La verdad del cuervo (Cristina Peterson 1) Desprecio
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Desprecio

Postura rígida

Sacudir la cabeza

Boca apretada

El funeral del padre Damián tuvo lugar ese lunes por la tarde. Las campanas de la iglesia tocaron a muerto. La parroquia se encontraba atestada, no había un alma de San Juan que no estuviera presente.

A falta de familia más cercana, el padre Gregorio se encontraba junto con otros miembros del clero en los bancos delanteros. La misa la oficiaría el obispo de Ciudad Real.

El ataúd del difunto, cerrado, estaba situado en el centro de la iglesia, rodeado de flores y velas encendidas, decoración que probablemente fuera obra de Pepa.

Ayudé a mi tía a atravesar la muchedumbre y llegar al banco donde se encontraban sentadas sus amigas: Dolores y Gisela exhibían signos de estar rotas de dolor, con ojeras alrededor de sus ojos, que se mostraban enrojecidos de tanto llorar; sin embargo, Pepa parecía más repuesta, tenía mejor aspecto que cuando la visitamos días atrás mi tía y yo, aunque todavía presentaba líneas de tensión alrededor de su boca y ojos.

Angustias estaba ausente, su rictus revelaba una incomprensión absoluta, estaba desubicada, no sabía qué hacía allí.

De pronto pareció haber comprendido algo, su rostro se relajó manifestando felicidad, se puso en pie y clamó a pleno pulmón:

—¡Mateo ha muerto, por fin!

Los rostros de todos los presentes se volvieron hacia ella estupefactos y horrorizados.

Su hermana, tras hablarle pacientemente, consiguió que se sentara y dejara de gritar.

Finalmente, la misa resultó solemne y emotiva. Roberta estaba sentada junto a Rosa, ambas cogidas de la mano y enjugándose las lágrimas con sendos pañuelos. A quien no llegué a ver fue a Carlos. Tras repasar la iglesia con la mirada… No, Carlos, no había asistido a la misa.

Cuando salí, mientras me fumaba un cigarro para aplacar el mono que me había producido la hora larga de misa —definitivamente tenía que plantearme dejar de fumar—, oí el fragmento de la conversación de unas feligresas, unas señoras que vestían completamente de negro, como cuervos agrupados sobre la rama de un árbol; me parecieron de mal agüero.

—¿La has visto? —dijo una de ellas.

—Sí, hija mía, sí. Ahí, cogidita de la mano con las otras. ¡Qué vergüenza! Llorando a moco tendío como si el padre Damián fuera cosa suya.

—Mira tú, haber intentado algo con ese hombre que era un santo. Claro, se agarran a cualquier cosa después de la vida que le estaba dado el marido.

—¿Pero tú crees?

—Sí, sí, lo sé de buena tinta. La habían visto alguna vez con los ojos como brevas maduras.

—Calla, Jacinta —le advirtió la otra mientras miraba a mi tía y a sus amigas, que se aproximaban a recogerme.

La conversación se interrumpió de forma fulminante y acto seguido comenzaron a comentar lo bonita que habían dejado la iglesia con tantas flores.

Tras el funeral, todos los asistentes nos desplazamos al cementerio, donde tendría lugar el entierro.

Una vez allí, mientras el féretro era introducido en su nicho, revisé con detalle los rostros de cada uno de los asistentes. Muy probablemente uno de ellos sería su asesino.