La ventana de las once 35. La testigo viva
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35. La testigo viva

Irene llamó a Alicia desde un teléfono prestado el domingo por la tarde. No pidió dinero ni un coche. Preguntó si era verdad que la policía había encontrado restos en el hotel y si Celia estaba con su madre.

Alicia le dijo que no iba a seguir respondiendo preguntas mientras ella permanecía escondida. Había recibido el mensaje de Mara y podía ponerla en contacto con una abogada si lo necesitaba. Irene aceptó después de un silencio tan largo que su compañera creyó que había colgado.

La comparecencia se organizó para el lunes por la mañana en un lugar seguro y con la asistencia correspondiente.

No hubo un encuentro secreto en la casa de enfrente ni una persecución hasta una habitación vacía.

Irene llegó por sus propios medios acompañada, con una bolsa de ropa y el brazo vendado.

Mara la reconoció por las imágenes, pero su aspecto había cambiado.

Estaba más delgada, tenía el cabello recogido de cualquier manera y miraba las puertas antes de sentarse.

No parecía una mujer que hubiera controlado cada consecuencia de su plan.

Tampoco una persona incapaz de responder por lo que había hecho.

Se comprobaron su identidad y su estado, se organizaron las atenciones necesarias y se aclaró el marco de la declaración. La agresión que denunciaba y las actuaciones relacionadas con su ocultamiento debían distinguirse sin prometerle impunidad por presentarse.

Irene bebió agua antes de empezar.

—Pensé que podía conseguir que él se contradijera delante de alguien —dijo.

Mara le pidió que comenzara antes, por la cinta de Elena y la decisión de instalarse en Las Jaras.

Había llegado a Nicolás siguiendo los nombres de la obra y los materiales que su hermana mencionó en sus apuntes.

Él negó al principio conservar nada. Después le entregó una cinta y le pidió que no dijera de dónde la había sacado.

Irene la llevó a digitalizar y recibió una copia que mostraba la discusión con Andrés y el fragmento confuso de la escalera.

No podía saber solo con eso qué había ocurrido al final. Decidió acercarse a Lucía porque creía que había visto más de lo que había contado.

—¿Por qué no aportó la cinta directamente? —preguntó Mara.

Irene bajó la vista.

—Porque pensé que volverían a decirme que no bastaba. Y porque quería que ella me mirara sin saber quién era.

La segunda razón no tenía forma de procedimiento ni de excusa noble. Mara la dejó expresarse.

Irene usó Salas, un apellido de su familia materna que no era el que utilizaba legalmente. No falsificó la documentación del trabajo para conseguir una casa. Se aprovechó del favor de Alicia y Sergio y omitió por qué quería estar allí.

Conoció a Celia y reconoció su necesidad de ser escuchada. Le enseñó iluminación. También habló de Lucía y del control de Andrés de una manera que terminó implicando a la adolescente en una estrategia que no le correspondía asumir.

—Le dije que una foto podía ayudar a su madre.

—¿Le explicó todos los riesgos?

Irene negó.

—No. Yo tampoco quería verlos.

La ausencia prevista era breve. La señal y la fotografía debían obligar a Andrés a admitir que Irene estaba allí, después de varios comentarios en los que la había tratado como una invención o una confusión de Lucía.

Irene pensaba volver al día siguiente y mostrar la cinta a la protagonista de las imágenes.

—Era un plan cruel para ella —dijo Mara.

No lo formuló como una pregunta. Irene sostuvo la mirada un instante y luego asintió.

La agresión ocurrió antes de las once, no después de que Lucía cruzara la calle.

Andrés fue al catorce mientras su mujer trabajaba.

Irene no pudo dar una hora exacta sin consultar los registros, pero situó la visita bastante antes de la señal.

Él ya sabía quién era: Nicolás había hablado con él después de entregarle la cinta, temiendo las consecuencias o buscando dinero.

Esa parte tendría que contrastarse; Irene la conocía por lo que Andrés dijo durante la visita.

—Me pidió el original y todas las copias.

Irene se negó. Andrés le sujetó el brazo y se produjo un forcejeo junto a la cocina.

Se cortó con un borde roto y cayó contra un mueble.

Él cogió el teléfono grande, lo dañó al golpearlo y lo lanzó hacia el garaje cuando ella intentó recuperarlo.

