La verdad del cuervo (Cristina Peterson 1) Curiosidad
11%

Curiosidad

Cejas levantadas

Mirar fijamente

Sonrisa lenta

El camino de vuelta a casa fue más placentero, el sol había decidido por fin hacer acto de presencia y pareció asustar al viento, que se desvaneció como por arte de magia en cuanto el astro rey hizo su aparición.

Más animada que en el camino de ida, decidí hacer feliz a mi tía, dándole conversación sobre un tema que resultara de su agrado: le pedí que me hablara de sus amigas.

Como siempre que me propongo algo, logré mi objetivo fácilmente. A mi tía le brillaron los ojos e inmediatamente comenzó a parlotear.

—¡Ay, mis pobres niñas! —se lamentó tras un largo suspiro—.

¡Vaya vida han tenido todas! A ver, ¿por dónde empiezo?

Dolores se quedó viuda muy joven; el marido murió de algo estomacal.

Su hermana, Angustias, nunca llegó a casarse.

Le afectó mucho la muerte de su cuñado y ver a su hermana con tanto dolor.

Pa mí que se quedó un poco tocada la pobre.

Hombre, tocada no sé si se quedaría, pero que esa mujer había sufrido más de lo debido saltaba a la vista. Al menos para mí.

—Y Gisela —continuó mi tía con un tono de voz que rayaba en la indignación—, después de traerla el marido a España, un país extraño para ella, dejar a sus amigos y familia porque él quería cambiar de aires, va el señor —agregó haciendo aspavientos con sus manos— y la deja plantá .

Se vuelve a su país y pa mí que con otra señora.

Entendí el enojo de mi tía. Aunque a veces esas cosas pasaban.

—Una pena, claro. Gisela ahora entiende algo de castellano, pero en esa época, hace unos cinco años, no se enteraba de na .

El padre Damián la ayudó mucho, casi nos obligó a acoger a Gisela, estaba completamente aislada la pobre.

Y a la Pepa… —Iba a decir algo más, pero se contuvo.

Empezaba a picarme la curiosidad, ¿qué sería aquello tan terrible que le había ocurrido a su amiga Pepa que no quería comentar?

En cualquier caso, me abstuve de preguntar—.

La Pepa se pasa la vida en la iglesia. Va todos los días.

La limpia, cambia las flores, pone las velas nuevas.

Si no está con nosotras, o con las brochas, está allí siempre.

La iglesia ha sido su refugio desde que le pasó todo aquello.

¿Aquello? Para no querer hablar del tema, no hacía más que nombrarlo.

—Pero, bueno, son desgracias de la vida —sentenció.