La venganza de la hija (Las hermanas Bennett 2) CAPÍTULO 5 #2
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CAPÍTULO 5 #2

El patio estaba casi lleno de platería, y Josephina comprendió que al mayordomo no debía de quedarle mucho más por sacar.

Cada pieza parecía más valiosa que cualquier cosa que hubiera tocado en su vida.

El hombre apareció de nuevo en la entrada con algunos objetos envueltos en tela y los depositó con cuidado en el suelo.

«Es ahora» , pensó Josephina, con las palmas sudorosas.

«Si vuelve a entrar, tendré que aprovechar la oportunidad» .

Miró a un lado y otro del callejón, y al ver que no había moros en la costa, se coló por el hueco de las rejas y entró corriendo en el patio.

Las botas prestadas no hacían ruido sobre las piedras.

El pánico empezó a apoderarse de ella mientras miraba alrededor, sin saber qué coger primero.

Vio algunos objetos más pequeños esparcidos por el suelo, con sus superficies pulidas que le guiñaban bajo la luz del sol otoñal.

Se metió rápidamente en los bolsillos dos pastilleros, unas cuantas cucharas de plata y algunos servilleteros.

El metal se notaba frío a través de la fina tela de los bolsillos.

Lanzó una mirada nerviosa hacia la puerta y no vio que viniera nadie, aunque cada crujido y sonido lejano la hacía sobresaltarse.

Al llegar a la verja, se sintió decepcionada con su botín y se preguntó qué dirían Mick y Nate.

Los objetos más pequeños le parecían ahora insignificantes, seguramente insuficientes para demostrar su valía a la banda.

Examinó el patio de nuevo y vio dos candelabros de aspecto impresionante, con las bases ornamentadas y talladas con motivos decorativos.

Sin dudarlo un instante, agarró ambos y los escondió bajo el abrigo; el peso le golpeaba las costillas.

Se apresuró de vuelta a la verja, solo para darse cuenta con creciente horror de que no cabría por las rejas con los candelabros ocultos bajo el abrigo.

Dejó los candelabros en el suelo con un ligero tintineo que le pareció resonar como un trueno en los oídos y se quedó inmóvil, con la mirada fija en la ventana.

El corazón se le detuvo un instante, aunque no apareció nadie.

Se deslizó de vuelta por las rejas, metió las manos entre los barrotes para recuperar los candelabros y se los guardó bien sujetos bajo el abrigo.

Al girarse para escapar por el callejón, chocó de lleno con una figura alta, sólida como un muro de ladrillos. Alzó la vista presa del pánico y vio a un oficial alto y uniformado, con los botones de latón relucientes bajo la luz del sol.

Tenía el corazón en un puño. Se giró para echar a correr, pero el oficial ya la había agarrado por la espalda del abrigo, con firmeza pero sin brusquedad.

—¿Adónde crees que vas, muchacho? —bramó con voz autoritaria, aunque no cruel.

Ella se retorció e intentó zafarse, pero el agarre era firme. En el forcejeo, la gorra se le cayó de la cabeza y su largo pelo castaño le resbaló sobre los hombros, dejando al descubierto su disfraz. Uno de los candelabros se movió peligrosamente bajo el abrigo.

—Dios mío —dijo el oficial, con evidente sorpresa en la voz. Su rostro curtido se suavizó ligeramente al fijarse en ella.

La miró más de cerca y se arrodilló para ponerse a su altura, escrutándole el rostro. —¿No te vi en la entrada de la panadería hace un tiempo? —preguntó, ahora con voz más suave.

Ella lo miró desafiante, sin atreverse a decir palabra, aunque su mente buscaba frenéticamente una vía de escape. Su silencio pareció confirmar las sospechas del inspector.

—Sí, eres tú —dijo, y el bigote le tembló ligeramente—.

Soy el inspector Harrison, ¿y tú quién eres?

—Su tono era amable, casi paternal, y por un instante le hizo pensar en su propio padre, encerrado en la prisión de deudores.

El pensamiento casi quebró su compostura, pero se recompuso, recordando las palabras de Nate: la debilidad te costaba la vida.

Los candelabros le pesaban más a cada segundo bajo el abrigo, y su presencia resultaba imposible de ocultar a los ojos perspicaces del inspector.

Cuando los candelabros se le escurrieron de las manos sudorosas y tintinearon contra el suelo, el inspector Harrison dijo: —Creo que vamos a devolver esto a su sitio, ¿te parece?

—Su voz se mantuvo firme y serena. Sin soltarle el abrigo, caminó hasta la verja y pasó los candelabros entre las rejas, dejándolos con cuidado en el suelo donde habían estado.

Josephina lo miró con sorpresa, con los ojos muy abiertos de incredulidad.

Esperaba que la arrastraran hasta la puerta trasera y la obligaran a disculparse con el mayordomo, y quizás incluso con lord y lady Cartwright en persona.

Se metió las manos hasta el fondo de los bolsillos para evitar que los otros objetos más pequeños tintinearan entre sí.

—Creo que es hora de que tú y yo tengamos una pequeña charla, ¿no te parece? —dijo el inspector Harrison, con sus ojos grises amables pero resueltos bajo las cejas pobladas.

Josephina tragó saliva, con la garganta de pronto seca como la arena.

No sabía mucho sobre la prisión, salvo que su padre había sido enviado allí hacía lo que parecía toda una vida, pero no había oído nada bueno.

Las historias que había escuchado en el orfanato sobre celdas infestadas de ratas y guardias crueles le inundaron la mente.

Se dio cuenta de que podría haber acabado con el mismo destino que su padre: otro Bennett tras las rejas.

Solo de pensarlo se le revolvió el estómago, y los recuerdos del armario de la señorita Welter le asaltaron la mente mientras sentía el pánico de oír girar la llave en la cerradura.