La verdad del cuervo (Cristina Peterson 1) Presunción
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Presunción

Frente alta

Brazos cruzados

Contacto visual directo

Antes de que Pedro pudiera sacar las llaves del bolsillo, la puerta de la casa se abrió y aparecieron mi tía y mi prima con una amplia sonrisa en sus rostros.

¡Qué alegría me dio verlas! A Marisa la vi más o menos igual que siempre, quizás un poquito más delgada, pero mi tía había mermado en tamaño; desde la operación la tía había dado un bajón, y su largo periodo de reposo la había adelgazado mucho.

—Ven, hijita, ven. Que te voy a enseñar todo. No vas a reconocer la casa, vas a ver.

Como una niña con zapatos nuevos, no cedió hasta ofrecerme un tour completo.

Me sorprendí, la casa había experimentado una verdadera metamorfosis.

Además de la leñera convertida en despacho, se habían alisado las paredes, la cocina era nueva, con todo tipo de electrodomésticos, y los baños se habían reformado.

La salita seguía siendo muy acogedora, se había sustituido la antigua salamandra de carbón por calefacción central, aunque la mesa con el brasero en el centro —un clásico en todas las casas manchegas decentes—, se mantenía indemne.

La tía no habría permitido su supresión.

Tras la visita, y habiendo dejado la maleta en la preciosa habitación que me habían asignado, bajé a la cocina, donde me esperaban todos.

Marisa había abierto una botella de vino tinto y cortado un pedazo de queso en grandes trozos.

El queso, de oveja, como debía ser. También había dispuesto un plato con chorizo y panceta salada, y en otro, una generosa rebanada de pan de hogaza.

Con un buen trozo de chorizo en la boca, me olvidé de todas mis promesas previas. Véase: no traer ni un kilo de más, no comer hasta que no tuviera hambre, beber alcohol lo justo.

Las estaba incumpliendo todas y no llevaba ni una hora en el pueblo. Mientras, a dos carrillos, asentía al pormenorizado relato sobre cómo había sido la caída de mi tía por la que tuvieron que operarla. Marisa la interrumpió cuando los detalles se tornaron incompatibles con la comida en la mesa:

—Primilla, cuéntanos a qué te dedicas ahora.

Yo, que siempre pecaba un poquito de soberbia, saqué pecho, lista para comenzar mi soliloquio:

—Pues, prima, cuando terminé las carreras de Medicina y Psicología e hice el mir en psiquiatría en Madrid, me dediqué a recorrer Europa y Estados Unidos. Fue en Estados Unidos donde me especialicé en psicolingüística y comunicación no verbal.

Me encantaba hablar de mis logros. Al fin y al cabo, mi infancia no había sido fácil y lo había conseguido todo a base de mucho esfuerzo. Sin embargo, por los rostros de mis oyentes, mi explicación no había sido todo lo clarificadora que hubiera deseado, así que intenté explicarme mejor:

—Son disciplinas que estudian la información que la persona transmite, en el caso de la psicolingüística, al elegir unas palabras y no otras o la entonación con las que las usa. Y en el caso de la comunicación no verbal, la que se transmite con la expresión corporal y facial.

No creía que aquello aclarase mucho más, pero mi tía me sorprendió como siempre; parecía haberlo entendido, o eso hizo ver .

—¡Madre mía!, ¡qué lista ha sío mi sobrinilla siempre! —comentó la tía Asun riéndose—. ¿Y eso qué tiene que ver con la policía?

—Pues todo y nada. En España existe una unidad de la Policía Nacional, el SAC, relativa al análisis de conductas, y Sara…

¿Recordáis a mi amiga Sara?, ¿de la universidad?

Ella, como policía nacional, tiene contactos en el SAC.

Hace un par de años me pidió ayuda con un caso y desde entonces colaboro con ellos.

Casos complejos en los que mi disciplina les resulta de ayuda.

No comenté que había decidido no trabajar en ningún caso de homicidio más, por el momento, y que quería centrarme en mi faceta docente que me producía menos desasosiegos.

