CAPÍTULO 5
H abía pasado una semana desde que Nate había presentado a Josephina a la banda de Mick Cutter, y ella sentía que había vivido toda una vida en esos siete días.
Había descubierto que Nate y algunos de los niños mayores vivían en una casa abandonada junto a una de las calles principales de Whitechapel.
El barrio era un laberinto de calles estrechas y callejones oscuros, donde la gente respetable rara vez se aventuraba.
Mick había accedido a darle un lugar en la casa a cambio de hacer recados para la banda, aunque empezaba a comprender que «recados» significaba algo completamente diferente en su mundo.
La casa era una vivienda adosada de tres plantas en ruinas que parecía hundirse por el centro, sostenida por las dos casas de los lados como un borracho entre dos amigos.
La fachada de ladrillo estaba manchada con décadas de hollín londinense, y las tejas sueltas traqueteaban en el tejado cada vez que soplaba el viento.
En la planta baja había una cocina sencilla con fregadero pero sin agua corriente; las tuberías las habían arrancado hacía tiempo para venderlas.
Habían excavado un hueco en el centro de la habitación para hacer fuego, donde cocinaban lo que lograban robar o calentaban agua para entrar en calor.
En una segunda habitación había todo tipo de muebles desparejados que parecían rescatados de varias esquinas: un par de sillas de madera a las que les faltaban travesaños, un sillón cómodo con el relleno asomando por varios sitios, y una mesa baja con marcas de cuchillo grabadas en la superficie.
A la ventana le faltaban varios cristales, y Nate había apoyado unas tablas contra los huecos para frenar las corrientes, aunque el viento invernal seguía colándose por las rendijas.
En el piso intermedio había dos dormitorios donde varios niños dormían en un nido de mantas y sábanas robadas con el tiempo; las telas iban desde seda fina hasta lana áspera, y todas contaban sus propias historias de incursiones nocturnas y dedos ágiles.
El olor a cuerpos sin lavar y tela húmeda impregnaba el aire, pero allí se estaba más caliente que durmiendo a la intemperie.
El piso superior estaba prohibido: era el territorio de Nate, aunque volvía poco por allí; siempre parecía andar fuera, haciendo negocios para Mick.
A veces, a altas horas de la noche, Josephina oía sus botas en las escaleras de arriba.
Dónde vivía Mick Cutter, Josephina no sabría decirlo, pero aparecía de vez en cuando para dar instrucciones a los niños y recoger el botín del día si habían encontrado algo interesante.
Sus visitas siempre traían a la casa una extraña mezcla de emoción y miedo: los niños se disputaban su atención mientras intentaban a la vez evitar su mirada perspicaz.
—Aquí estarás a salvo —le había dicho Nate a Josephina, con sus ojos oscuros muy serios—.
Mick se asegura de que entendamos que la lealtad es lo primero.
Si permanecemos unidos, sobrevivimos. Ahora formas parte de algo más grande, Jo, y el grupo te protegerá.
La única forma de sobrevivir es ser despiadado. La debilidad te matará.
Las palabras le habían recorrido la espalda como un escalofrío, pero había asentido de todos modos.
Al principio, Josephina se había sentido incómoda con la visión del mundo de Nate, con aquella dureza tan distinta de su vida anterior, pero no podía negar que la camaradería de la banda la hacía sentirse menos sola.
Siempre parecía haber algo que comer o alguien con quien hablar, lo cual contrastaba enormemente con los primeros días que había pasado sola en las calles.
A veces se quedaba despierta por la noche preguntándose qué pensaría Matilda si pudiera ver su nueva vida y en qué se estaba convirtiendo, pero enseguida apartaba esos pensamientos, recordando que Matilda había roto su promesa.
No era quién para juzgar cómo elegía sobrevivir Josephina.
Se despertó antes que los demás niños y se vistió a toda prisa, antes de que el aire húmedo pudiera calarle los huesos.
Bajó de puntillas las escaleras crujientes y encendió fuego en la cocina.
Cogió una cacerola abollada de la encimera, la llenó con un poco de agua y la puso sobre el fuego.
Uno de los chicos, Charlie, había robado un bote grande de café de una cafetería cercana, y ella estaba deseando tomarse aquella bebida reconfortante.
Cruzó rápidamente de la cocina a la otra habitación, abrió la puerta principal sin hacer ruido y asomó la cabeza a la gris mañana.
El lechero había llenado hasta el borde la jarra de leche del vecino y la había dejado en el umbral.
Josephina bajó los escalones de piedra de un salto, agarró la jarra y volvió corriendo adentro, con el corazón acelerado por la pequeña emoción del robo.
Ahora también tendrían leche para el café.
