo; por lo visto todos habían ido a visitar al padre Damián en algún momento esos días, incluidas mi tía y yo.

El informe forense confirmó lo que me había adelantado Rosa, quien comenzó a hacerme un resumen más detallado.

—Pepa llegó a la casa parroquial sobre las nueve de la mañana.

Gisela había estado con él desde las diez y media de la noche hasta las nueve, hora en que se marchó.

Roberta confirmó su coartada porque la vio llegar a casa sobre las nueve y media, y la saludó cuando salía ella de casa para comenzar su jornada.

—¿Coartada? —pregunté sorprendida—. Podría haberlo asesinado antes de marcharse. Gisela indicó que se marchó a las nueve de la mañana; eso no la descarta. ¿Y respecto a la de Pepa?

—No tiene, aunque Marcela llegó poco después de las nueve, y ya se encontró a Pepa en estado de shock .

—Eso tampoco exculpa a Pepa porque podría haber mentido en la hora de llegada —dije pensativa—. Cuéntame ahora algo más sobre los eventos anteriores: el golpe en la cabeza y la salmonelosis.

—Sabemos más bien poco. El golpe en la cabeza ocurrió una semana antes, el lunes anterior, cuando se dirigía a la casa parroquial.

No hubo testigos, Marcela se lo encontró inconsciente en la calle.

Don Eulalio, el médico del pueblo, comentó que no había visto necesidad de llevarlo al hospital.

Tras revisar las radiografías que le habían hecho en el ambulatorio al que lo trasladaron inicialmente, decidió que lo que debía de hacer el paciente era descansar.

Se investigó como accidente, para gestionar el seguro, y no se detectó nada extraño.

Tres días más tarde, empezó a mostrar síntomas de salmonelosis.

Como sabes, en San Juan siempre se ha considerado que hay un foco de salmonela no declarado.

El caso es que las pruebas resultaron negativas en esta ocasión, pero aun así lo siguieron tratando con antibióticos.

Había mejorado, según comentaron las amigas de tu tía que lo cuidaban, cuando después ocurrió el asesinato.

—Un golpe en la cabeza que casi lo mata, una posible enfermedad mortal y, posteriormente, un asesinato. Demasiadas coincidencias, ¿no te parece?

—Bueno, no podemos estar seguros al ciento por ciento.

La miré de hito en hito; solo había que sumar dos más dos.

—¿Alguien que se beneficiara con su muerte? —indagué.

—No que sepamos, pero todavía no hemos podido hacernos con el testamento, estamos en esas diligencias con la jueza —contestó Rosa—. Bueno, si te parece, te dejamos a solas para que puedas ponerte con las declaraciones y las transcripciones de los interrogatorios.

La detuve levantando mi mano y dije mirándola a los ojos:

—¿Y tú, Rosa? ¿Sabes de alguien que pudiera haber odiado tanto al padre Damián como para haber hecho algo así?, ¿o, al menos, que tuviera algo contra él? No es solo que deseara su muerte, era algo muy personal. No fue un accidente, su intención clara era el homicidio. Quería matarlo y lo consiguió.

Todos los presentes la miramos esperando su reacción.

Rosa negó con la cabeza, dubitativa, ni siquiera verbalizó una respuesta. Yo tampoco dije nada, pero sabía que me estaba mintiendo.