Ansiedad
Retorcerse las manos
Respiración acelerada
Tocarse la nuca
Carmen miraba distraída por la ventana mientras fregaba los culos de las sartenes hasta dejarse los nudillos.
Lo peor es que ya estaban relucientes cuando empezó.
Había sido una manía de madre y ahora lo era de ella.
Los culos sucios de las sartenes eran de guarras, y ella no era ninguna guarra.
Tenía la casa impecable, como la había tenido su madre.
Carmen era ama de casa por elección. Podía haber vuelto al trabajo cuando los niños fueron un poco mayores, pero no quiso.
Prefería las labores de la casa y darles un buen hogar a sus hijos. Y todo había ido bien hasta ahora.
Cuando los niños eran unos bebés, siempre había sustos, accidentes que los propios niños provocaban: como cuando Pablito se metió la bolita de un juguete por la nariz y hubo que llevarle a urgencias, o como cuando Luisito se cayó de su sillita de la cocina de tanto moverse y se quedó sin respiración, o de repente una fiebre muy alta o un sarpullido muy raro.
En todas esas ocasiones Carmen siempre había actuado con muchísima sangre fría e instinto.
Su instinto era afilado como el cuchillo de un carnicero, siempre se había fiado de él, e invariablemente había tenido razón .
Carmen confiaba en su instinto por encima de todo, y ahora este le estaba diciendo que algo no iba bien, pero no sabía exactamente qué.
Se había pasado toda la mañana dándole vueltas al tema, completamente ensimismada.
Ausente mientras planchaba, había estropeado una de las camisas de su marido Pablo, y mientras cocinaba, con la mente dispersa en sus preocupaciones, había estado a punto de quemar la comida, que al final olvidó meter en la fiambrera que el pobre se había llevado vacía aquel día.
No sabía lo que tenía en la cabeza… solo que estaba preocupada por Luisito.
Desde hacía un tiempo se estaba volviendo más rebelde.
Siempre había sido el más fuerte de los dos.
Nacieron mellizos, pero no podían ser más diferentes.
Pablito era sensible y callado, y Luisito movido y gracioso, pero de un tiempo a esta parte, Luisito se mostraba desafiante.
Ya no quería que lo bañara, y no era tan mayor como para tener vergüenza todavía, de hecho, a su hermano le encantaba jugar distraído con los patitos de goma mientras lo remojaban.
Se portaba fatal, hacía las cosas mal a propósito, y se peleaba mucho con su hermano, cuando antes eran uña y carne.
Pero lo que realmente la estaba mortificando era que hubiera vuelto a mojar la cama.
La primera vez no le dio importancia, podía ser que se le hubiera escapado.
Alguna vez pasaba que soñaban que estaban en el baño y se hacían pis, o que hubieran bebido demasiada agua y no les diera tiempo a salir de la cama, eso era normal, pero ¿tres veces?
, ¿y tan seguidas? Carmen no tenía estudios, pero ni falta que le hacía, eso era claramente un retroceso.
Había niños que tardaban en dejar de hacerse pis en la cama, y eso podía ser más o menos normal, pero que un niño no hubiera mojado la cama en tres años y ahora comenzara a hacerlo, eso era raro.
Desde la ventana vio tres figuras a contraluz que bajaban la cuesta de la calle .
«Y luego está lo otro», pensó Carmen. «El Carlos. Lo tenemos pegao todo el día».
Jugando como chiquillos llegaban los tres, Luisito, Pablito y Carlos, sonrientes y sudorosos.
Carlos se había ofrecido a llevar a los niños a misa los domingos que su marido no pudiera llevarlos.
Los chiquillos tenían que estar muy temprano en la iglesia porque eran los monaguillos.
Al principio Carmen lo había agradecido.
Su marido no podía llevarlos porque trabajaba casi todos los domingos haciendo turnos en la granja del Carlos, y ella, que normalmente aprovechaba los domingos por la mañana para, una vez terminadas las tareas de la casa, coser lo que le pasaban sus vecinas ya mayores y que, en sus palabras, «no veían ni para enhebrar la aguja», tampoco.
Pero empezaba a ser muy raro. ¿Qué necesidad tenía de ir a la iglesia todos los domingos con los nenes si ni siquiera entraba en misa?
Carmen no lo entendía, pero ya le empezaba a molestar que estuviera dando siempre vueltas por allí.
No se iba hasta que los niños habían entrado en casa y, claro, Carmen se veía en la obligación de invitarle a tomar una cervecilla o algo cada vez.
En fin, lo cierto era que los críos siempre volvían encantados, y ella tampoco podía quejarse, les hacía un favor y, además, era el jefe de su marido.