Excitación
Ojos brillantes
Sonrisa amplia
Hiperactividad
El lunes siguiente llegó casi de improviso.
Entre visitas recibidas y realizadas, los días habían ido pasando muy rápido.
Entre tanto, la noticia se había propagado a la velocidad de la luz.
Se había decretado el secreto de sumario, pero en un pueblo como San Juan, mantener un secreto, el que fuera, era como tratar de contener la marea.
La vida me había enseñado que la mayoría de las personas nos guiamos por tres motivaciones principales: dinero, poder o una combinación de ambas.
Si alguien goza de una información de la que no dispone el resto, tener la opción de compartirla o no con un tercero otorga al que la posee cierto nivel de poder.
Decidir a quién transmitir esa información secreta genera en el poseedor una satisfacción morbosa contra la que es muy difícil luchar; bien sea por escalar unos peldaños en la valoración familiar o en la escala social, en la escena de un crimen siempre hay un eslabón débil que es fácil que transmita información del caso a alguien ajeno.
En San Juan de los Alcázares, con una vida familiar muy arraigada, la presión sobre ese eslabón era superlativa, y eso fue exactamente lo que le ocurrió al pobre Juan Rubiales, cabo de la Guardia Civil asignado al caso: tras la presión incesante efectuada por su esposa, Luisa, y su señora madre, María del Rosario, relató con todo lujo de detalles lo que los agentes del caso habían averiguado durante las primeras etapas de la investigación, sobre la escena del crimen y el informe preliminar forense.
La consecuente cadena de información fue la siguiente: por un lado, María del Rosario se lo contó a la charcutera de la Carnicería Peter (pronunciado «péter», no «píter») y, por supuesto, a toda la clientela que se encontraba adquiriendo el mejor embutido de San Juan; por otro lado, Luisa, en la panadería de la Juana, hizo lo propio.
Entre el público del primer establecimiento se encontraba la Paca y, por tanto, no hay nada más que añadir a este punto de la historia.
Con la información trasmitida de forma verbal, pero de manera muy efectiva, y con las entrevistas que se fueron llevando a cabo en las diferentes visitas a los propios testigos del caso, las mujeres mayores de treinta años de San Juan tenían información más relevante para el caso que los propios investigadores y el estamento judicial asignado al mismo.
Durante esos días, no tuve contacto con mis amigas Roberta y Rosa.
Con Roberta porque, debido a la apretada agenda asignada por mi tía Asunción, me había sido imposible quedar, y con Rosa porque sus quehaceres profesionales la habían tenido completamente desbordada.
Había llegado a atisbarla en una ocasión, días atrás, cuando salía de una de las visitas acordadas por mi tía y, aunque con bastante distancia, suponiendo que Rosa también me había visto, la saludé con la mano.
Ella me miró indecisa e hizo un amago de acercarse, pero una décima de segundo después pareció cambiar de opinión, porque se dio la vuelta y dirigió sus pasos en dirección contraria.