La venganza de la hija (Las hermanas Bennett 2) CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

E l viento otoñal traía un frío penetrante mientras Josephina regresaba al escondite sin ninguna prisa, cada paso más pesado que el anterior.

Las palabras del inspector Harrison resonaban en su mente; la promesa de seguridad y quizás incluso de reunirse con sus hermanas le oprimía el corazón.

Pero la sensación de pertenencia que sentía con la banda —por muy retorcida que fuera— le daba consuelo, al igual que lo que parecía ser un interés creciente de Nate hacia ella.

A pesar de sus terribles acciones, no podía evitar sentir algo por esa versión vulnerable de Nate que había vislumbrado en los últimos días.

Pensó en sus hermanas, y aunque el corazón le pedía algo de afecto, la cabeza le decía que probablemente se habían olvidado de ella y seguían adelante con sus nuevas vidas en casas elegantes, con sábanas limpias y comida a diario.

—Vamos, Josephina —murmuró para sí—. Vives en un mundo distinto al de ellas, y en este mundo la debilidad puede costarte la vida.

—Se subió el cuello del abrigo para protegerse del viento que silbaba por las calles y avanzó por el callejón hacia la parte trasera de la casa.

Cuando alargó la mano hacia el pomo de la puerta, sintió un vacío en la boca del estómago.

Había estado fuera mucho tiempo hablando con el inspector, y podrían preguntarse dónde se había metido —o peor aún, alguien podría haberla visto charlando con un policía.

Apartó ese pensamiento de su mente, abrió la puerta y llamó con alegría forzada:

—¡Hola, ya he vuelto!

—Vaya, vaya, vaya —dijo una voz familiar que le heló la sangre—. Jo ha vuelto por fin.

Se giró y vio a Mick Cutter sentado en el centro de la habitación, con todos los niños reunidos a su alrededor.

El caos habitual del escondite había dado paso a una quietud antinatural; los niños se alineaban junto a las paredes, sentados con las piernas cruzadas, los rostros vueltos hacia arriba, pendientes de cada palabra de Mick como discípulos fieles.

Vislumbró a Nate de pie en la esquina y, por una fracción de segundo, vio un destello de preocupación en su rostro antes de que se desvaneciera.

—¿Dónde has estado, Jo? —La voz de Mick sonaba lo bastante desenfadada como para parecer amistosa, pero había en ella una suavidad peligrosa. Sus ojos calculadores no se apartaron del rostro de ella mientras le estudiaba la expresión, sin perderse nada.

—Solo los recados de siempre —logró decir Josephina, con la boca de pronto seca.

Los labios de Mick se curvaron en una sonrisa lenta que no le llegó a los ojos.

—Interesante —dijo, alargando la palabra—.

Porque Tommy jura que te vio charlando largo y tendido con alguien.

—Hizo una pausa y dejó que el silencio se extendiera de forma incómoda—.

¿Ah, sí? —La voz de Josephina tembló y delató su miedo.

—Alguien que llevaba una placa de inspector, al parecer —dijo Mick.

Josephina sintió que le ardían las mejillas como si la hubieran abofeteado. Sabía que no era momento de quitarle importancia al asunto con una mentira; Mick olía la deshonestidad a la legua. —Sí, es cierto —admitió, y alzó ligeramente la barbilla.

Mick pareció desconcertado por un instante, pero se recompuso enseguida. —¿Y qué querría un inspector contigo, Jo?

—Bueno, supongo que es hora de contarlo —dijo, y miró nerviosa a Nate, que se mordía las uñas, un hábito que nunca le había visto. Algunos niños se removieron incómodos al notar la tensión en el aire.

—Nunca lo he mencionado —comenzó, con el corazón martilleándole en el pecho—, pero me metieron en un orfanato con mis dos hermanas después de que muriera mi madre.

A ellas las adoptaron antes que a mí, y a mí me dejaron atrás, así que...

me escapé. —Intentó mantener un tono desenfadado, aunque esperaba que Mick la interrumpiera en cualquier momento.

—Ya veo —dijo Mick con voz burlona—. Una pequeña fugitiva, ¿eh?

Josephina asintió, de pronto muy consciente de lo joven y vulnerable que debía de parecer ante él. —No pensé que importara. Mis hermanas han seguido adelante con una vida mejor, y yo soy feliz aquí —añadió, y dejó la frase en el aire con un encogimiento de hombros.

—¿Y qué quería el amable policía, entonces? —insistió Mick, y se inclinó ligeramente hacia delante en la silla.

