CAPÍTULO 14
A la mañana siguiente, alentada tanto por la bondad de Ellen como por las amenazas de Mick, Josephina recorría a toda prisa las calles de Londres envueltas en niebla.
Hundió las manos en los bolsillos para protegerse del frío cortante, y sus dedos rozaron el pequeño regalo que esperaba darle a Kitty.
Lo sacó para examinarlo de nuevo: una simple pinza de madera que había robado del tendedero de alguien, ahora convertida en una muñeca con un vestidito que había confeccionado cortando el dobladillo de su propia falda, cada puntada cosida con amor.
Esperaba que pudiera despertar en Kitty el recuerdo de la muñeca que el señor Hawkins le había hecho.
Sus pensamientos oscilaban entre la emoción de volver a ver a su hermana y la ansiedad por cómo podría reaccionar la nueva familia de Kitty.
¿La recordaría Kitty? ¿Querría siquiera verla?
¿La miraría con el mismo asco que había visto en tantos otros rostros acomodados?
Josephina apartó las dudas y se recordó que Kitty era su familia, por mucho que sus vidas hubieran divergido.
Cuando llegó a la avenida arbolada, sus pasos vacilaron.
Las grandes casas que bordeaban la calle estaban claramente destinadas a familias adineradas; sus ventanas relucientes y sus herrajes de latón pulido proclamaban su superioridad ante cualquier extraño que pasara.
La impresionó lo diferente que debía de ser ahora la vida de Kitty.
Hacia la mitad de la avenida, divisó el número treinta y cinco.
La puerta negra brillaba bajo la luz del sol matutino, señalando la casa más elegante de la calle.
Bajó la mirada hacia su aspecto desaliñado —el dobladillo salpicado de barro, los puños deshilachados, los puntos donde había intentado zurcir agujeros con puntadas irregulares— y se sintió de pronto cohibida.
Se alisó el pelo lo mejor que pudo con los dedos, sabiendo que poco podía hacer para parecer presentable en un lugar así.
Respiró hondo y subió los escalones. Llamó con la aldaba de latón, cuyo fuerte ruido pareció hacerse eco de los latidos de su corazón.
Un mayordomo uniformado abrió la puerta con la sorpresa apenas disimulada mientras la miraba de arriba abajo, con una expresión que sugería que era algo desagradable que hubiera encontrado en su zapato.
—No compramos lo que sea que esté vendiendo —dijo con desdén, mientras comenzaba a cerrar la puerta.
Josephina se sonrojó y notó el calor subiéndole por el cuello.
—No estoy vendiendo nada, señor. He venido a ver a Kitty.
El nombre le sonó extraño en la lengua, pues sabía que ahora la llamaban de otra manera.
El mayordomo enarcó una ceja, pero desapareció en el interior de la casa, dejándola en el umbral mientras los nervios le crecían con cada segundo que pasaba.
Momentos después, una mujer alta y delgada con expresión tensa y desagradable abrió la puerta de golpe. Asomó la cabeza y recorrió la calle con la mirada antes de sisear:
—¿Qué haces aquí?
—He venido a ver a Kitty —dijo Josephina con sinceridad, aferrando la muñeca de pinza en el bolsillo—. Soy su...
—Sé quién eres —la interrumpió la señora Talbot con frialdad—. Pero no tengo ni idea de qué podrías querer.
Josephina se quedó desconcertada por el veneno en su tono, aunque supuso que no debería haberse sorprendido.
—Por favor, señora Talbot, sé que Kitty le pertenece ahora, pero solo quiero ver a mi hermanita. Ha pasado tanto tiempo, y le he traído un regalo.
Su propia voz le sonó débil e infantil.
La señora Talbot miró al otro lado de la calle. Una rápida ojeada a una ventana vecina reveló cortinas que se movían: los vecinos ya estaban cotilleando.
—Entra rápido —espetó, y tiró de Josephina hacia el interior.
Josephina entró en el vestíbulo de suelo de mármol y sintió que la esperanza se encendía en su pecho. La casa olía a cera de abeja y a dinero.
—Entonces... ¿puedo verla? —preguntó ilusionada.
El rostro de la señora Talbot se retorció de disgusto.
—Te dejé entrar porque no quería que estuvieras plantada en el umbral, llamando la atención —dijo con frialdad, cada palabra como una bofetada—.
Pero bajo ninguna circunstancia verás a tu hermana.
Le hemos dado la oportunidad de tener una vida mejor.
Su vida anterior es una mancha que nos hemos esforzado mucho en borrar.
Ahora se llama Beatrice, y exponerla a su pasado dañaría no solo la reputación de nuestra familia, sino también sus perspectivas de futuro.
Seguro que no quieres arruinarle la vida a tu hermana, ¿verdad?
La pregunta quedó suspendida en el aire.
A Josephina se le partió el corazón cuando la señora Talbot se dio la vuelta, desestimando claramente la conversación como quien despide a un sirviente.
En ese momento, comprendió con dolorosa claridad que la familia adoptiva de Kitty no tenía intención de permitirle volver a conectar con su hermana.
Mantendrían a Kitty —no, ahora Beatrice— encerrada para siempre.
—Por favor —suplicó con la voz quebrada.
El mayordomo se adelantó y la agarró del codo con dedos de hierro.
—La señora Talbot ha dejado clara su posición. Es hora de que se vaya —dijo con firmeza.
Algo en Josephina se quebró. Toda su vida había estado marcada por la impotencia: ver morir a su madre, ser separada de sus hermanas, vivir a merced de los caprichos de Mick, y ahora alguien más le estaba diciendo lo que podía y no podía hacer.
