La verdad del cuervo (Cristina Peterson 1) Miedo
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Miedo

Manos sudorosas

Labios y mentón temblorosos

Parpadeo rápido

Tres días más tarde, Rosa se despertó por el sonido atronador de unos golpes en la puerta de su casa.

Quien fuera que estuviera dando esos porrazos iba a tener problemas.

Hoy era su día libre y su plan era quedarse en la cama durmiendo hasta mediodía.

Miró el despertador, no eran ni las nueve de la mañana.

Ataviada con su bata, bajó los escalones de dos en dos, mientras los golpes a la puerta seguían sin cesar.

Abrió echando humo, dispuesta a soltar unos cuantos improperios, cuando vio quién era el causante de ese escándalo: Carlos. Venía con la cara descompuesta.

—Rosa, perdona que te moleste. Te he estado llamando desde hace una hora, he ido a buscarte al cuartel y me han dicho que tenías el día libre. No sabía qué hacer. No tengo a nadie en quien pueda confiar —dijo un Carlos con la voz deshecha.

A Rosa se le pasó el enfado ipso facto .

Lo vio tan indefenso que tomó su mano y lo hizo entrar en la casa sin mediar palabra.

Por el rabillo del ojo captó a Manuela, su vecina de enfrente, posicionada en su lugar, oteando con el visillo de la ventana corrido.

Bueno, pensó resignada, van a tener tema de conversación para varios días.

Una vez sentados en la cocina, Rosa le preguntó qué era lo que había pasado que le había llevado a ese estado de nervios.

—El cura, el hijo de puta ese. Enferma y ahora resulta que soy yo el responsable.

—No te permito que hables así del padre Damián —le cortó Rosa—. Es un pilar en la comunidad y lo sabes.

—Oh, claro que lo sé —respondió Carlos ofendido—. Mira, da igual, déjalo. Me busco la vida como siempre y ya está. —Se levantó y se fue directo a la puerta.

—¡Carlos Escudero Mengual! —le espetó Rosa—. O te sientas de nuevo en esa silla o no vuelvas a dirigirme la palabra. —Y continuó con voz más calmada—: Dime qué ha pasado y empieza por el principio.

Carlos se volvió a sentar en la silla, obediente, y empezó su relato, esta vez más tranquilo. Por lo visto, el padre Damián no acababa de estar repuesto del golpe de la maceta, cuando enfermó de salmonelosis.

—Dos días más tarde lo llevaron al hospital y estuvo a punto de diñarla. Sin pruebas, porque sé con certeza que el cultivo de salmonela ha dado negativo, me ha venido a la granja la plana mayor de la inspección de sanidad, y están revisando todo, inspeccionándolo todo, tomando muestras de todo.

—OK, Carlos, lo entiendo —dijo Rosa—, pero tú siempre has llevado la granja cumpliendo todas las reglamentaciones, has sido muy estricto en ese sentido. Tranquilízate porque no van a encontrar nada.

—Tú no lo entiendes, Rosa, si se tienen en cuenta las muertes de Juan y Mateo, me pueden acusar de homicidio.

La miró, pero no dijo nada más. Se levantó y salió de la casa medio llorando, dejando a Rosa sola en la cocina, completamente atónita.