Mientras preparaba el café, cuyo olor iba llenando la cocina, el corazón le dio un vuelco al oír un silbido familiar. La puerta trasera se abrió y Nate entró con paso desenvuelto, alto y guapo como siempre, con el cuello del abrigo subido para protegerse del frío matutino.
—Vaya, te has levantado temprano, Jo. ¡Pero qué bien huele ese café! ¿Hay un poco para tu Nate?
—Sí, claro —dijo Josephina, sonrojándose al oírle llamarse «su Nate».
—Ya te has instalado como en casa, ¿eh? —dijo Nate, observándola con atención.
Levantó la vista con expresión culpable, siempre temiendo que su suerte cambiara y le arrebataran aquella breve seguridad, como todo lo demás en su vida.
Él vio la expresión de su rostro y se echó a reír.
—No te preocupes, no iba con mala intención —dijo, acercándose al fuego—. Está bien tener a alguien mayor con quien pasar el rato, y no solo a los críos. Te estás convirtiendo en toda una madre para ellos.
—Bueno, solo intento ayudar —dijo Josephina, atareándose con el café para evitar su mirada.
—Lo sé —respondió Nate, acercándose más, tanto que ella pudo oler el tabaco de su abrigo—. Y a propósito —continuó, bajando la voz hasta un susurro cómplice.
Ella levantó la vista expectante, con el estómago ya encogido por los nervios.
—Mick tiene un trabajo para ti.
Las palabras quedaron flotando en el aire entre los dos.
Josephina intentó que el terror no se le notara en la cara. Sabía perfectamente que en algún momento le pedirían que hiciera algo que no quería hacer, y presentía que ese momento había llegado. Le temblaban ligeramente las manos mientras servía más café.
—¿Conoces esa casona del Strand? ¿La de lord y lady Cartwright? —preguntó, observando atentamente su reacción.
Asintió. En uno de sus muchos paseos por Londres, Nate se había ocupado de señalarle las casas de los ricos, y recordaba perfectamente la de los Cartwright, con su fachada de piedra blanca y sus ventanas relucientes que destacaban entre las demás.
—Pues Mick dice que el mayordomo limpia toda la plata los martes por la tarde. La saca al patio porque los señores no quieren que el pulimento les manche los suelos elegantes, ¿no?
Josephina contuvo la respiración. Sabía lo que venía a continuación y sentía el peso de las expectativas cayendo sobre sus hombros.
—Así que, mientras tiene toda la plata en el patio, seguro que podrías birlar un candelabro o dos, ¿no?
Lo dijo con tanta naturalidad que parecía estar pidiéndole que fuera a comprar una barra de pan.
Josephina tragó saliva e intentó parecer indiferente, aunque el corazón le latía con fuerza contra las costillas.
—Sí, supongo que podría —dijo, con más bravuconería de la que sentía.
—Perfecto —respondió Nate, mientras una sonrisa se extendía lentamente por su rostro—. Y, por supuesto, le diremos a Mick que lo hiciste tú personalmente. Seguro que eso te asegura un lugar en la familia —añadió.
La palabra «familia» resonó en su mente, recordándole todo lo que había perdido y lo que estaba ganando a cambio.
Josephina clavó la mirada en su café, preguntándose hasta dónde tendría que llegar para conservar aquella seguridad recién encontrada.
Unos días después, Josephina estaba agachada tras el muro de la elegante casa del Strand, con el corazón latiéndole como un pájaro atrapado en el pecho.
Nate le había dicho que lo reconocían a menudo por aquella zona, así que no podía acompañarla a hacer de vigía.
—Además —había añadido, con un destello en sus ojos oscuros—, impresionarás mucho más a Mick si lo consigues tú sola.
—En aquel momento, Josephina le había asegurado que estaría perfectamente bien, rebosante de una confianza fingida, pero ahora, con la tarea ante ella, los nervios empezaban a trepar por su cuerpo como la hiedra por el muro de la casa.
Había encontrado algo de ropa en la casa y se había puesto unos pantalones, con el pelo recogido bajo una gorra para que no la reconocieran.
La lana áspera le raspaba el cuello, y las botas prestadas le quedaban grandes, lo que volvía torpes sus pasos.
Aun así, no conseguía quitarse de encima la sensación persistente de que algo estaba a punto de salir mal.
Tragándose el miedo, se dijo: «Vamos, Josephina.
Tienes que cuidar de ti misma, y no hay otra forma de hacerlo» .
Se asomó con cautela tras el muro de ladrillo y atisbó por un hueco en la verja de hierro forjado.
Veía al mayordomo entrar y salir de la casa mientras manipulaba con cuidado varios objetos de plata.
Llevaba guantes de algodón blanco y tenía los cepillos de pulir a mano; se movía con la precisión de quien había realizado aquella tarea innumerables veces.
La cubertería de plata y los candelabros relucían al sol, como si la llamaran.