CAPÍTULO 11
J osephina observaba desde la puerta de la cocina cómo Nate reunía a algunos de los niños mayores a su alrededor, con un nudo en el estómago.
Estaba sentado con las piernas cruzadas sobre las tablas desgastadas del suelo, con un trozo de tiza en la mano.
Mick había dado una orden sobre una «nueva oportunidad», como le gustaba llamarlas —siempre disfrazando sus crímenes de negocios legítimos—, y Nate le había contado el plan a Josephina esa misma mañana.
Se había horrorizado. Mick llevaba días vigilando una joyería del centro, observando las idas y venidas, hasta que decidió que la banda podía entrar sin problemas y llevarse un buen botín.
—Hay relojes, anillos, pulseras, broches y de todo —le había dicho Nate esa mañana, emocionado, con los ojos brillantes—. Esta es nuestra oportunidad, Jo. Podríamos sacar una buena pasta y cambiar nuestras vidas.
Su entusiasmo era contagioso, como siempre; con sus palabras pintaba imágenes de una vida mejor.
Se había dejado arrastrar por su entusiasmo, imaginando las posibilidades que traería más dinero: comida de verdad para los pequeños, mantas calientes, quizás incluso una casa mejor.
Pero ahora, en la etapa final de planificación, Josephina no podía quitarse de encima la sensación de que robar en una tienda estaba mal.
Había justificado algún que otro carterismo e incluso birlar algo de plata de familias acomodadas que nunca la echarían en falta, pero entrar a robar en una tienda era harina de otro costal.
Nate levantó la vista de su dibujo con tiza y la pilló rondando por la puerta.
—Vamos, Jo, tenemos que repasar los últimos detalles —dijo—. Quiero asegurarme de que todo salga como un reloj.
Josephina sabía que no podía echarse atrás; lo que Nate ejercía sobre ella era tan emocionante como inquietante. Cruzó la habitación y se sentó con las piernas recogidas.
—Muy bien —comenzó Nate, mientras la tiza raspaba contra las tablas del suelo—. Esto de aquí es la entrada principal de la tienda. Pero si pasas de largo y le das un empujoncito a esta verja, puedes colarte por el lateral del edificio, donde hay una puerta trasera.
—Sally —señaló con la cabeza a una de las niñas más pequeñas—, tú te quedas en esta esquina y vigilas. Y Charlie —continuó—, tú te quedas junto a la verja para asegurarte de que nadie venga por el otro lado de la calle.
Se volvió hacia Josephina y su mirada se suavizó.
—Jo, tú y yo bajaremos por el callejón y yo forzaré la puerta con esta palanca.
La barra de hierro brilló a la luz de la lámpara, y a Josephina se le revolvió el estómago al verla.
Una vez dentro, explicó, había una habitación en la parte trasera y una puerta que daba directamente a la tienda.
—No te acerques a las ventanas. Asegúrate de revisar todos los cajones detrás del mostrador, que ahí es donde estará lo bueno —añadió.
Josephina asintió despacio, intentando ignorar las palabras de Ellen que le resonaban en la cabeza: qué tipo de mujer quería ser.
—Si alguno de vosotros oye algo fuera, dad el silbido, como siempre —instruyó Nate.
Los dos niños asintieron con seriedad, sus caras jóvenes cargadas de responsabilidad.
—Y Charlie, no dejes que nadie baje por ese callejón. Estaremos atrapados si alguien entra detrás de nosotros.
—Sí, Nate —dijo Charlie, hinchando el pecho de orgullo por haber recibido un papel tan importante.
—Ahora, lo más importante para todos: sed rápidos, mantened la calma y no hagáis ruido —dijo Nate—. Y si os pillan, ¿qué hacéis?
—No decimos nada. No abrimos la boca para nada —recitaron los dos niños, con las palabras bien ensayadas de otros trabajillos.
—Buenos chicos —dijo Nate, revolviéndoles el pelo con una risita—. Y si tenéis que salir corriendo de alguien, no volváis directamente aquí, ¿me oís? Dadles esquinazo, llevadlos de paseo. Pero aseguraos de estar de vuelta al amanecer. Si no, sabremos que algo ha ido mal.
—Entendido, Nate —respondieron los niños al unísono.
—¿Y tú, Jo? —preguntó Nate, acariciándole suavemente la mejilla.
Ella alzó la mano para rozar la de él un instante, odiando que su cuerpo traicionara su sentido común.
—Sí, estoy bien —dijo en voz baja.
—Muy bien —dijo, con un brillo en los ojos—. Vamos a hacernos ricos.
Al amparo de la oscuridad, las calles estaban en calma mientras se dirigían a la joyería.
Llegaron sin contratiempos, y al doblar la esquina, Sally se quedó atrás para ocupar su puesto; su pequeña figura se fundió con las sombras mientras Josephina, Nate y Charlie seguían adelante.
Cuando llegaron a la verja, Charlie se dio la vuelta y se apoyó en la pared, con las manos en los bolsillos, intentando parecer despreocupado.
Nate empujó la verja con suavidad y se abrió sin resistencia, tal como Mick había prometido; las bisagras, por suerte, no hicieron ruido. Respiró hondo y se volvió hacia Josephina.
