La venganza de la hija (Las hermanas Bennett 2) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

P ara sorpresa de Josephina, no la habían llevado a la cárcel.

El inspector Harrison, en cambio, le mantenía una mano firme pero amable sobre el hombro mientras recorrían las calles, avanzando con paso seguro por una zona que parecía conocer como la palma de su mano.

A medida que giraban por callejones cada vez más estrechos, Josephina se dio cuenta de que no se dirigían en absoluto a la comisaría.

El inspector Harrison se desvió de la calle principal, esquivando con destreza a los vendedores ambulantes con sus carretas desvencijadas, hasta que se detuvo en seco frente a una casa de comidas.

—Esto servirá —murmuró, más para sí que para Josephina. La guio al interior y la condujo hacia una mesa de madera llena de marcas en el rincón más alejado.

Josephina nunca había puesto un pie en una casa de comidas.

Recorrió con la mirada el establecimiento mugriento: las mesas desnudas que no habían visto un mantel en años, la fina capa de arena que cubría el suelo, salpicada de cerillas gastadas, cortezas de pan y colillas de cigarrillos.

El aire estaba cargado con el olor a carne hervida y col.

Se acomodó a duras penas en la silla de madera frente al inspector Harrison, con los pies apenas rozando el suelo, sin saber qué esperar. Él abrió la boca para hablar, pero antes de que pudiera pronunciar palabra, una joven de rostro agradable y delantal sucio se acercó a su mesa.

—¿Qué le sirvo, inspector Harrison? —preguntó.

—Molly —dijo él con una cálida sonrisa de reconocimiento—. Me alegra ver que sigues aquí. Solo tomaré una taza de té, gracias. Mejor que sean dos, y ¿puedes traerle un pudín de carne con patatas a mi joven amiga?

Josephina levantó la cabeza de golpe, con los ojos muy abiertos.

No podía negar el hambre que le roía las entrañas —no había comido como es debido en días—, pero no sabía cómo sentirse al aceptar comida de un policía.

Si alguno de los de la banda de Mick la veía ahora, tendría serios problemas.

El inspector Harrison, al percibir su lucha interna, se inclinó sobre la mesa y dijo en voz baja:

—No te preocupes. Ninguno de los tuyos frecuenta esta parte de la ciudad. Aquí estás a salvo.

Ella frunció el ceño con gesto desafiante y alzó la barbilla.

—¿Y qué quiere de mí? —preguntó, intentando sonar más valiente de lo que se sentía.

—Solo quiero charlar un poco —respondió el inspector Harrison.

—Bueno, no pienso contarle nada —dijo ella, y se cruzó de brazos—. Así que no tiene ningún sentido.

Él se rio entre dientes mientras la estudiaba con atención.

—No te estoy pidiendo que digas nada que te meta en problemas. ¿Cuánto tiempo llevas con la banda de Mick Cutter?

Ella no pudo ocultar la sorpresa que le cruzó el rostro, y sus manos empezaron de inmediato a juguetear con el borde deshilachado de la manga.

—Sí, sé todo sobre Mick y a quién pone a hacer el trabajo sucio —continuó el inspector Harrison en tono neutro—. La ley lo conoce bien. Desde hace años.

Josephina se quedó mirando las marcas de cuchillo en la superficie de la mesa, sin saber qué decir. Al ver que no respondía, él preguntó:

—Entonces, ¿cómo te llamas, muchacha?

Ella se cruzó de brazos con más fuerza y miró alrededor de la sala, decidida a no darle ninguna información.

Permanecieron en un silencio incómodo hasta que Molly regresó y dejó el pudín de carne con patatas delante de Josephina.

La corteza del pudín parecía un poco seca, y las patatas estaban ligeramente duras en los bordes, pero el rico aroma de la salsa que emanaba del interior le hizo la boca agua.

La camarera dejó dos tazas desportilladas de té aguado sobre la mesa y desapareció en la cocina humeante.

—Come —dijo el inspector Harrison, señalando el plato.

Ella lo miró, debatiéndose entre la desconfianza y el hambre.

—No es un soborno —le aseguró él—. Si no quieres hablar conmigo, no tienes por qué hacerlo. Pero pareces medio muerta de hambre, así que será mejor que te lo comas antes de que se enfríe.

Josephina atacó el pudín con avidez; su determinación se desmoronó ante la comida caliente.

