La verdad del cuervo (Cristina Peterson 1) Impaciencia
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Impaciencia

Cejas levantadas

Ceño fruncido

Movimiento corporal inquieto

Apagué el último cigarro que me fumaría antes de subir al tren, en dirección al pueblo de mi tía Asun.

Una punzada sorda en mi estómago me comunicó sin ningún tipo de indulgencia que había comido demasiado, como siempre.

Seguramente el cigarro empeoraría la situación, pero me esperaba una hora y media de viaje en la que estaba prohibido fumar y no me podía fiar de las paradas durante el trayecto; ahora eran tan breves que, si te despistabas, te quedabas en tierra.

Una vez en mi asiento pude relajarme un poco.

Llegar con bastante antelación era un asunto vital para mí, los viajes me estresaban.

Toda la planificación horaria que repasaba en mi mente una y otra vez, y hasta el último minuto, se podía ir al traste con cualquier imprevisto —y yo me los imaginaba todos—.

Además, odiaba conducir, por lo que no tenía más remedio que ir en tren.

Tras una nueva inspección a la ubicación de mi maleta, tomé la botella de agua de la mochila y bebí hasta saciarme.

Le envié un mensaje de texto a mi prima, indicándole que me encontraba en el tren y la hora prevista de mi llegada.

Marisa había insistido mucho en esta forma de proceder porque querían ir a recogerme a la estación y que yo no tuviera que esperarlos; todavía hacía bastante frío.

Cómo y por qué me encontraba en ese tren ese día seguía siendo un misterio para mí. Lo cierto es que cuando mi prima me llamó tres semanas atrás para preguntarme si podría cuidar de su madre —ellos tenían un viaje que no aceptaba cancelación—, algo se revolvió dentro de mí y acepté sin pensar.

Tampoco es que tuviera algo mejor que hacer, para qué engañarme: leer, preparar simposios, poco más. Esto mismo lo podía hacer en mi piso en Madrid o en China, llegado el caso.

Además, sabía que el cambio de aires me vendría bien, así no tendría que rumiar la propuesta de John.

Solo con pensar en ella se me revolvía de nuevo el estómago.

Tendría que tomar una decisión más pronto que tarde, pero la oferta me había pillado de improviso y no era capaz de dar una respuesta coherente, ni tan siquiera a mí misma, mucho menos decidir lo que le iba a responder.

Por un lado, me gustaría mandarle a la mierda, pero por otro…

Suspiré y dejé que mi mirada vagara sin rumbo por el andén, donde la gente se apresuraba a buscar su vagón.

Personas de toda clase y condición corrían como conejillos desubicados, y con el transcurrir de los minutos, más rápido se movían.

Mientras, yo sonreía satisfecha en mi asiento.

De pronto, un grito me hizo levantar la cabeza:

—Cris, ¿eres tú? ¡Hija de mi vida, cuánto tiempo sin verte!

¡Madre mía, estás igual!, ¡hasta con tus rizos pelirrojos!

—dijo una señora, plantándome dos sonoros besos en las mejillas.

Debió notar mi cara de estupefacción, porque continuó—: Soy la Paca, ¿no te acuerdas de mí, chiquilla? La vecina de la Asun, del pueblo.

Tras estas palabras, y la retahíla que vino después, recordé muy bien a la Paca, me había parecido siempre una metomentodo de tomo y lomo.

Calculé que ahora tendría unos setenta años, más o menos la edad de mi tía Asun.

La encontré bastante desmejorada desde la última vez que la había visto, unos siete años atrás.

El tiempo no pasaba en balde para nadie, tampoco para mí.

Recordé las patas de gallo que enmarcaban mis ojos, pero que solo había llegado a entrever en el espejo: la única ventaja de la presbicia.

La señora iba cargada de bultos, así que me ofrecí a ayudarla.

—¿Qué haces aquí, hermosa? ¿Vas para el pueblo de tu madre?

—Voy al suyo, a San Juan, a quedarme unos días con mi tía.

—¡Ay, qué buena sobrina! Ya me he enterado de que ha estao pachucha.

Yo es que no estaba, ¿sabes? Me he pasado todo el mes en casa de mi hija, anca la Luisa, ¿te acuerdas de mi Luisa?

—preguntó, pero continuó sin esperar respuesta—: Me vengo todos los eneros porque aquí tienen calefacción y en mi casa todavía está la chimenea de carbón y, claro, el gasto es tremendo.

Además, a mi edad me cuesta mucho llenar la chimenea y así mi hija se queda más tranquila.

—Su yerno, sin embargo, no creía yo que lo estuviera tanto—.

Pero la Juana, que me llama todas las semanas, ya me contó que la Asun se había caído y que se había hecho una buena avería la pobre.

—Sí, tuvieron que operarla —respondí concisa.

—Vas a verla y de paso ves a tu prima y al Pedro, claro, muy bien. —Y continuó tan discreta como la recordaba—: Hay que ver ese muchacho, con lo guapo que era y ahora tan calvo y tan seco.

La afición número uno en San Juan era el chismorreo y la Paca, su reina. Así que intenté dar por finalizada la conversación y se me ocurrieron varias opciones:

Tomé un libro de la mochila y comencé a leer, pero no dio resultado, la Paca siguió hablando como si nada.

Cogí el móvil y simulé tener un mensaje importante del que ocuparme, pero tampoco se dio por aludida, ella continuó a lo suyo. Al parecer, mucho más interesante que mi supuesto mensaje era que estuviera informada de las últimas defunciones que habían acontecido en el pueblo.

Por último, en un alarde de originalidad, me hice la dormida, apoyé la cabeza en la ventanilla y cerré los ojos.

En esta situación debería haberse dado por vencida, nadie sigue hablando si hay alguien durmiendo.

Craso error. Ella entendió que no eran horas de siesta y comentó que, si no, por la noche no iba a pegar ojo.

Así que continuó dale que dale, sin mostrar el más mínimo escrúpulo.

Desesperada y cansada de su charla fastidiosa, le comuniqué que me marchaba al vagón restaurante a por un café.

¡Ja! Por lo visto ese tren, al ser regional, no disponía de vagón restaurante, con lo que, además, cuando pasó el asistente con el carro de bebidas y por insistencia de la Paca en invitarme, tuve que tomarme un insípido café aguado que le sentó como una patada a mi pobre estómago dolorido.