—Nada, en realidad. Solo... me reconoció. Quería decirme dónde están mis hermanas, por si quería ponerme en contacto —respondió, con la esperanza de sonar convincente mientras el corazón le tronaba en el pecho.

—¿Ah, sí? —Los ojos de Mick se entornaron hasta convertirse en rendijas—. ¿Y dónde están tus hermanas?

A Josephina se le encogió el estómago. No tenía intención de revelarle a Mick Cutter dónde estaban exactamente, sin saber de lo que era capaz. —Las dos están sirviendo en una casa elegante en algún lugar a las afueras de Londres —mintió, rogando que el rostro no la delatara como tantas otras veces.

—¿Una casa elegante, dices? Eso podría sernos útil —dijo, y asintió hacia Nate, que respondió con un gesto rápido y ansioso.

—Bien, bien, buena chica, Jo —dijo Mick con una sonrisa repugnante—. Me alivia que solo fuera eso, porque al fin y al cabo, sabía que no ibas a pagar nuestra amabilidad con deslealtad. ¿Verdad?

Josephina negó enérgicamente con la cabeza.

—Te acogimos cuando nadie más lo habría hecho. Te hemos mantenido a salvo y protegida. La lealtad y la obediencia son los únicos pagos que exijo. ¿Entendido? —El tono de Mick era firme; cada palabra cargaba con el peso de una amenaza.

Josephina asintió.

—Bien. No querríamos que siguieras el mismo camino que Molly, ¿verdad?

Los niños se removieron incómodos ante la mención de Molly, aunque Josephina nunca había oído hablar de ella. El nombre pareció oscurecer aún más el ambiente de la habitación.

—Molly era una chica muy parecida a ti —continuó Mick; su voz adoptó el tono de quien cuenta un cuento para dormir, aunque sus ojos seguían fríos—.

Pero con una gran diferencia. Por desgracia, la policía dio con ella y se vino abajo: contó demasiado sobre cosas que no debería haber contado.

Creemos que estaba tan avergonzada de habernos traicionado que huyó.

Por desgracia, acabó en el río unos días después.

No sabría decir si se quitó la vida o si se cayó, pero ahogarse es una forma terrible de morir, ¿no crees, Jo?

Josephina asintió con solemnidad; entendía la advertencia implícita tan claramente como si le hubiera puesto un cuchillo en el cuello. La historia quedó flotando en el aire y Josephina notó que ninguno de los niños le sostenía la mirada.

—No importa, Jo. No hablemos más de ello.

Estoy seguro de que habrá muchas otras oportunidades para que demuestres tu lealtad.

Cuando llegue el momento, sé que estarás a la altura —dijo, y se dio una palmada en los muslos con alegría fingida—.

Bueno, debo despedirme de todos vosotros, encantadores muchachos y muchachas.

Se dirigió a la puerta y echó una última mirada por encima del hombro.

—Pronto te buscaré, Jo.

Asintió en silencio, con la sensación de haberse librado por los pelos.

En cuanto la puerta se cerró, Josephina se dejó caer al suelo; las piernas le fallaron, abrumada por el torbellino de emociones. Nate cruzó la habitación a toda prisa y la rodeó con un brazo, aunque ahora su contacto le resultaba distinto, contaminado por sus ganas de congraciarse con Mick.

—Vamos, Jo. No te alteres. Así me gusta —dijo con suavidad—. No tienes de qué preocuparte si no has hecho nada malo. ¿Verdad que no?

Negó con la cabeza en silencio.

—Entonces estamos bien. Es mejor no contrariar a Mick; siempre se entera cuando alguien se pasa de la raya. Por eso hacemos lo que dice, Jo.

—Estoy bien, Nate, de verdad —dijo, forzando un tono alegre para los niños que ni a ella misma le sonaba convincente—. Venga, Charlie, trae ese cacao que trajiste el otro día. Creo que a todos nos vendría bien una taza caliente, ¿no?

Se afanó en la cocina para ocultar de los niños las lágrimas que le asomaban a los ojos, con las manos temblorosas mientras preparaba las bebidas.

Se preguntaba por qué, si la banda debía mantenerse unida, se sentía tan terriblemente sola en aquel momento.

La historia de Molly flotaba en el aire como el humo, y no podía dejar de pensar en las aguas oscuras del río, en cuántas otras chicas habrían descubierto que la «familia» de Mick Cutter tenía un precio terrible.

A la mañana siguiente, Josephina se levantó antes que ninguno de los niños, cuando la casa aún estaba sumida en un profundo silencio.

