29. El apartamento vacío
El número dieciocho no tenía una bicicleta en la entrada ni macetas junto a la puerta.
Sus propietarios solo iban en agosto y habían pedido a Beatriz que entrara una vez al mes para abrir las ventanas.
La vivienda figuraba en la relación de llaves depositadas temporalmente en mantenimiento, con una autorización antigua que nadie había actualizado.
La revisión de los accesos se extendió a esa casa después de que el propietario confirmara una anomalía: el consumo registrado había aumentado durante varios días en los que, según él, no debía haber nadie.
No era una prueba de ocupación. Podía haber un aparato averiado o una visita de mantenimiento no comunicada.
Junto a la desaparición de Irene y a los problemas con las copias de llaves, justificaba comprobarlo.
El acceso se realizó con las autorizaciones y garantías correspondientes. Mara llegó cuando el agente que había entrado por primera vez confirmaba que no había nadie en las habitaciones visibles. Después se preservaron las zonas donde aparecían indicios de uso.
La casa no tenía el aspecto provisional del catorce.
Estaba amueblada, con fotografías de una familia junto al televisor y revistas del verano sobre la mesa.
La extrañeza consistía en las alteraciones pequeñas: una manta fuera del armario, un vaso en el fregadero, la persiana del dormitorio bajada por completo cuando el propietario decía dejarla a media altura.
En la papelera del baño había envoltorios de material de cura. La cama pequeña de una habitación interior estaba deshecha. Bajo ella encontraron una bolsa de supermercado con comida y una botella de agua vacía.
Mara no dijo el nombre de Irene al cruzar el umbral.
En el dormitorio había una libreta de tapas verdes.
La recogida se documentó junto con el resto de los objetos.
En la primera página visible figuraban medidas de focos y nombres de montajes teatrales.
El propietario negó que perteneciera a su familia.
Alicia, consultada sobre una imagen del objeto por el cauce adecuado, reconoció el tipo de libreta que Irene utilizaba, sin que eso bastara por sí solo para atribuirle cada anotación.
Los rastros y los objetos podrían compararse después con las referencias disponibles.
La mujer buscada podía haber estado a pocos metros de su casa mientras los investigadores miraban ventanas y entrevistaban vecinos.
Mara sintió la tentación de recorrer mentalmente cada hora perdida.
La dejó para la revisión de las actuaciones.
En ese momento necesitaba saber cuándo se había utilizado la vivienda y cuándo había dejado de utilizarse.
El frigorífico contenía alimentos comprados recientemente. Algunos envases conservaban etiquetas útiles para orientar comprobaciones. No llevaban pegada una fecha de llegada de Irene; las compras y su posible relación tendrían que establecerse.
En una bolsa separada apareció ropa con manchas y una manga cortada. Se preservó para su análisis. La distribución de los restos de cura y los objetos indicaba una estancia limitada, no una mudanza.
Rubén revisó con el equipo la salida del patio. Desde allí se accedía al mismo paso común que conectaba el catorce con la piscina. La cámara no cubría todas las puertas. Incluso con grabación continua, una persona podía moverse entre algunos puntos sin quedar identificada.
—No estaba viendo todo el mundo lo mismo —dijo.
Mara miró hacia la ventana interior del dormitorio. Daba a un patio estrecho, sin vistas a la calle principal. Desde aquella cama no podía saberse si la policía seguía delante del catorce sin salir a comprobarlo.
Sobre la mesa del salón había un folio doblado, sin sobre. No contenía una confesión ni una dirección de destino. Eran unas líneas tachadas y vueltas a escribir.
«Lucía: no vine para hacerte esto».
Más abajo figuraba el nombre de Celia, tachado hasta casi romper el papel.
Mara pidió que se documentara la hoja sin desplegar una interpretación antes del examen.
La frase podía mostrar arrepentimiento, justificar un plan o buscar otro efecto.
Lo que cambiaba de manera inmediata era la necesidad de volver a hablar con la adolescente sobre lo que había dejado sin explicar.
También había una anotación de una cita de revisión de la herida.
Coincidía con el miércoles, el día de la llamada al fijo de Lucía.
Las comprobaciones en el centro sanitario permitieron avanzar sobre un dato que no era una localización presente: Irene había vuelto para seguimiento y había solicitado usar un teléfono.
Se recabó la información pertinente sobre aquella comunicación, manteniendo separados los recuerdos del personal y los registros disponibles.
El origen de la llamada dejaba de ser una voz flotando sin lugar. La mujer había estado en un sitio donde podían haberla encontrado. Ya no estaba allí.
Mara no culpó al personal de haber dejado marchar a una paciente que acudía por sus medios y no manifestaba la situación que la policía investigaba.
Revisaría si la información de búsqueda había llegado por los cauces y en los plazos adecuados.
El dato servía para seguir un recorrido, no para elegir a quién reprochar la ausencia.
El hallazgo se comunicó a Lucía con prudencia. Habían encontrado indicios de una estancia que podía corresponder a Irene. No le leyeron la nota ni le mostraron de inmediato el nombre tachado de Celia.
—¿En Las Jaras? —preguntó ella.
—Sí.
Lucía miró a su hija, sentada junto a Teresa en la mesa del salón. Estaba resolviendo un ejercicio y borrando tanto que el papel se había adelgazado.
—¿Ella sabía dónde estaba?
—Eso tenemos que preguntárselo a ella.
La inspectora concertó una nueva entrevista y le pidió que no tratara de anticiparla en casa. Lucía aceptó con una dificultad que no ocultó.
—Es mi hija.
—Lo sé. Y puede necesitar contar algo sin calcular cómo la va a mirar usted mientras lo hace.
Al colgar, Lucía se quedó en el pasillo. Quería entrar y preguntar por el dieciocho, por los teléfonos, por cada vez que Celia había dicho «no lo sé». En lugar de eso fue a la cocina y abrió el grifo para llenar un vaso.
Teresa la siguió.
—¿La han encontrado?
—Han encontrado un sitio donde pudo estar.
Su madre apoyó la mano en la mesa.
—¿Y la niña?
Lucía negó despacio.
—No quiero que todo lo que le diga ahora empiece con una sospecha.
No era una forma de renunciar a saber. Era el esfuerzo de dejar espacio para una respuesta que no estuviera hecha solo para tranquilizarla.
En el dieciocho, el equipo terminó la primera revisión sin encontrar a nadie escondido ni un nuevo cuerpo. La puerta quedó asegurada y la actuación, documentada. Aún habría comparaciones y comprobaciones de movimientos.
Mara miró una última vez la habitación de la manta.
Irene había encontrado un lugar donde cerrar una puerta, curarse y escribir unas frases que no llegó a enviar. No había encontrado una forma de salir de la historia que había puesto en marcha.
La inspectora no sabía todavía cuánto peligro era real y cuánto se había multiplicado dentro de aquella habitación.
Ambas cosas podían haberla mantenido lejos de quienes intentaban localizarla.