La verdad del cuervo (Cristina Peterson 1) Nostalgia
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Nostalgia

Mirada desenfocada

Sonrisa leve

Movimientos lentos

No serían ni las cuatro y media y mi tía y yo ya teníamos todo preparado para la merienda. Me había ido indicando, de una forma un tanto impaciente, todo lo que tenía que hacer.

Sacó la cubertería de plata e hizo que la limpiara hasta dejarla reluciente, me obligó a coger una escalera para bajar la cristalería de las ocasiones, como la llamó ella, que debía de llevar sin usarse desde tiempos de Maricastaña, y, por último, resolvió que debía poner la mesa con el mantel de hilo que le había cosido su hija Marisa en clase de pretecnología.

Antes de poner el susodicho mantel, recogí las estampas de los santos que mi tía había dejado abandonadas en la mesa de la salita esa mañana.

Las observé unos segundos; estaban borrosas del uso.

En ellas se disponían las imágenes de los santos por los que mi tía sentía devoción.

La primera, por supuesto, la estampa del Niño Jesús en los brazos de su madre.

Las agrupé con cuidado, intentando mantener el orden que mi tía había seguido y, tras poner el mantel, las dejé en un lado de la mesa.

A la hora convenida, los invitados se fueron presentando a la merienda. Las primeras en llegar fueron Dolores, Angustias y Gisela, y unos minutos después llegó Pepa.

Dediqué unos segundos a estudiar a Gisela, la única de las amigas de mi tía que no conocía.

Era la más joven de todas. Debió de ser una mujer extraordinariamente guapa en su juventud, con una melena rubia brillante y bien cuidada que le habría caído lacia sobre sus hombros; ahora la llevaba anudada en un recogido flojo.

Vestía de forma juvenil, con una blusa de escote amplio y colores chillones, unos vaqueros bastante apretados y zapatillas blancas de deporte.

Tenía los ojos de un color azul muy pálido y lucía una sonrisa tímida, casi infantil.

Al tomar mis manos, sentí su calidez; expresó con su rostro lo que no podía transmitir con las palabras adecuadas.

Los párrocos se iban a retrasar unos minutos más. Mientras los esperábamos, Dolores comentó lo calentito que se estaba en casa de mi tía Asun.

—He encendido la calefacción para que estemos a gusto, pero estoy un poco intranquila porque hasta el lunes no vuelve el chico del gasoil para llenar el depósito.

—¡Es verdad! —dijo Gisela con torpe castellano—. Que no olvido , que yo también mismo . El lunes venir también a mi casa, si no, no calefacción próxima semana.

—Es una gaita —continuó mi tía— eso de tener que estar desde las ocho en casa para que lo llenen. Luego vienen cuando quieren. La última vez me tuvieron esperando desde las ocho y aparecieron casi a la una.

—En Alemania es otra cosa. Allí llega gas por conducto a todos pueblos .

En ese momento llamaron a la puerta y se presentaron ante nosotras los padres Damián y Gregorio.

El padre Gregorio era un hombre fornido de alrededor de ochenta años. Se le veía encantado con la visita y, más concretamente, con la merienda; en cuanto la dispusieron en la mesa, fue directo a por un trozo de bizcocho.

Desconecté a los pocos minutos de conversación, versada principalmente en los cambios que se habían producido en el pueblo, las últimas bodas, bautizos y comuniones.

Mi tía me sacó de mi ensimismamiento de un disimulado codazo.

Acto seguido, me lanzó una mirada penetrante que yo interpreté a las claras como «mueve el culo a la cocina y trae más bizcocho».

Tras el tercer trozo de bizcocho que el padre Gregorio se llevara a la boca, el padre Damián le dirigió un expresivo gesto con la cabeza, por lo que el primero comentó:

—El padre Damián se preocupa mucho por mi salud, como tengo de todo: colesterol, tensión alta, ácido úrico…

—aclaró con la boca llena—, pero es lo que le digo yo, son cosas de la edad.

Qué curioso que ahora me cuide él a mí —dijo con una sonrisa—.

Lo tuve de monaguillo, allí en mi parroquia en Castromares.

Y de monaguillo pasó a formar parte de nuestra santa Iglesia —comentó orgulloso—.

Pero no podía ser de otro modo, obrando su padre milagros.

Estas últimas palabras tornaron la sonrisa del padre Damián en una mueca extraña e hicieron que se revolviera molesto en su asiento; sin embargo, el resto de los asistentes se mostraron muy sorprendidos.

—¿Milagros? —preguntó Dolores.

—Sí, y si la vida fuera más justa con los pobres, ahora estaría canonizado.

—Vamos, padre —protestó el padre Damián—, no exagere.

El padre Gregorio, rojo como un tomate, respondió:

—¡De exageraciones nada! ¡Un santo!, eso es lo que era. Obraba milagros —repitió.

—¿Qué clase de milagros? —quiso saber mi tía.

—Tenía estigmas sangrantes en los pies y en las manos.

Yo había intentado ser prudente y me mordí la lengua hasta casi hacerme sangre, pero no pude contenerme por más tiempo:

—Los estigmas, al fin y al cabo, son heridas —dije—. No digo yo en este caso, pero en muchos otros, se ha probado que los supuestos santos se incrustaban día a día los clavos para que no se les cerraran las heridas.

—Pues este no era el caso —respondió el padre Gregorio ofendido—. Además, ni siquiera sentía dolor. Lo sé porque yo mismo le toqué los estigmas. ¡Un milagro!

Excepto Pepa, que permaneció con la mirada perdida en las estampas de los santos que yo había olvidado recoger, el resto de los presentes nos miramos a los ojos unos segundos de forma elocuente. Obviamente, el padre Gregorio exageraba.

—Bueno, eran otros tiempos —dijo incómodo el padre Damián—. Antes pasaban esas cosas en muchos pueblos. O al menos se decía que pasaban.

Dolores, Angustias y Asunción, sin embargo, seguían muy interesadas, y la conversación se animó y se desvió a otros temas relacionados con el anterior, como las manchas en las paredes con forma de santos; yo volví a desconectar.

La merienda resultó a la postre entretenida, el padre Gregorio torturó al padre Damián con las anécdotas de su infancia como monaguillo, con las que hasta este no tuvo más remedio que reír.

La única que se pasó prácticamente toda la merienda callada fue Pepa.

De hecho, su rostro estaba mortalmente pálido y mantenía una expresión petrificada.

Mi tía también debió notarlo porque, cuando se marcharon todos, le preguntó si se encontraba bien.

—Pues, Asunción, hija —contestó temblando con lágrimas en los ojos—, que cuando se habla del pasado, mi mente también va pa esas épocas.

Mi tía le dio un fuerte abrazo de despedida, apretándola hasta que el dolor en el brazo la hizo temblar a ella también.