La verdad del cuervo (Cristina Peterson 1) Sorpresa
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Sorpresa

Labios entreabiertos

Dedos que tocan los labios

Ojos muy abiertos

El lunes por la mañana, me levanté temprano. Tomé un rápido café con leche y salí a dar un paseo por el pueblo, con la idea de traer churros para resarcirme del infructuoso desayuno anterior y, de paso, fumarme el primer cigarro del día.

Me coloqué mejor el gorro y la bufanda, aspiré el frío mañanero al tiempo que inhalaba el humo de mi cigarro y recorrí tranquilamente las calles del pueblo hasta llegar a la plaza.

Pasaba algo extraño. Una ambulancia y varios coches de las fuerzas del orden rodeaban la iglesia.

Vi a lo lejos a mi amiga Rosa, aunque esta no pareció verme a mí, estaba dirigiéndose a otros miembros de la Guardia Civil.

Realmente la cosa debía de ser grave, teniendo en cuenta los medios que se habían desplegado en un pueblo tan pequeño.

Me fijé en que habían formado un cordón policial alrededor de la plaza.

Miré el reloj, no eran ni las nueve y media de la mañana. Cuando me volví para continuar mi camino hacia la churrería, me di cuenta de que ya se habían amontonado multitud de curiosos.

—Dicen que es el cura, que se lo han encontrado muerto —susurró alguien .

—Sí, sí, me lo ha dicho Marcela. Pepa se ha topado con el cadáver en el despacho —afirmó otro.

¿Cómo? ¿Había muerto el padre Damián? Pero no podía ser, si ya estaba casi curado de la salmonelosis. No entendía nada. De pronto me sumí en una tristeza indefinible. Sentí como si parte de mi infancia se deslizara poco a poco, alejándose de mí.

Decidí que debía volver a casa rápidamente, antes de que mi tía se enterara de lo sucedido por otros medios —dicho de otro modo: a través de la Paca— y decidiera presentarse allí por sí misma. Los churros, una vez más, tendrían que esperar para otra ocasión.

Llegué a casa en un tiempo récord, pero, aun así, tarde. La Paca ya estaba en la salita con mi tía.

Al menos había tenido la delicadeza de hacer que mi tía se sentara. Ella misma parecía muy afectada, se retorcía las manos y tenía la mirada perdida.

—Pero ¿puedes explicarme qué ha pasado? —preguntó mi tía tímidamente—. Si ayer estaba perfectamente, ¿qué ha sido? ¿una apoplejía?

Paca solo entonces salió de su trance y, apretando la mano de su amiga, dijo:

—No, Asun, no. Ha sido asesinado. Le han rebanado el pescuezo.