Tras acabar mi monólogo, y al ver las expresiones a mi alrededor, por fin caí en la cuenta de que en realidad mi prima había preguntado por educación, sin un verdadero interés, y que yo había dado demasiados detalles para una pregunta del todo general.

Bueno, pues lo siento, que no hubiera preguntado.

Era muy curioso que me ocurriera esto con tanta frecuencia.

Mi trabajo consistía en analizar todo tipo de conversaciones y rostros para sacar a la luz lo que ocultaban.

Era una gran profesional, de hecho, me consideraba la mejor con diferencia.

Sin embargo, en mi vida personal era un auténtico desastre.

Hablaba de más y decía lo primero que me pasaba por la mente sin contemplaciones.

En fin, procuré arreglarlo cambiando de tema:

—Bueno, ya sabéis todo de mí —dije intentando mostrar una humildad que no sentía—, ahora contadme cosas vuestras y de la gente del pueblo. De camino a casa, hemos hecho una parada en la farmacia y hemos visto a Roberta, está muy guapa.

—Sí que es verdad —respondió la tía con una sonrisa maliciosa—, según la Paca, es desde que tiene ayudantes.

—¡Madre! De verdad… La Paca es muy cotilla, no le sigas en sus historias —la reprendió su hija, y continuó mirándome a mí—: Sí, está muy guapa. Dicen que se ha puesto bótox.

Este comentario provocó el levantamiento de cejas de su marido, Pedro.

—Bendita coherencia.

—Si yo solo digo —se defendió mi tía— que, desde la muerte del Juan, hace ya más de veinte años, Roberta no había levantado cabeza.

Solo estaba en el trabajo: trabajar, trabajar y nada más.

Pasó un luto muy duro la pobre. Pero ahora es otra cosa.

Además, dicen que le hace ojitos a uno de sus ayudantes —terminó con una sonrisa pícara.

—¡Pero madre! —la riñó su hija—. ¡Ya estamos otra vez con lo mismo! ¡Dejad a la gente que haga su vida! ¡Qué manía la de este pueblo, de verdad!

—La pena —continuó su madre ignorando por completo el último comentario de Marisa— es que ya no tiene edad para tener hijos. Le llega tarde.

****

De los entrantes pasamos a la cena. Mi primo Pedro acomodó a mi tía en la salita y, mientras él ponía la mesa, Marisa y yo nos dedicamos a preparar la cena.

Siempre me ha encantado cocinar. Mis pocos recuerdos felices de la niñez se entremezclaban en la cocina; como si el hecho de lavar la verdura, cortarla o sofreírla y esperar a que su aroma inundara la casa tuviera un efecto cálido que coloreaba mis ensombrecidos recuerdos, haciéndolos más llevaderos.

Me venían a la cabeza multitud de ellos: mi madre, los domingos cocinando sopa de ajo y yo revoloteando a su alrededor, o las tres, con mi tía, haciendo tortas en sartén para San Antón o torrijas en Semana Santa.

En mis estancias en los diversos países por los que había transitado, aprovechaba siempre la ocasión para inscribirme en algún curso de cocina, y así, por un lado, ampliar mi repertorio de platos y, por otro, socializar; cosa que, de otra manera, en algunos lugares hubiera resultado bastante complicado.

De hecho, así conocí a Danny.

Sí, siempre había amado la cocina, y claro, también comer.

Me puse de perfil y contemplé mi reflejo deformado en el cristal del microondas.

Había engordado bastante en ese último año.

Si bien nunca me había importado demasiado mi físico, la verdad, digamos que había sido plenamente consciente desde niña de que no sería una belleza; lo había asumido y punto.

Mi casi metro ochenta de estatura en una generación de mujeres de metro sesenta, una densidad ósea que podría compararse al granito, que nunca hubiera sido demasiado femenina en mis formas y el hecho de no ser la guapa en ningún grupo habían sido argumentos irrefutables de mi condición. Tampoco es que lo considerase un drama.