Cuando el mayordomo comenzó a empujarla hacia la puerta, se zafó con sorprendente fuerza y salió disparada escaleras arriba por la gran escalinata, con los pies volando sobre los escalones alfombrados, mientras gritaba desesperada:
—¡Kitty! ¡Kitty, dónde estás!
—¡Deténganla! —gritó el mayordomo, que la perseguía con sorprendente agilidad, pero Josephina ya estaba en lo alto de la escalera, abriendo puertas una por una—. ¡Kitty! ¡Soy yo! —gritó con la voz ya ronca de desesperación.
Al final del pasillo, una pequeña figura apareció en el umbral. A Josephina se le cortó la respiración.
—¡Kitty! —gritó, y corrió hacia su hermana para agarrarla suavemente por los hombros—. Soy yo, Kitty. Te he traído una muñeca, ¿recuerdas?
Buscó en el bolsillo la muñeca de pinza mientras las lágrimas le brotaban de los ojos y caían sobre el fino vestido de su hermana.
—Por favor, Kitty, di que me recuerdas.
Kitty la miró durante un largo momento, con los ojos muy abiertos y confundidos, antes de que su rostro se suavizara.
—¿Phina? —susurró. El apodo de la infancia atravesó el corazón de Josephina como una flecha.
—Sí, Kitty, soy yo, Phina. Te he echado tanto de menos, Kitty —dijo. Sintió que una mano la agarraba del cuello y empezaba a arrastrarla hacia atrás.
—Debe irse inmediatamente —dijo el mayordomo—. De lo contrario, llamaremos a la policía.
Kitty permanecía de pie al final del pasillo y recogió la muñeca de pinza de donde había caído al suelo.
—¿Phina? —repitió en voz baja.
—Sí, Kitty, soy yo. ¡Volveré a por ti, te lo prometo!
Las palabras le salieron antes de que pudiera detenerlas, aunque sabía que era una promesa que quizás no pudiera cumplir.
—¡No harás tal cosa! —bramó una voz desde abajo.
El señor Talbot irrumpió en el vestíbulo con el rostro lívido de rabia y algo más: miedo, quizás, ante aquella intrusión del mundo que tanto se habían esforzado en olvidar—.
¡Esto está completamente fuera de lugar!
Beatrice tiene una nueva vida ahora. No le arruines las cosas.
Si volvemos a verte por aquí, llamaremos a la policía.
El mayordomo siguió arrastrando a Josephina escaleras abajo; los pies apenas le rozaban los peldaños.
Al llegar a la puerta, la empujó de un tirón hacia el escalón de entrada, con tanta fuerza que la hizo trastabillar.
Debilitada por la punzada tan conocida del rechazo y el abandono, Josephina se incorporó y echó a andar calle abajo arrastrando los pies, con las lágrimas cayéndole por el rostro sin que le importara quién pudiera verla.
Había sido una tonta al creer a Ellen y al inspector Harrison cuando le dijeron que había gente que se preocupaba por ella, que existía una salida.
El rechazo de aquella mañana cayó sobre ella como una losa, ahogando cualquier atisbo de esperanza que hubiera empezado a brotar.
Su verdadera familia no había luchado por ella —ni siquiera lo había intentado—, y los sueños de que la acogieran como a Matilda o a Kitty se esfumaban por momentos.
Volvió a la casa como aturdida, recriminándose haber pensado alguna vez que su vida podría ser diferente, haber creído que merecía algo más de lo que tenía.
Al entrar en la cocina, la envolvió el olor familiar a humo de carbón y platos sin fregar.
Se sorprendió al ver a Nate hirviendo agua sobre el fuego, con sus anchos hombros recortados contra las llamas.
Había esperado encontrar la casa vacía, tener tiempo para asimilar lo que acababa de ocurrir, para levantar de nuevo sus defensas antes de enfrentarse a nadie.
—¿Dónde te habías metido, Jo? —preguntó Nate con ese tono posesivo en la voz que la asustaba y reconfortaba a partes iguales.
Demasiado agotada para seguir fingiendo, sus defensas se vinieron abajo.
Josephina se dejó caer en sus brazos y, entre sollozos, le contó toda la historia.
Notaba cómo se le tensaban los músculos a medida que describía a la nueva familia de su hermana, el cruel desprecio con que la habían tratado, cómo la habían echado como si fuera basura.
—Oh, Jo. Mi Jo —murmuró él mientras le apartaba el pelo de la cara con sorprendente delicadeza—.
¿Es que no sabes que la familia es quien te cubre las espaldas?
No siempre es cuestión de sangre. —Su voz se endureció al continuar—: Tus hermanas ahora están con la gente fina, velando solo por sus intereses.
Y eso es lo que tú también tienes que hacer.
—Señaló hacia el techo, donde estaban los niños—.
Nosotros somos tu familia ahora. Sabes que siempre te cubrimos las espaldas, ¿verdad?
Josephina sintió que una aceptación resignada se apoderaba de ella.
El encuentro con los Talbot la había dejado maltrecha y sintiéndose rechazada, como la porquería que uno se limpia de la suela del zapato, pero ahora, de vuelta en los brazos de Nate, hallaba una sensación de estabilidad y pertenencia que no encontraba en ningún otro lugar.
Le gustara o no, ese era ahora su camino, el único que le quedaba.
La amargura y el dolor de aquel último rechazo no hicieron sino fortalecer su determinación de corresponder a la fe y la lealtad que la banda había depositado en ella, costara lo que costase.
Ellen se había equivocado: ya no era una buena persona atrapada en malas circunstancias.
Se estaba convirtiendo en lo que necesitaba ser para sobrevivir, y quizá esa fuera la única clase de fuerza que este mundo iba a permitirle.