La verdad del cuervo (Cristina Peterson 1) Satisfacción
13%

Satisfacción

Mentón elevado

Postura ensanchada

Sonrisa confiada

Al llegar a casa, y después de dejar a mi tía bien acomodada, decidí dar un paseo por el pueblo. Notaba que la ropa cada vez me venía más prieta; un paseo me vendría bien, y de paso aprovecharía para comprar el pan. La comida estaba lista, cuando fuera la hora de comer, solo habría que calentarla.

Mi espíritu deportivo disminuyó drásticamente en el momento en que atisbé la cuesta por la que debía transitar para acceder a la panadería.

Respiré profundamente para darme ánimos.

El tabaco y los kilos de más se manifestaron sin piedad durante el ascenso; subí a paso lento, y mientras un grupo de ancianas me sobrepasaba charlando animadamente, yo llegué a la cumbre sin aliento.

Las miré con fastidio pero sin resquemor.

A pocos pasos de la panadería se encontraba el Clavel, y por supuesto no pude resistirme.

El Clavel se había convertido en una cafetería-pastelería de estilo moderno, pero sus dulces seguían siendo los mejores de la provincia.

Era imposible no pasar al Clavel estando tan cerca.

Me relamí con el aroma que aspiré en la puerta al entrar, mientras olvidaba el principal motivo por el que había odiado a las ancianas: mis kilos extra .

Mi primera visión celestial fue su magnífico mostrador. Este exponía todo tipo de pastelillos y repostería. Sus cremas y natas eran finísimas, sus hojaldres crujientes y sus bizcochos tenían el punto exacto de almíbar que provocaba que estuvieran tiernos y húmedos sin resultar empalagosos.

Tras una rápida inspección, me decidí por comprar una variada tanda de pasteles que, para dos personas, una de ellas mi tía, tan comiente como un pajarillo, sabía que resultarían demasiados.

Cuando salía cargada con mis pasteles, tuve un encontronazo con la persona que entraba en ese momento al establecimiento. Tardé un segundo en reconocerla: era Rosa.