La verdad del cuervo (Cristina Peterson 1) Felicidad
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Felicidad

Sonrisa amplia

Parloteo

Movimientos fluidos

Rosa no pareció sorprendida al verme. Bueno, ya se sabe cómo son estas cosas en los pueblos, habría corrido la voz en el momento en que la Paca hubiera puesto un pie en el andén de la estación: la Inglesita había vuelto para cuidar a su tía.

¡Cuántos años habíamos pasado sin vernos! La última vez que había estado en San Juan, Rosa no se encontraba en el pueblo, y la última vez que la vi… Era mejor no pensar en la última vez que la vi.

Se había hecho guardia civil y había estado destinada en otro lugar, no recordaba dónde.

Rosa tenía esa belleza serena y elegante, no era de las mujeres que llamaban la atención inmediatamente, era de las de paladar lento, pero cuando te querías dar cuenta, ya estabas a sus pies.

Era inteligente y trabajadora; que se hubiera incorporado a la Guardia Civil era una suerte para el cuerpo.

Rosa me abrazó y casi sin mediar palabra, me cogió del brazo y me llevó al Bodegón.

El Bodegón era mi bar; el mío y el de todos, claro.

Durante el día te ponían pinchos con la bebida y, después, copas con música.

Siempre estaba lleno de vida. Concurrían allí gentes de todas las edades; podías encontrarte a tus tíos jugando al cinquillo o a tu primo de quince años de merienda con los amigos.

Se podía elegir el pincho: la tortilla de patatas de Manuela y sus albóndigas de masa tenían fama extracomunitaria.

Su marido, el Gordo, regentaba el pequeño local.

El Gordo era un tipo fornido y de buen humor que hacía honor a su sobrenombre.

Se movía por la estrecha barra a una velocidad pasmosa, pese a su gruesa circunferencia, y no dejaba de hablar con los clientes que se encontraban agrupados como chinches a su alrededor, mientras controlaba con la mirada al resto para ver si le faltaba algo.

Nosotras también tuvimos que agolparnos para acceder a la barra. Por suerte, era relativamente pronto y conseguimos hacernos un hueco usando codos.

Pedimos unas cañas que fueron acompañadas de la susodicha tortilla. Prefería la comida a la bebida y, tras un rápido sorbo a mi cerveza, ataqué el ansiado pincho mientras conversábamos.

Rosa me contó que se unió a la Guardia Civil porque siempre había sentido que pertenecía al cuerpo. Claro, su padre y su abuelo antes que él lo habían sido; lo llevaba en las venas.

Me comentó que estaba muy contenta porque había logrado quedarse en el pueblo tras solo un par de años de periplo por Madrid y Toledo, pero que le habían venido bien —lo dijo con una mirada extraña con la que me transmitió un mensaje contradictorio—. Le habían abierto los ojos sobre muchas cosas.

—¿Y tú, Cris? —me preguntó—. Cuéntame eso de que ahora trabajas con la Policía Nacional. Pero si estudiaste medicina, ¿no? —dijo en tono jocoso.

Le conté cómo acabé colaborando con el SAC y le resumí alguno de los casos en los que había colaborado a través de Sara.

Una cosa llevó a la otra y entre risas, más cañas y más pinchos, acabamos rememorando nuestra juventud y cómo las tres, con Roberta incluida, nos habíamos ido de pueblo en pueblo en las fiestas.

Acordamos que Rosa llamaría a Roberta para quedar con ella uno de estos días y juntarnos las tres de nuevo.

En pleno apogeo de risas y alcohol, los ojos de Rosa se desviaron entre la multitud y noté cómo de pronto sus pupilas se encogieron por la tensión.

Rosa evitó mi mirada interrogante y continuó como si nada hubiera ocurrido, pero yo, desconfiada por naturaleza, me volví para ver qué era lo que había producido esa tensión en sus ojos, y lo encontré: Carlos.

Rosa había estado colgada de Carlos desde que éramos unas crías, pero él nunca estuvo demasiado interesado ni en ella, ni en novias.

De vez en cuando se le veía con alguna turista de fiesta, tampoco nada serio.

A mí me caía bien, de hecho, lo tenía en gran estima, pero era demasiado circunspecto para mi gusto, aunque realmente guapo.

Demasiado distante, quizás. Llevaba la granja ganadera del pueblo, la que había pertenecido a su familia ni recordaba durante cuántas generaciones.