La carne del interior era correosa, pero la salsa tenía buen sabor, y comió deprisa, sin detenerse hasta rebañar la última gota con una corteza de pan.

Se recostó en la silla, tomó la taza desportillada y bebió el té a sorbos, agradecida por el calor que se extendía por el vientre.

Todavía recelosa de sus motivos, miró al inspector Harrison con los ojos entrecerrados.

—Entonces, ¿por qué no me arrestó? —preguntó, incapaz de contener la curiosidad.

Él levantó la vista del té, claramente complacido de que ella hubiera iniciado la conversación.

—¿Sabes cuántos niños como tú veo en estas calles? Si los arrestara a todos, no tendría tiempo para nada más.

—Y seguro que no puede darles de comer a todos —dijo ella, sin dejar de mirarlo con recelo.

—No, eso es verdad —respondió él—, pero te reconocí. Eras tú la que vi durmiendo en el portal de la panadería de Bridge Street, ¿verdad?

Josephina asintió, con las mejillas encendidas de vergüenza.

—¿Y cuánto tiempo llevas en la calle? —preguntó él con suavidad.

—Esa fue mi primera noche —admitió ella, con la voz quebrada.

—Entonces, ¿de dónde venías? —preguntó él en tono despreocupado.

Aunque intentó con todas sus fuerzas no revelar nada más, el calor de la comida y aquellos modales amables eran algo que Josephina no había experimentado en mucho tiempo, y sintió que empezaba a bajar la guardia.

—Venía del orfanato —dijo mientras jugueteaba con un hilo suelto de la manga—. Allí no te tratan mejor que a un preso, así que pensé en probar suerte aquí fuera.

El inspector asintió lentamente para animarla a continuar.

—¿Estabas allí sola? —preguntó, con los ojos perspicaces fijos en su rostro.

—Fui con mis dos hermanas —respondió ella, con la voz ligeramente entrecortada—. Pero a las dos se las llevaron antes que a mí, y yo me quedé atrás. Como siempre.

—Eso tuvo que ser difícil —dijo el inspector con genuina compasión.

Ella se encogió de hombros con indiferencia, pero la mirada le delataba el dolor.

—Mi hermana Kitty era pequeña y mona, así que una familia elegante se la llevó enseguida. Y Matilda siempre se ha creído mejor que los demás, así que por supuesto fue a parar a una casa elegante con criados de verdad y todo.

El inspector Harrison asintió y tomó nota mental de los nombres.

—¿Y dónde están tu madre y tu padre? —preguntó con delicadeza, aunque sospechaba que ya conocía la respuesta.

—Mi madre está muerta —dijo Josephina, conteniendo las lágrimas que le escocían en los ojos—, y mi padre está en la prisión de deudores.

Así que solo estoy yo... o lo estaba —añadió apresuradamente al acordarse de pronto de Nate y de la banda.

Se cerró en banda, consciente de que le había contado demasiado a un policía.

—Entonces, ¿qué vas a hacer conmigo ahora? —preguntó ella.

—Bueno, voy a pedirte otra taza de té, y luego puedes irte —respondió él, haciéndole una seña a Molly—. Pero antes déjame decirte algo: he visto a otros como tú unirse a la banda de Mick Cutter, y nunca acaba bien. Algunos ya no están entre nosotros, si me entiendes.

Josephina le escrutó el rostro, intentando averiguar si decía la verdad o solo pretendía asustarla.

—Aún no es tarde para ti, ¿sabes? —continuó él—. No llevas mucho tiempo en las calles. Tienes opciones. Recuérdalo. Y recuerda dónde encontrarme si necesitas ayuda.

Josephina apuró su segunda taza de té y se levantó de golpe, cayendo de pronto en la cuenta de que Nate se estaría preguntando dónde andaba.

—Gracias de todos modos, pero sé cuidarme sola —dijo con falsa valentía, y salió corriendo del restaurante hacia el crepúsculo, dejando al inspector Harrison mirándola con aire pensativo.

Al acercarse a la casa, Josephina tragó saliva, con la garganta atenazada por la ansiedad.

Sentía como si la conversación con el inspector Harrison se le notara en la cara.

Con cada paso que la acercaba a casa, el corazón le latía más deprisa, convencida de que Nate, con su capacidad sobrenatural para calar a la gente, la descubriría al instante.