Comer era un placer del que no pensaba prescindir, y si por ello tenía que añadir alguna talla más a mi exiguo vestuario —no es que fuera una fanática de la moda—, no me importaba demasiado.

Acabada la cena, los primos se retiraron. Al día siguiente tendrían que levantarse de madrugada para coger el tren que los llevaría a Madrid y de ahí al aeropuerto, pero ni la tía ni yo teníamos sueño, así que después de cenar, decidimos hacer un poco de sobremesa delante de sendas infusiones.

Mientras estas se enfriaban, recorrí la sala con la mirada.

Pese a los cambios en la casa, la decoración continuaba siendo la misma.

La estantería de cerezo, heredada de mi abuela, exponía las mismas fotografías en blanco y negro de toda la familia en diversas edades y épocas; la librería permanecía saturada, hasta casi su desbordamiento, de colecciones inacabadas de los clásicos de la literatura española, y perduraba también el tocadiscos averiado desde los años ochenta, sin reparación posible, pero del que nadie se pensaba desprender.

La única novedad la constituía un cuadro de unas señoras cocinando.

El cuadro había reemplazado la fotografía de la boda de mis padres.

Fijándome bien, en la pintura me parecía estar viendo a mi tía.

—Tía, ¿eres tú una de las modelos de ese cuadro? —pregunté bastante sorprendida.

—Bueno, hijita, modelo, lo que se dice modelo, no diría yo —dijo con sonrisa pilluela—.

Pero sí, aparezco en el cuadro de la Asociación de Cocina Tradicional.

Fíjate y verás a más conocidas. Mira ahí, está también la Paca.

—Señaló con su dedo a una señora de perfil, que bien podría ser la Paca o cualquier mujer de luto del pueblo.

»Este cuadro lo pintó mi amiga Pepa, mañana la conocerás —continuó mi tía—.

Hace unos tres años, por eso de entretenerme, me apunté a la asociación, y no veas cómo lo pasamos.

Allí conocí a Gisela, y hemos hecho un grupo majo.

A la Pepa, Dolores y Angustias, ya las conocía, pero no teníamos la relación que tenemos ahora.

—Pues es un cuadro muy bonito. —Y lo decía en serio.

El cuadro mostraba una escena de cocina en chimenea de leña, con mujeres agachadas alrededor del fuego, añadiendo ingredientes al puchero hirviente.

El autor había sabido captar el calor de la lumbre, que irradiaba su tenue luz sobre los rostros de las mujeres de forma bastante satisfactoria. Era una pintura muy conseguida.

—Sí, la Pepa es una gran artista. La pintura le ha venido bien, porque ha tenido una vida muy dura la pobre.

—No sé si es que vio algún interés en mi rostro, que ya adelanto yo que no había ninguno, o que simplemente quería alargar la charla, el caso es que continuó—: Se quedó sola con sus cinco hijos cuando murió su marido de una pulmonía siendo ella bien joven.

—A saber de qué habría muerto realmente el marido de Pepa.

Antiguamente se le decía pulmonía desde a una tuberculosis hasta a una neumonía; unas fiebres a cualquier infección que terminara en sepsis, y una indigestión podía ser un ataque cardíaco o una salmonelosis—.

Tuvo que criar ella sola a sus cinco hijos —continuó—, menos mal que los mayores ya tenían edad para ponerse a trabajar; el mediano, Alberto, se metió a militar para ser una boca menos, a Canarias creo que lo mandaron.

Se quedó pensativa unos momentos, y terminó diciendo:

—Le pasaron otras desgracias que no toca ahora comentar —concluyó enigmática y triste—. Solo diré que la pintura y la Iglesia han sido su tabla de salvación.

Tras esa frase, dio por finalizada la velada, como si el humor festivo que la había acompañado hasta ese momento hubiese sido arrastrado por funestos pensamientos no expresados.

Dijo que era muy tarde y que mejor se iba a la cama a dormir ya.

Yo la imité, qué remedio, aunque tenía los ojos como platos, y la conversación pendiente con John se aseguraría de que mi cerebro me mantuviera en vela toda la noche.