La verdad del cuervo (Cristina Peterson 1) Inquietud
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Inquietud

Deglución excesiva

Tirarse de la ropa

Morderse el labio

Nos encontrábamos mi tía Asunción y yo desayunando unos churros con chocolate que había ido a comprar a la churrería de Beatriz —deliciosos, por cierto—, cuando de pronto llamaron a la puerta y en el dintel apareció la Paca, visiblemente exaltada.

—¡Asun! —gritó—. Que casi nos quedamos sin cura hoy.

—¡Pero qué dices, alma de Dios! —respondió mi tía levantándose de la mesa.

—Pues eso, que me ha dicho la Juana, que le ha dicho la Manuela, que ayer por la noche vieron al padre Damián inconsciente en la parte baja de la casa parroquial con un porrazo en la cabeza.

—¿Pero cómo ha sío eso?, ¿cómo se encuentra? —preguntó mi tía.

—Al parecer le cayó una maceta y casi le rompe la crisma.

Yo, mientras tanto, me encontraba en plena reflexión de la poca ocupación que debían de tener la Paca, la Juana y la Manuela como para que la caída de una maceta, por muy maltrecho que hubiera quedado el cura, fuera un buen motivo para interrumpir el estupendo desayuno de churros con chocolate.

Sin embargo, a la tía Asun le pareció razón suficiente para decidir, no ya la suspensión, sino la cancelación del desayuno, y me pidió que la ayudara a vestirse y que nos fuéramos para la casa parroquial inmediatamente.

«Inaudito», pensé resignada.