La amenazó con implicar a Lucía en la muerte de Elena y con contar que Irene había utilizado a Celia.

—Dijo que si volvía a meter a su hija, no habría otra conversación.

Mara pidió las palabras que recordaba y los límites de ese recuerdo. Después volvió a la cronología.

Andrés se marchó. Irene intentó limpiarse y frenar la sangre. También limpió parte del suelo, por miedo y por una necesidad absurda de que la escena siguiera pareciéndose a la que había planeado. No quería que Celia viera una agresión donde esperaba una señal convenida.

—Tenía que haber pedido ayuda —dijo.

—¿Por qué mantuvo lo de las once?

Irene miró la venda.

—Porque había preparado esa salida durante días y, cuando me asusté, hice lo que ya tenía pensado. Quería que alguien supiera que seguía allí. Que, si pasaba algo, hubiera una foto.

No era una decisión sensata presentada como una maniobra brillante. Era una mujer herida aferrándose a un plan que ya no servía.

Escribió MIRA, apagó la luz y subió a recoger una bolsa. La sombra del rellano era ella. Oyó a Lucía llamar, pero no abrió. Temía que Andrés volviera detrás de su mujer. Salió por el patio, golpeó una silla al pasar y se detuvo junto a los aseos de la piscina.

Perdió el teléfono pequeño al levantarse cuando vio acercarse a otra persona. Creyó que había caído entre las plantas y no se atrevió a buscarlo con la luz. No sabía que la cámara del paso no estaba grabando.

Desde la salida peatonal llegó a la parada donde tomó el transporte hacia el centro sanitario. Su relato se contrastaría con el servicio, los registros y las imágenes disponibles. No bastaba que encajara con información que podía haber conocido después.

Tras recibir atención, regresó a Las Jaras y se ocultó en el dieciocho utilizando una copia que había cogido del tablero de mantenimiento días antes.

No tenía autorización de sus propietarios.

Celia no se la había dado ni sabía dónde estaba.

Irene admitió la entrada y el uso de la vivienda; el alcance jurídico se trataría con las garantías correspondientes.

El miércoles volvió a revisión de la herida.

Desde allí llamó al fijo de Lucía, pero se asustó al oír que alguien la llamaba para continuar la atención y cortó sin explicar dónde estaba.

No hubo un agresor arrancándole el teléfono en aquel momento.

La interpretación de Lucía había nacido de unos sonidos incompletos.

Después supo por las noticias de la muerte de Nicolás.

Abandonó el dieciocho, buscó alojamiento fuera de Las Jaras y siguió evitando el contacto hasta hablar con Alicia.

Tendrían que comprobar esos movimientos, incluidos los registros de estancia que facilitó.

No se borraban por el hecho de que ahora estuviera sentada allí.

Mara dejó la libreta un momento.

—¿Dónde está lo que no nos ha contado todavía de Elena?

Irene levantó la cabeza.

La inspectora no afirmaba que existiera una prueba secreta. Había escuchado a una mujer que había preparado una señal, utilizado a una menor y escondido su propia presencia. Necesitaba saber si seguía reservándose información para otro intento de dirigir lo que harían los demás.

Irene tardó en responder.

—Nicolás dijo que, cuando la movieron, la chica de la chaqueta verde ya estaba en su casa. Yo pensé que hablaba de la misma noche. No me dijo cuándo la movieron.

La distinción abría un intervalo distinto: después de la inspección inicial, antes del cierre de diciembre. Habría que contrastarla con el resto, especialmente con los documentos de obra y lo que Nicolás había dejado por escrito.

Irene no tenía otra cinta entera ni una fotografía de un cuerpo escondido. Tenía frases, una copia incompleta y dieciocho años de rabia. Había intentado convertir todo eso en una certeza que obligara a alguien a actuar.

Mara le explicó los siguientes pasos. Su seguridad se valoraría de forma concreta. Su declaración no cerraba la investigación ni la eximía de las consecuencias de sus propias decisiones.

Antes de terminar, Irene preguntó por Lucía.

—¿Me va a dejar verla?

—Eso lo decidirá ella. No hoy por obligación.

Irene asintió.

Por primera vez desde que entró, dejó de mirar la puerta.