Rabia
Cuello rígido
Fosas nasales abiertas
Manos temblorosas
Una vez a solas, Rosa hizo el amago de empezar a hablar, pero la interrumpí.
Conseguir que una profesional de mis capacidades asistiera un caso de asesinato, podía considerarse muy buena fortuna, pero que, además, lo hiciera en una población de menos de cincuenta mil habitantes era inimaginable.
Sus superiores deseaban aprovecharse de mi relación personal con Rosa. Era obvio. Se habían enterado de quién era yo, y no querían desaprovechar la oportunidad de tenerme en el caso. Pero si había algo que odiaba con todas mis fuerzas era que intentaran manipularme.
El último homicidio en el que había colaborado había sido realmente agotador, y había decidido dar un paso atrás y no involucrarme en ningún otro en bastante tiempo. Además, este caso sería personal, y lo personal no hace buenas migas con lo laboral.
—Mira, Rosa, ya sé lo que me vas a decir, no hace falta que te esfuerces.
No voy a inmiscuirme en este caso. ¡Es de locos, Rosa!
—Apenas podía controlar mi tono de voz. No me gusta que me presionen y ¿una encerrona como esta?
Parecía mentira que no me conociera ni un poquito—.
¿Cómo se te ha podido ocurrir? —le recriminé—.
Ni siquiera estoy segura de que tú debieras estar en el caso.
¿Te das cuenta de lo que implica? El asesino podría ser cualquiera, una persona que quieres, que necesitas, y tendrías que elegir, Rosa, y no es justo para nadie.
No lo sería para el padre Damián, que necesita que se haga justicia; tampoco para ti, que puede destrozar tu carrera que está empezando, ni para la gente de este pueblo, que espera un tratamiento del caso ejemplar y, sobre todo, eficaz.
La cara de Rosa fue transformándose conforme yo hablaba, de suplicante a culpable y avergonzada, después a inexpresiva y, por último, a furiosa. Me cogió de la mano y me llevó al baño de mujeres, cerró de un portazo y respiró apenas conteniendo la rabia que le afloraba por todos sus poros.
—¿Crees que no lo sé? ¿Crees que no sé lo que me estoy jugando?
¿Pues sabes, Cris? ¡Llegas tarde con tus consejos!
¡Estoy con el agua al cuello y me estoy ahogando por momentos!
Si no cerramos este caso, cerrándolo bien, como se debe, no tendré la confianza de nadie en este pueblo, y más me vale irme lo más lejos posible.
Cuando te vi el otro día estuve a punto de proponértelo yo misma.
Pensé que se había abierto el cielo, que me ibas a ayudar a salir del infierno en el que estoy metida.
¿No te quieres inmiscuir? ¿Y tú te llamas mi amiga?
¡Joder, Cris, te estoy pidiendo ayuda! —Su voz temblaba por la rabia—.
¡Nunca! ¿Me oyes? ¡Nunca te he pedido nada!
¿Pero sabes qué? ¡Yo sí he estado para ti!
Desde niñas, ¡y no me hagas hablar más! Si te quieres ir, lárgate, ¡pero ahórrate tus sermones de mierda y déjame en paz!
La miré de hito en hito, sin parpadear, completamente abrumada. Rosa salió dando otro portazo. Un opresivo silencio llenó el espacio que había dejado.