Culpa
Rubor
Bajar la mirada
Hablar demasiado
Mi mirada se perdió entre las baldosas del baño.
Seguía despacio las rayitas blancas que las enmarcaban hasta que mis ojos solo las veían a ellas y el resto se convertía en una gran nebulosa.
Su blanco reluciente se conjugaba a la perfección con el silencio en el que estaba inmersa.
Mi respiración se fue acompasando con ese silencio.
Mientras, el sonido lejano del canto de los pájaros de la plaza, a través de la ventana abierta, pujaba por llegar a mi cerebro y activarme.
Sonó un timbre que yo ignoré. Sonó de nuevo; esta vez salí de mi trance.
Llamaban a la puerta de mi casa. No esperaba a nadie.
Tuve la tentación de ignorarlo, pero insistieron, como si el dedo pulsante se hubiera adherido a la superficie del timbre y su fuerza se transmitiera al extraño y alterado sonido estridente.
Me enfurecí. Mi enojo era casi una emoción humana, algo que no había sentido en semanas.
Me levanté, no tuve siquiera la tentación de mirarme en el espejo.
¿Para qué? Sabía cuál sería mi aspecto. Lo había visto en pacientes con depresión durante mis prácticas: no hay fuerzas para nada; no te levantas de la cama, no comes, no te duchas, no te peinas.
No mudas tu pijama, que se convierte en tu única vestimenta .
Volvieron a tocar el timbre. A través de la mirilla vi a Rosa.
Su amplia sonrisa terminó de romperme. Me licué como la fruta pasada que se disuelve con un leve toque.
Abrí la puerta y me arrojé a sus brazos.
Ella me sostuvo mientras yo lloraba desgarrada, convulsa y sin esperanza.
Ella mantuvo ese abrazo, lo expandió, y me sentí recogida en su amor.
No le importó la grasa de mi pelo ni mi olor corporal, simplemente me acogió y después me llevó al sofá donde por fin mis palabras brotaron.
No había vuelto a hablar con ningún otro ser humano desde la marcha de Danny.
A partir de ese instante, todo empezó a mejorar.