La verdad del cuervo (Cristina Peterson 1) En conflicto
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La verdad del cuervo (Cristina Peterson 1)

La verdad del cuervo (Cristina Peterson 1)

Por Queta Bermejo

© inepub.com

En conflicto

Apertura y cierre de la boca

Aumento de la deglución o parpadeo

Sonrisa vacilante

Como todos los sábados por la mañana, en casa de Asunción se preparaban los dulces para el café de la tarde; ese sábado serían rollos de naranja.

Pero pese a que, para ser una mañana de finales de febrero, no era tan heladora como lo habían sido sus vecinas, no estaba resultando de las más apacibles.

—Madre, ¡no te vas a quedar quince días sola en la casa y no hay más que hablar! —dijo una exasperada Marisa mientras removía con más ímpetu del necesario la mezcla de azúcar y canela.

—Oh, ¡y tanto que hay que hablar! —respondió su madre—. ¡Y haz el favor de ponerle más canela a ese azúcar, que luego los rollos están sosos!

Marisa, enfurruñada, añadió otra cucharada rasa de canela a la mezcla. No podía creer que su madre, tan sumisa habitualmente, fuera tan terca en este caso.

—Pero, madre, acabas de salir del hospital y mis hermanos no pueden quedarse en el pueblo. Te han ofrecido con gusto sus casas y no quieres ir, y tampoco quieres que venga alguien del pueblo a cuidarte. No estás siendo razonable .

—Razonable, razonable, una ya no tiene por qué ser razonable a mi edad.

Que me han ofrecido con gusto, dice —repitió imitando la voz de su hija—.

¿Mis hijos? Anda que dicen de venir aquí a cuidar a su madre.

¿Y qué es lo otro? ¿Que venga una cotilla del pueblo a vigilar a la vieja?

¡Ni hablar! Yo no tengo la culpa de ser una carga para vosotros, y lo que no voy a hacer es irme de mi casa porque todos estéis muy ocupados.

Marisa hizo oídos sordos a los reproches de su madre y siguió dándole forma a los rollos que pronto irían a parar a la sartén. Inspiró profundamente y lo intentó de nuevo, esta vez más paciente.

—Madre, no podemos cancelar el viaje y lo sabes, y tú con tu brazo recién operado no puedes valerte. Hay que buscar una solución.

Esta vez Asunción no se dignó a responder, simplemente resopló negando con la cabeza.

Marisa miró a su madre. Con los años había perdido cuerpo, cada vez se la veía más pequeñita y, aunque ella pensara que tenía la misma energía de siempre, Marisa había observado que le costaba más moverse, andaba más despacio y desde la operación estos signos se habían acrecentado.

Como los rollos ya estaban listos y el aceite caliente, echó unos pocos a la sartén. Mientras miraba absorta cómo cambiaban del color blanquecino inicial al dorado que daría por finalizada su cocción, se le ocurrió una idea.

—Madre, ya sé, podemos decirle a la prima Cris que se venga. —Miró a su madre interrogante, sabiendo que no podría negarse, y rezó porque su prima tuviera la disponibilidad y las ganas.

—¿La Cris? ¿La Inglesita? —preguntó Asunción con una amplia sonrisa—.

Si ella pudiera… La verdad es que hace mucho que no la veo.

¡Qué guapa ha sío siempre!, tan hermosa y buena moza —dijo, y a continuación le lanzó una mirada de desaprobación a su hija Marisa que, comparada con su sobrina Cris, parecía enferma y enclenque—.

Pero ¿podrá? Creo que estaba metida en la policía, o algo así…

—Algo así, madre —asintió Marisa—. Mañana por la mañana la llamo y salimos de dudas.