Bajó de puntillas por la escalera crujiente, se puso el abrigo raído y salió con sigilo por la puerta trasera.

Aceleró el paso sin mirar atrás, rezando en silencio para que nadie la siguiera, aunque cada sombra la hacía sobresaltarse.

Las calles estaban vacías salvo por unos pocos trabajadores madrugadores y algún que otro carro que traqueteaba sobre los adoquines.

Al llegar a la taberna, evitó llamar a la puerta principal a hora tan temprana y se dirigió por el callejón lateral hacia la entrada trasera.

Se quedó junto a la puerta, dudando si había tomado la decisión correcta, con la mano en alto para llamar.

Pero antes de que pudiera golpear, el rostro de Ellen apareció en la ventana.

En un instante, la puerta se abrió de golpe y el aire cálido envolvió a Josephina; el aroma celestial del pan recién hecho inundaba la cocina.

Ellen la hizo pasar, la sentó a la gastada mesa de madera y la dejó llorar como sabía que necesitaba, ofreciéndole consuelo en silencio.

Puso la tetera al fuego, cortó unas rebanadas de pan fresco, las untó generosamente con mantequilla y las colocó frente a Josephina mientras le apartaba el cabello de la cara con gesto reconfortante.

—Siento volver a molestarte —dijo Josephina, alzando la vista hacia el rostro bondadoso de Ellen.

—No lo sientas, niña. Cuéntame qué ha pasado.

Josephina le contó lo sucedido el día anterior mientras Ellen escuchaba y asentía; sus ojos avezados repararon en los moretones frescos de las muñecas de Josephina, en las ojeras, en cómo se sobresaltaba ante cualquier movimiento brusco.

—Bueno, entonces son buenas noticias lo de tus hermanas, ¿no? —preguntó Ellen, intentando animarla.

—Puede ser —dijo Josephina, desmenuzando un trozo de pan entre los dedos—. Pero ¿de qué me sirve saberlo ahora? Nunca podré estar con ellas. Mick me mataría si dejara la banda.

—Vamos, no hables así. Encontraremos la manera de sacarte de aquí.

Pero por ahora, por tu propia seguridad, es mejor que las cosas sigan como están —la voz de Ellen era firme—.

Eso sí, creo que te vendría bien ver a tus hermanas.

¿Podrías escaparte para visitarlas? Retomar el contacto con tu familia podría darte la fuerza que necesitas para salir de esto.

Sirvió más té mientras hablaba.

Josephina asintió pensativa mientras sorbía el té caliente, dejando que el calor le recorriera el cuerpo.

—Siempre puedes decir que estás haciendo un turno aquí —dijo Ellen, con la mente ya maquinando—. Incluso te pagaré, para que puedas llevarles el dinero. Que parezca todo en regla.

A Josephina se le volvieron a llenar los ojos de lágrimas, conmovida por tanta bondad en un mundo que le había mostrado tan poca.

—¿Por qué haces todo esto por mí? —preguntó.

Ellen le acarició la cara con suavidad.

—Porque no eres mala persona, Josephina. Eres una buena persona en malas circunstancias. Lo creas o no, veo que tienes buen corazón —sus palabras tenían el peso de quien ya había visto repetirse esta historia—. Entonces, ¿qué me dices? ¿Ha llegado el momento de buscar a tus hermanas?

Reconfortada por el té y la bondad de Ellen, Josephina respondió:

—Sí, creo que iré a ver a Kitty. Es la más pequeña, y al menos sé que se alegrará de verme. Todavía tengo su dirección.

—Muy bien, pues decidido. Ve mañana y dile a Nate que estarás trabajando aquí todo el día. Si viene a buscarte, le diré que estás en la trastienda o haciendo un recado.

Ellen le puso unas monedas en la mano.

—Llévales esto mañana a la banda y di que es tu jornal.

Luego sacó del horno dos hogazas de pan recién hecho, con la corteza dorada, y las envolvió en papel. Añadió una jarra de leche.

—Llévate esto también. Diles que te levantaste temprano porque no podías dormir y decidiste traerles el desayuno.

Josephina apuró el último sorbo de té; el calor le infundió valor.

—Gracias, Ellen —dijo con sinceridad.

—Anda, vete ya, niña, antes de que te metas en un lío —respondió Ellen, y cerró la puerta con suavidad tras ella.

Mientras Josephina se alejaba calle abajo, Ellen volvió a sus quehaceres, aunque sus pensamientos seguían con la joven y las dificultades que la aguardaban.