La cajita de píldoras y las cucharas tintineaban en el bolsillo de su abrigo mientras caminaba, un sonido reconfortante; al menos tenía algo de botín que mostrar tras su ausencia.

Esperaba que, como de costumbre, Nate estuviera fuera tramando sus propios planes, lo que le daría hasta la mañana para pensar con calma en su historia. Normalmente no volvía hasta bien entrada la noche, cuando las calles estaban tranquilas y las patrullas de policía habían menguado.

Cuando entró en la casa por la puerta trasera, la recibieron un par de niños que parecieron materializarse de las sombras.

—Jo, ¿dónde te habías metido? —preguntó Charlie, un niño pecoso de unos ocho años, con el pelo pelirrojo tieso y revuelto—.

Conseguí robar un pastel de la ventana del pastelero, pero Mary dijo que no lo tocáramos hasta que volvieras a repartirlo.

Aliviada de tener algo en lo que ocupar la mente que no fueran los acontecimientos de la tarde, Josephina respondió: —Claro, ahora mismo lo hago —forzó una sonrisa, intentando retomar su papel habitual—.

Y no te olvides de ese cacao que robaste el otro día; pondré agua a calentar y tomaremos pastel con cacao —se puso a encender el fuego, con las manos más firmes ahora que se concentraba en la tarea familiar, pensando que por fin podía relajarse.

—Esa me parece una idea brillante —oyó que decía una voz, y se giró con tal sobresalto que casi tiró la leña. Nate estaba en el umbral entre la cocina y la otra habitación. Las manos empezaron a temblarle mientras colocaba la cacerola de cobre abollada sobre el fuego.

—Nate —dijo ella, luchando por mantener la voz firme—, no pensé que estarías aquí.

—Pues claro que sí —respondió él—. Quiero enterarme de todo sobre la primera salida en solitario de nuestra chica, ¿no? Estuviste fuera mucho rato; empezábamos a preocuparnos por ti.

Trató de controlar la respiración y el rubor delator que le subía por el cuello, agradecida por la luz tenue de la cocina.

—Bueno, me temo que no fue tan tranquilo como esperaba —comenzó, mientras la historia ensayada le salía a borbotones—.

Conseguí pillar algunas cosas pequeñas —vació los bolsillos con manos que esperaba parecieran más firmes de lo que las sentía, y le mostró la cajita de píldoras y las cucharas.

—Sabía que eso no sería suficiente, así que volví a por los candelabros.

Los tenía bajo el abrigo y todo —dijo—. Pero justo cuando me estaba colando por las rejas, salió el mayordomo y me vio.

Dejé caer los candelabros y eché a correr, pero vino detrás de mí con uno de los lacayos, y tuve que pasarme una buena media hora esquivándolos —hizo una pausa, sorprendida de la facilidad con que las mentiras le brotaban de los labios, mientras sentía la mirada intensa de Nate fija en ella.

Él recogió los pequeños objetos de plata y les dio vueltas en la mano, examinándolos con ojo experto.

—Bueno, no es exactamente lo que esperábamos, Jo —dijo—.

Pero seguro que puedo sacar un buen dinero por esto en el mercado.

No está mal para empezar —extendió la mano y le tocó la cara con suavidad, los dedos sorprendentemente cálidos contra su mejilla.

El contacto le provocó un escalofrío que le recorrió la espalda, y su mente se debatía por descifrar qué significaba aquel gesto.

De repente, le apretó la barbilla y le levantó la cara para que sus ojos se encontraran.

Los dedos se le clavaron en la piel, en el límite del dolor.

—¿Nada más que necesites contarnos, Jo? —preguntó él, con la mirada clavada en ella—. Pareces un poco alterada.

—Bueno, sí —respondió ella, apenas capaz de sostenerle la mirada—.

Corrí mucho con el estómago vacío y me preocupaba que me atraparan.

Solo estoy un poco nerviosa, eso es todo —apartó la cara de su agarre—.

El agua está hirviendo —añadió rápidamente, aferrándose a la excusa—. Deja que prepare el cacao.

Mientras se volvía hacia el fuego, aún sentía la mirada de Nate clavada en su espalda, y se preguntó si la advertencia del inspector Harrison sobre los otros niños que ya no estaban por ahí tendría más de cierto de lo que había pensado en un principio.