—Es ahora o nunca, Jo —dijo con un guiño antes de deslizarse detrás de la verja.
Josephina tragó saliva, le dio una palmadita a Charlie en la espalda y siguió a Nate al callejón, cerrando la verja en silencio tras ella.
El callejón estaba a oscuras y reinaba un silencio inquietante mientras avanzaban de puntillas hacia la entrada trasera de la tienda.
Nate sacó una palanca de la manga del abrigo y encajó un extremo en el marco de la puerta.
Hizo palanca con todas sus fuerzas hasta que, con un fuerte crujido, la jamba se astilló.
Josephina se tapó los oídos con las manos y miró a su alrededor horrorizada, convencida de que alguien aparecería por el callejón en cualquier momento.
Una luz parpadeó en la casa de al lado y aparecieron cuadrados dorados en las ventanas sobre ellos.
Ambos se pegaron a la pared y contuvieron la respiración durante lo que pareció una eternidad. La luz se apagó y exhalaron aliviados.
Nate se volvió hacia Josephina con una sonrisa.
—¿Qué es la vida sin un poco de emoción, eh, Jo? —susurró.
Le dio un último empujón a la palanca, y la puerta se abrió lo suficiente para que pudieran colarse.
A medida que sus ojos se adaptaban a la oscuridad, Josephina examinó la pequeña habitación trasera, que parecía ser una cocina donde el dueño preparaba té y comidas mientras trabajaba en la tienda.
Una taza de té a medio beber aún descansaba sobre el mostrador, y negó con la cabeza, intentando apartar los pensamientos sobre quién dependería de aquella tienda para vivir: familias con niños quizás, no tan distintas de las que ella cuidaba.
Nate ya estaba en la parte principal de la tienda y la llamó en voz baja, apenas un susurro.
—Oye, Jo, ven a ver esto.
Se acercó de puntillas, con cuidado de no pasar frente a las ventanas, y vio que Nate había sacado un cajón largo y estrecho de debajo del mostrador.
Apartó el forro de terciopelo negro, dejando a la vista una colección de relojes finos.
Se los metió rápidamente en los bolsillos; el suave tintineo del metal contra metal sonaba atronador en aquel silencio.
—Venga, tú encárgate del otro lado, Jo —dijo, señalando el mostrador de enfrente.
Con manos temblorosas, Josephina abrió un cajón despacio. Levantó el terciopelo negro y contuvo el aliento. —¿Qué pasa, Jo? —preguntó Nate, acercándose.
Alzó un collar de diamantes resplandeciente, cautivada por un instante por las joyas relucientes que atrapaban la escasa luz. —Es... es precioso —murmuró.
Nate, claramente emocionado por el momento, le rodeó la cintura con el brazo y la atrajo hacia él.
—Te mereces todo esto y más —susurró—. Las cosas van a ser diferentes para nosotros a partir de ahora.
Se inclinó y la besó mientras sus dedos le recorrían el cuello y el cabello, y a pesar de sí misma, a pesar de todo, ella respondió al beso con el corazón latiéndole por algo más que miedo.
Él se apartó con una sonrisa. —Vaya, Jo, ¡me estás distrayendo! —bromeó, y ella se sonrojó y bajó la mirada al suelo, confundida por cómo podía hacerla sentir tantas cosas a la vez—. Venga, cojamos lo que vinimos a buscar y larguémonos.
Dejándose llevar por el momento, Josephina abrió dos cajones más de un tirón y se llenó los bolsillos de anillos y broches.
Justo cuando Nate abría el último cajón, una dura luz amarilla inundó la habitación de repente.
Levantaron la vista, sorprendidos, y vieron una figura en sombras que sostenía una lámpara de gas contra la ventana; la llama se reflejaba en el cristal.
—¡Eh! —gritó la figura, y golpeó el cristal con urgencia con lo que parecía una porra.
—¡Rápido, Jo, larguémonos! —gritó Nate con la voz llena de pánico.
Salieron disparados por la puerta trasera, pero al girar la esquina vieron que la figura era un vigilante nocturno de una tienda vecina, que ya había atravesado la verja.
Presa de un pánico ciego, Josephina se dio la vuelta y huyó en dirección contraria, olvidándose de que era un callejón sin salida.
Nate corrió tras ella y sus pasos resonaron en las estrechas paredes.
—¡Jo, por ahí no! —gritó, pero se encontraron acorralados por el guardia, con las paredes del callejón alzándose a su alrededor.
—Bueno, ya no tenéis adónde ir —dijo con voz áspera pero casi amable—. Mejor que vengáis por las buenas.
Para horror de Josephina, Nate sacó un cuchillo largo del bolsillo; la hoja captó la luz de la lámpara.
—Oiga, señor —dijo Nate en tono amenazador, aunque ella pudo oír un temblor en su voz—, sería mejor que nos dejara pasar.
Se acercó al guardia con el cuchillo reluciendo en la mano como una astilla de luz de luna.
El guardia, imperturbable, avanzó hacia Nate con la confianza de alguien que había visto cosas peores. —He tratado con peores que tú, créeme, muchacho. Mejor que vengas por las buenas.