Agitación
Faz enrojecida
Mirada inquieta
Movimiento en las manos
La iglesia de San Francisco lucía tan imponente y majestuosa como la recordaba.
Sus paredes de grandes bloques de piedra de sillería permanecían indemnes al paso del tiempo, desde el siglo XVI .
Llegamos ateridas. El frío nos había calado en los huesos en los cinco minutos escasos de trayecto.
El paisaje gris, que desde la ventana de la casa de mi tía me había parecido casi romántico, se había convertido en una pesadilla de viento gélido, que, impetuoso como caballo desbocado, desprendía el calor que permanecía asido apenas a nuestras carnes.
Sufrí por mi tía, que de carnes estaba escasa.
Cuando estábamos a punto de llegar a la puerta, vi a alguien a cierta distancia que no pude reconocer. Me llamó la atención su actitud de alerta; todo su cuerpo estaba en tensión. No pude decir por qué, pero me produjo un intenso escalofrío.
Entrar en la iglesia fue nuestra salvación inmediata para salvaguardarnos del frío exterior, y a mí, además, me permitió deshacerme de la desagradable sensación que acababa de sentir.
Aunque no me consideraba una persona muy religiosa, encontraba paz en la quietud de las iglesias.
Me ocurría también en cierto tipo de bibliotecas antiguas: su silencio, su austero interior en penumbra, alumbrado por la luz titilante de los cirios encendidos, y la mezcla de olores de cera de velas, flores e incienso me provocaban una sensación de calma que el párroco intensificaría con su voz monótona durante la misa.
Me sorprendió ver la iglesia semivacía. En los pocos bancos ocupados no observé a nadie menor de sesenta años.
El párroco ofreció un servicio religioso clásico, con mucho latinajo, lo que en mi opinión lo distanciaba de sus fieles y le confería una apariencia demasiado rígida.
Rigidez que, por otra parte, fue rota por sus monaguillos.
Estos metieron la pata en tantas ocasiones durante el transcurso de la eucaristía que lograron que, pese al gesto rancio del padre Damián, algunos feligreses estallaran en risas, solo acalladas por las toses indignadas de sus esposas.
Cuando la misa terminó, mi tía y yo nos acercamos a saludar al cura, que estaba regañando a los monaguillos.
Los niños reaccionaron de forma muy diferente ante la reprimenda suministrada: uno de ellos, el moreno de pelo rizado, mientras el cura le estaba soltando el sermón, contemplaba el cielo como si lo que le estaban diciendo no fuera con él; sin embargo, el otro, el rubito, estaba completamente avergonzado y miraba al suelo en señal de sumisión.
—Buenos días, padre Damián —saludó mi tía.
El padre Damián había sido el párroco del pueblo toda la vida.
Muchos de mis recuerdos llevaban entremezclados otros con el padre Damián.
Juan y Carlos, mis amigos de la pandilla, habían sido sus monaguillos, y muchas meriendas de mi infancia se habían producido en la casa parroquial.
Era un hombre atento y, por lo que recordaba, cariñoso con los niños.
El cura, pese a los años pasados, no había cambiado mucho; era un hombre alto, algo desgarbado, una de esas personas que parecen más jóvenes de lo que son, porque debía de estar ya cerca de los sesenta, edad que no aparentaba.
Disponía aún de todo el cabello y no se le apreciaban apenas canas, tan solo unas hebras plateadas en sus sienes.
Se giró al oír su nombre y su rostro enfadado se transformó en una amplia sonrisa. Un cambio demasiado rápido para mi gusto, quizás.
—Buenos días, hija. ¡Pero qué bien acompañada viene, Asunción! Es la hija de Petra, Cristina, ¿verdad? ¡Cuánto tiempo, hija mía!
Sonreí. Nadie me llamaba Cristina, había sido Cris desde niña. Respondí que había venido a pasar unos días, mientras mis primos estuvieran fuera de viaje.
Asintió complacido.
—A mediodía vendrá a visitarnos el padre Gregorio, y había pensado en que fuéramos a hacerle una visita por la tarde —dijo dirigiéndose a mi tía—. Sé que lo tiene en gran estima.
—Por supuesto, padre, estaré encantada de recibirles. Las chicas vendrán también, les hará mucha ilusión.
Las chicas, la más joven debía de tener sesenta años.
Tres señoras vestidas de negro nos esperaban un poco más adelante, saludándonos con la mano. Eran las amigas de mi tía. Pepa, la más alta, y Dolores y Angustias, según me enteré después, las otras dos.
—Pues ya conocéis a mi sobrina preferida —comentó mi tía con una sonrisa de oreja a oreja, consciente como todas, de que yo era su única sobrina—. Y, Cris —dijo dirigiéndose a mí—, tú ya conoces a mis amigas más queridas, solo falta Gisela, a ella la conocerás esta tarde.
Acto seguido se pusieron a hablar todas prácticamente a la vez. Mi tía les contó la propuesta del padre Damián para la tarde, mientras yo me dispuse, sin proponérmelo o quizás por entretenerme, a elaborar el perfil psicológico de las amigas de mi tía.
Pepa: ácida, competitiva. Mujer fuerte donde las hubiere; la vida la había moldeado para ser una superviviente. Me pareció en cierto modo vengativa, mejor no ponerse en su camino porque no lo perdonaría. No me gustó demasiado .
Dolores y Angustias: mi tía me había adelantado que eran gemelas, y si bien su estructura craneal y facial era casi idéntica, nadie lo hubiese dicho.
Angustias presentaba una complexión escuálida casi hasta el extremo de ser insalubre, confiriéndole un aspecto cadavérico, mientras que el cuerpo de su hermana rebosaba salud, con unas mejillas rechonchas y coloreadas.
Pero había algo más… Algo en los ojos de Angustias que, como su nombre, expresaba dolor. Su miraba huidiza, con las cuencas de los ojos muy marcadas, me llevó a pensar que debía de sufrir algún tipo de demencia.
Dolores, sin embargo, resplandecía inocente, bondadosa. No vería la verdad de la vida, aunque se la pusieran delante de la nariz. Se engañaría a sí misma en todas las circunstancias, hasta que no le quedara otra que aceptar la verdad, pero sería solo al final.
Salí de mi ensimismamiento en el momento de la despedida, y mientras me apartaba para dejar paso a mi tía, miré de reojo por encima del hombro.
Me había parecido ver a alguien. Sí, allí estaba, al final de la calle.
Llevaba en el mismo lugar desde que habíamos entrado a misa.
Tampoco en ese instante pude reconocer su figura, que se encontraba a contraluz.
Había algo en su pose que hizo que me pusiera en guardia. Sin embargo, a los monaguillos no les pareció una amenaza, porque tan pronto lo avistaron, salieron corriendo en su dirección. En ese momento, la tía me tomó del brazo y cuando volví a mirar, habían desaparecido los tres.