La verdad del cuervo (Cristina Peterson 1) Afán
8%

Afán

Ojos brillantes

Fuerte contacto visual

Inclinarse hacia delante

Cuando me desperté al día siguiente, eran las siete de la mañana.

Había dormido mejor de lo que esperaba. Pese a los pensamientos recurrentes que no habían dejado de aparecer en mi cerebro —conversaciones inventadas que no llegarían a producirse, pero que resultaban tan dramáticas y vívidas que habían alterado mi natural templanza—, el agotamiento por el viaje había hecho el resto.

Al despertar, la calefacción, encendida toda la noche, se había encargado de mantener una calidez tan reconfortante que me imposibilitaba salir de la cama.

Desde mi posición, podía entrever el frío helador del exterior; los cristales de las ventanas mostraban borrosos la humedad de un paisaje poco acogedor pero bello, y la escarcha blanqueaba cualquier lugar en el que se posara mi mirada.

Sin embargo, el cielo se exhibía más oscuro de lo que la hora del día hacía prever.

Armándome de valor, conseguí atravesar las sábanas ondinas y, tras una ducha rápida, bajé las escaleras que llevaban al piso inferior. No había ni rastro de mis primos ni de mi tía. Las maletas no se encontraban en la entrada.

La tía debía de estar dormida todavía. Recordé que mi prima la noche anterior, además de detallarme su rutina de cuidados y medicamentos, también me había comentado que la tía Asun solía despertarse tarde.

Dejé preparado su desayuno para que lo tuviera listo al levantarse y, a continuación, comencé a preparar el mío: una taza de café con leche y una buena rebanada de pan de hogaza con mantequilla y azúcar.

El sibilante sonido de la cafetera italiana y la mezcla de aromas a pan tostado y café recién hecho evocaron, sin mi consentimiento, las plácidas mañanas de domingo al lado de Danny.

Aparté esas imágenes de mi mente, con la terquedad que da la costumbre, y desayuné reflexionando sobre el contenido de mi próxima conferencia en Washington.

A continuación, con una taza extra de café con leche en mi mano, me dirigí al despacho de mi primo, que sería de mi aprovechamiento las tres próximas semanas.

Un poco antes de las diez, mi tía Asun abrió la puerta del despacho con una sonrisa ilusionada:

—Voy a desayunar, y si no estás ocupada, vente y mientras tanto te cuento los planes para hoy.

El primer plan que tenía mi tía Asun para ese día, era que la ayudara a vestirse y la acompañara a misa.

La seguí a la cocina, pese a todo lo que me quedaba por hacer.

Me comentó que esa tarde vendrían sus amigas a merendar porque querían conocerme como se debe, y me preguntó si podría preparar algo, o bien ir a comprar algunos pasteles al Clavel.

Obviamente, me decidí por hacer un bizcocho de naranja yo misma.

Mi tía aprovechó para organizar las estampas de los santos mientras yo trajinaba.

—Ayer no te quise preguntar delante del Pedro y de tu prima —dijo como quien no quiere la cosa, al tiempo que me miraba de reojo y se aclaraba la garganta—, ¿de amores cómo vas, hijita?

¡Dios! La conversación ya estaba sobre la mesa.

—Nada a la vista —respondí, aunque no pude evitar que Danny se colara en mi mente una vez más—. ¿Sobre qué hora vendrán tus amigas, tía?

Pero, claro, mi tía no iba a permitir un cambio de tercio tan rápido.

—Sobre las cinco y media, más o menos, pero las veremos luego en misa, así te las presento. —Volviendo al tema, continuó—: ¿Y no hay nadie que te interese ni un poquito?

—No, tía, no. —Esta vez fui tajante. Esperaba que pillara la indirecta.

—Bien, si no quieres hablar del tema, no se hable más —refunfuñó.

Pero le duró poco el enfado, pasó en seguida al siguiente tema peliagudo:

—¿Y de John? ¿Sabes algo de John?

—No, nada —mentí. Si pensar en Danny era doloroso, hablar de mi padre ausente, alcohólico y megalómano aún lo era más.

—¡Qué pena, hija! —dijo—. De verdad, qué pena.

Y calló. Casi pude ver cómo sus pensamientos la transportaban años atrás, al lugar en el que cualquier psicólogo en la primera sesión habría establecido como el origen de todos mis problemas emocionales: mi niñez.

Permaneció en silencio los largos minutos en los que el bizcocho aprovechó para señorear y sobresalir del recipiente que apenas lo contenía, mientras su aroma se colaba por las rendijas de la cocina e inundaba la casa.