Reluctancia
Mojarse los labios
Tartamudeo
Cuerpo rígido
Me había encontrado con Roberta y Rosa en la pastelería el Clavel para tomar un cafelito y ponernos al día. A esa hora no habría mucha gente y podríamos hablar de nuestras cosas sin ser escuchadas, algo vital en San Juan.
Me esperaban ambas acomodadas delante de sendos cafés.
A Roberta la había encontrado como siempre: alta y extremadamente delgada.
No había parado de moverse y hacer aspavientos, mientras le contaba algo a Rosa que me había parecido importante desde la distancia a la que yo me encontraba, pero que podía haber resultado en cualquier cosa, desde algo realmente preocupante a cualquier nimiedad que la hubiera sorprendido en ese momento.
Sus movimientos siempre revelaban esos nervios que no la dejaban engordar —lo mismito que yo, que cuanto más nervio, más como—, pero que convertían cualquier pieza de ropa que vistiera en lo más elegante que se había visto.
Roberta, seria y resuelta, era de las que arrancaban la tirita de una.
Estaba a punto de pedir un café cuando me llegó un mensaje al móvil; el sonido de la notificación me alteró sobremanera.
Como el perro de Pávlov con su comportamiento condicionado ante el sonido de la campanilla, me había tensado como un alambre a la voz del timbre personalizado. Mi expresión facial debió hacerlo ostensible, porque Rosa me miró inquieta.
No atendí a su petición silenciosa de información y salí del bar para leer el mensaje. El emisor exigía una respuesta. John empezaba a ser John de nuevo. Apagué el móvil, por si había pensado ser más directo e intentaba llamarme, y me dirigí de nuevo al interior del bar, eso sí, echando humo.
—¿Estás bien, Cris? —preguntó Rosa preocupada.
Medité mi respuesta. No quería mentir, pero lo cierto es que «bien» no era el término que me describía en aquel momento.
—Sí —mentí finalmente—. Solo es John dando por saco.
Se hizo un silencio incómodo. Ambas sabían de la relación destructiva que tenía con mi padre. Hicieron un intento por cambiar de tema, pero fue peor el remedio que la enfermedad.
—Y de Danny, ¿sabes algo? —preguntó Roberta.
—Sí, se casó el año pasado con una compañera de trabajo y tienen un churumbel —respondí con sarcasmo.
Rosa me pasó un brazo por los hombros.
—Bueno, han pasado cinco años. Es normal que haya rehecho su vida —comenté con voz triste.
Por cambiar de tema de nuevo, Rosa le preguntó a Roberta directa:
—Bueno, guapa, y ¿qué hay de eso de que tienes un lío con uno de tus asistentes?
El rostro de Roberta mutó a un rojo centelleante.
—¡Pero vamos a ver! ¿Es que lo sabe ya todo el pueblo? —dijo partiéndose de risa.
Nuestras risas corearon a Roberta.
—Esto es San Juan, ¿qué quieres?
—Ya, ya. Pues sí, después de casi veinte años ya tocaba darle una alegría al cuerpo.
La verdad es que está siendo muy divertido lo de ser un poco mala.
Pero vamos, nada serio. Y tú, ¿qué? —contraatacó con una sonrisa maliciosa—.
¿Con Carlos va a pasar algo al final? Últimamente se os ve mucho juntos por el pueblo.
—¡Qué va! Nada de nada. Nos hemos visto solo por temas de trabajo.
—Ya, lo de la salmonela, ¿no?
—¿A qué te refieres, Roberta? —indagué.
—Pues que, al parecer, el padre Damián lleva la negra últimamente. Después de salir del golpetazo que casi se lo lleva para el otro barrio, tuvo que ser ingresado en el hospital por una salmonelosis. Y, claro, salmonela igual a huevo. Imagino que estarán mirando con lupa la granja del Carlos.
—Más o menos eso —confirmó Rosa.
—Sí, sabía que había estado malito porque la tía me había dicho que lo habían tenido que ingresar, pero no sabía que era por una salmonelosis —comenté.
—Es que aquí, en San Juan, puede que haya un foco histórico —dijo Rosa, mirando con un gesto extraño a Roberta.
Tras unos segundos en silencio, Roberta aclaró al ver mi cara de perplejidad:
—Verás, Cris, aunque a mi marido no le llegaron a hacer pruebas de confirmación, se piensa que murió de salmonelosis. Lo mismo que Mateo, el marido de Dolores. Pero, vamos, que, en ambos casos, más se perdió en la guerra.
Acto seguido se levantó y se dirigió a pagar a la barra, dejándonos a ambas estupefactas.