Desasosiego
Parpadeo rápido
Pasar la mano por el pelo
Cruzar y descruzar las piernas
—Hay que ver, Pepa, que siempre tengas que meterte con mi pobre yerno.
—¿Yo? Pero ¿qué he dicho? —respondió la susodicha mostrando la cara más inocente de su repertorio—. Lo único que digo es que le faltan unos cuantos kilos para llenar la camisa, nada más, y salta a la vista —recalcó mientras introducía en su boca uno de los rollos de naranja.
—¡Pero qué ricos están! —dijo Dolores. Las otras asintieron con la boca llena.
—Entonces, ¿qué decías, Asun? ¿Viene la Inglesita a quedarse contigo? —preguntó Pepa con una sonrisa malintencionada.
Con “inglesita” Pepa se refería a su sobrina Cris.
La llamaban Inglesita porque Petra, la hermana de Asunción se casó con un inglés.
Y aunque Asunción también llamaba Inglesita a Cris, le molestó el tono con el que Pepa se refirió a su sobrina.
Parecía mentira que, con lo que Pepa había pasado, le tuviera esa inquina a su difunta hermana Petra.
—Sí, y hemos tenido mucha suerte —respondió Asunción con una voz cortante impropia en ella—. Ten en cuenta que es una mujer muy ocupada mi Cris. Lleva diez años viajando por el mundo con sus estudios. Además, ahora creo que está dentro de la policía o algo así.
—¿Qué estudios? —inquirió de nuevo Pepa abriendo mucho sus ojos—. ¿Es policía? ¡Qué me dices!
Asunción abrió la boca para responder, pero se interrumpió de golpe al advertir que, de pronto, el rostro de Angustias se deformaba en una mueca grotesca y empezaba a asentir mecánicamente y a balancear su cuerpo sin ningún control.
—¡Policía, policía! ¡Nos meterán en la cárcel! —gritó con la voz inundada por el pánico.
—Que no, cariño —la tranquilizó su hermana—. Nadie se va a enterar de nuestro secreto, amor. —Con mimo le fue acariciando el cabello suavemente hasta conseguir calmarla.
Tras unos minutos con la sala en silencio por la incomprensión y la tristeza, por fin la expresión del rostro de Angustias se relajó, aunque su mirada permaneció distante; su mente no se encontraba en esa habitación.
—¿Otra vez está con eso de los cuartos que escondió hace cuarenta años? —preguntó Asunción.
—Sí, hija, en cuanto oye hablar de la policía me viene siempre con el mismo cuento. Pobrecita mía. No sé qué será de nosotras si a mí me ocurre lo mismo que a ella. —Suspiró profundamente mientras sus ojos se volvían brillantes de pronto.
Una atmósfera lúgubre comprimió el aire de la sala. Asunción, viendo el cariz que estaba tomando la cosa, le dijo a Pepa:
—Niña, acércate al taquillón y saca la botella de mistela y unos vasillos, anda, que los rollos de naranja no pasan bien con la infusión.
Pepa no tuvo más remedio que reírse, se levantó y repartió los vasos con la mistela.
—Oye, ¿qué le pasa al Carlos, que cada vez está más avinagrao ? —dijo cambiando de tercio—. Esta mañana me pasé por la granja a por una docena de huevos y casi me los pone de sombrero.
—A saber qué le habrás dicho —contestó Dolores con sorna .
—¿Yo? —respondió Pepa con una expresión que iba entre la sorpresa y la indignación—. Pues que me pusiera una docena de huevos, ¿qué le voy a decir?
Por la mirada que le ofreció Dolores, era evidente que no creía que eso hubiera sido lo único que le había dicho al pobre Carlos.
—Tendrá mal de amores —respondió Asunción riendo.
—Tú sabes algo —aseguró Dolores.
—Yo qué voy a saber, lo que se dice en el pueblo.
—¿No lo dirás por la Rosa? —preguntó Pepa—. La pobre lleva loquita por sus huesos desde que tenía quince años, pero él sigue sin hacerle ni caso.
—Las cosas cambian —comentó Asunción con una enigmática sonrisa.
—No creo —sentenció Dolores—. Además, él siempre ha sido muy raro. Tan serio, tan callao . La verdad, la Rosa se merece algo mejor.
Asunción estuvo de acuerdo en ese punto y asintió.
—Con lo gracioso que era de niño, ¿os acordáis? —dijo Dolores—. Tan graciosos los dos vestidos de monaguillos, Juanito y Carlitos. Pobre Juanito. —Se santiguó.
—Que Dios lo tenga en su Gloria —continuó su hermana en una letanía automática no discurrida.
—Pues yo creo que algo hay entre esos dos —dijo Asunción retomando el tema inicial—. El Carlos busca algo que tiene delante, y se ha empezado a dar cuenta.
—Qué romanticona has sío siempre —respondió Pepa burlona.
—No siempre el amor todo lo puede —continuó Dolores en la misma línea.
—Bueno, ya se verá —concluyó Asunción que dejó que su mirada atara sus pensamientos.