La verdad del cuervo (Cristina Peterson 1) Molestia
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Molestia

Expresión lenta

Ojos entrecerrados

Labios apretados

Pedro se asomó a la salita en la que se encontraba su suegra rodeada de todas las viejas cluecas.

Hizo un amago de entrar a saludar, pero se lo pensó y decidió que mejor después, cuando tuviera que marcharse y no le quedara más remedio.

«O puede que esta vez ni me digne a saludar», se dijo con determinación en un arrebato de coraje.

Tras confirmar en el espejo de la entrada que estaba adecuadamente vestido para ir a recoger a la prima Cris a la estación, se dirigió al despacho para leer un rato.

Estaba harto de que cada sábado vinieran a su casa y se creyeran con derecho de hacer bromas siempre a su costa. Todos y cada uno de los sábados. Pepa era la peor de todas.

Desde allí podía oír la conversación de las señoras, así que cerró la puerta para no escuchar sus risas estridentes y se sentó a leer. En lo que le parecieron treinta segundos, la cabeza de su mujer se asomó por la puerta.

—Cariño, es tarde. ¿Cómo vas?

A modo de respuesta, se levantó del sillón de un pequeño brinco y marchó en dirección a la calle. Fue despacio, casi de puntillas. Tal vez, si no hacía ruido, las viejas brujas no se percataran de su salida.

Uno de sus pasos hizo que el parqué crujiera.

—Mierda —susurró en voz tan baja que no estaba seguro de si el improperio había sido objeto de su imaginación.

Permaneció inmóvil unos segundos con los latidos de su corazón pulsando a toda velocidad, pero nada ocurrió; siguieron escuchándose las risas de fondo.

Al parecer se había librado. Continuó con paso lento hasta su meta, situada a un metro escaso, pero cuando estaba a punto de alcanzar la puerta de la calle, su mujer apareció con la bandeja de la merienda y la petición silenciosa de que le abriera la puerta de la salita, dando al traste con su discreta partida.

Allí estaban las cinco, rodeando la mesa camilla con el brasero encendido; listas para todo, desde hacer punto, a sacarle punta a la mitad del pueblo.

Marisa depositó sobre la mesa la ansiada merienda, con infusiones y rollos de naranja, que no comenzaría hasta que él se hubiera marchado y que Pepa hubiera hecho la bromita de rigor.

Presidía el círculo Asunción, su suegra. Se la veía un tanto incómoda ya que, aunque intentaba no quejarse, el brazo operado aún le molestaba un poco. Era una buena mujer, pese a estar rodeada de esas arpías.

A su derecha se encontraban Dolores y Angustias, las gemelas del pueblo, hoy octogenarias. De jóvenes se decía que había sido imposible distinguirlas, pero ahora se las diferenciaba fácilmente; Angustias padecía una especie de demencia senil y su deterioro físico había sido vertiginoso.

Al lado de Angustias, se situaba Pepa, la más peligrosa de todas. Tenía una lengua tan afilada que Pedro no sabía cómo podía hablar sin cortarse el paladar en el proceso.

Por último, se hallaba Gisela, la única que se salvaba. Tal vez porque era alemana y no hablaba ni papa de castellano.

Pedro se despidió con prisas debido a la urgencia por recoger a la prima Cris, y estaba ya pensando que esta vez se había salvado de las pullas de Pepa cuando, a punto de cerrar la puerta y dar por terminada su pesadilla semanal, oyó a sus espaldas la temida voz avinagrada:

—Pero, Pedro, no te vayas sin probar las pastas, que por lo que veo te hacen cada día más falta.