Nunca había sido una explotación que hubiera dado millones, pero funcionaba bien.

Según mi tía, Carlos solo estuvo ausente de sus responsabilidades en la granja durante los cinco años de facultad de veterinaria en Murcia, y desde que volvió, él personalmente se encargaba de todo.

Carlos se acercó a nosotras sin mirarnos, sin un asomo de reconocimiento en sus ojos, y hasta que no llegó a nuestra altura no se dignó a ofrecernos su espléndida sonrisa.

Le devolví otra segura; Rosa, sin embargo, se mostró nerviosa: no dejaba de mover las manos, como si de súbito sintiera que no formaban parte de su cuerpo, y exhibió en su rostro una sonrisa radiante pero inmóvil, artificial.

Sus ojos se mantuvieron en perpetuo movimiento, intentando controlar todo lo que ocurría a su alrededor, y perdiendo, por el contrario, todo control de lo que realmente estaba ocurriendo en sus narices.

Carlos nos saludó con sendos besos y, tras ponernos al día someramente de las cosas que nos habían sucedido a cada uno, se volvió hacia Rosa y casi al oído le susurró:

—Rosa, si tienes un rato, me paso luego por tu casa, que quiero comentarte algo.

Carlos no llegó a ver cómo Rosa asentía. Dichas aquellas palabras, se giró y salió del bar, dejándome a mí un tanto perpleja y a Rosa temblándole las piernas.

Aproveché su ausencia para preguntarle sobre Carlos:

—Pues como siempre, el perro del hortelano —respondió con voz cansada—. He tenido algún novio, pero no he llegado con ninguno a mucho más, Carlos siempre está ahí.

Asentí pensativa, yo misma había pasado por esa situación con Danny, pero logré alejarlo rápidamente de mi mente.

—Esta tarde vendrán a merendar a casa de mi tía, el padre Damián y el padre Gregorio. —Y agregué con una sonrisa irónica—: Creo que quieren hacer una turné gastronómica por las casas del pueblo.

Rosa soltó una sonora carcajada y dijo:

—No sé cómo ese hombre puede estar tan flaco —refiriéndose al padre Damián— con lo que come. Pero es verdad que ha hecho mucho bien a este pueblo.

—Sí, ya me ha contado un poco la tía, ayudó mucho a Pepa y a Gisela, ¿verdad?

—A la Pepa sobre todo, que lo de Lola fue una putada tremenda.

—¿Lola? —pregunté, me sonaba el nombre, pero no llegaba a recordar…

—Lola era la hija de Pepa, la única mujer y la más pequeña. ¿No la recuerdas? Yo me acuerdo mucho de ella, tenía nuestra edad. ¡Qué guapa era! Con ese pelazo negro que le llegaba a la cintura. Era espectacular.

—¿Y qué pasó? —Por fin me iba a enterar de aquello que mi tía no había querido contarme.

—Pues que una tarde, volviendo de misa, la violaron.

Nunca se supo quién fue el culpable, pero la niña apareció llena de moratones y cortes.

—Hice un gesto de asentimiento, empezaba a comprender las reservas de mi tía.

No era un tema fácil de tratar—. Unos meses después, Pepa se enteró de que, además, la habían dejado preñada.

La niña nunca dijo quién la violó porque estaba aterrada, pero, nada más nacer el niño, se suicidó, y el niño tampoco es que durara mucho.

—¿Murió? —musité casi sin palabras.

—Sí. El pobre nació malito, tenía una enfermedad de esas raras que hacía que se desangrara por dentro o que no sintiera dolor o algo así, no recuerdo bien, era muy pequeñín el angelito.

El caso es que tuvo un accidente y murió, pero ahí estuvo el padre Damián al pie del cañón.

Y luego con Gisela, fíjate que ella ni siquiera es católica, pero cuando el caradura de su marido se volvió para Alemania, ella se quedó completamente sola.

Fue él el que propició que el grupo de amigas de tu tía incorporara a Gisela.

—Miró la hora y luego a mí y exclamó—: Cris, ¡tenemos que volver! ¡Es supertarde!

Alcé las cejas sorprendida. Era tarde, sí, pero no tanto. Me pregunté si el hecho de que Carlos fuera a pasarse por su casa después tenía algo que ver con sus prisas.