La venganza de la hija (Las hermanas Bennett 2) CAPÍTULO 4 #2
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CAPÍTULO 4 #2

Nate se rio. —Nada de eso importa cuando estás con Mick. —Abrió más la puerta, y las bisagras crujieron siniestramente—. Después de ti, Jo. Es hora de conocer a tu nueva familia.

Josephina entró en la taberna y la asaltó de inmediato una andanada de ruido: gritos y cantos que llegaban de las distintas mesas, una cacofonía que rebotaba en el techo.

El aire estaba cargado de humo y olor a ginebra.

No sabía dónde mirar primero; los ojos le costaba adaptarlos a la tenue luz que se filtraba por las ventanas mugrientas.

A medida que pasaba junto a cada persona, la miraban de reojo, le echaban un vistazo rápido de arriba abajo y volvían a sus bebidas y conversaciones.

Nate le mantuvo la mano en el hombro, guiándola entre el laberinto de mesas y bancos de madera hacia el fondo de la sala. Las tablas del suelo crujían bajo sus pies, pegajosas de cerveza derramada.

A través del humo brumoso, divisó la mesa más grande, ocupada por varios niños de su edad, quizá incluso más jóvenes.

Algunos llevaban ropa tan harapienta como la de los niños de la calle que había visto antes, mientras que otros vestían ropa relativamente fina, aunque todos compartían las mismas expresiones curtidas por la calle.

Se apiñaban alrededor de la mesa con los rostros animados, atentos al hombre que ocupaba el centro.

En medio de aquella multitud, cual flautista de Hamelín rodeado de niños, estaba sentado un hombre alto y enjuto.

Su piel castaña estaba arrugada y curtida por la intemperie, y sus manos expresivas lucían joyas de latón que tintineaban musicalmente cada vez que gesticulaba.

Una serie de finas cicatrices le cruzaban los nudillos, testimonio de batallas ganadas y perdidas.

Mientras ella lo observaba presidir la reunión, él sonreía a menudo, y ella vislumbraba destellos de dientes de oro en el fondo de su boca, que relucían bajo la luz de las lámparas.

Sus ojos, sin embargo, permanecían agudos y vigilantes, sin perderse nada a pesar de su aparente jovialidad.

Aquel, comprendió con una mezcla de fascinación y miedo, debía de ser Mick Cutter, el hombre que inspiraba tal respeto en Nate. Entendía por qué: incluso sentado, emanaba un aire de autoridad, como un muelle en tensión a punto de saltar.

Mick levantó la vista y saludó brevemente a Nate, aunque sus ojos se clavaron de inmediato en Josephina, que se sintió como un espécimen bajo examen. —Nate, hijo mío, ahí estás —dijo sin apartar la mirada de ella—. ¿Y quién es esta?

—Qué hay, Mick, esta es Jo —respondió Nate, apretándole ligeramente el hombro—. La saqué de un apuro ahí fuera y pensé que le vendría bien una mano amiga. —Lo dijo como si lo tuviera ensayado, como si hubiera hecho presentaciones similares muchas veces.

—Bueno, echar una mano es nuestra especialidad, ¿verdad, niños? —dijo Mick, desplegando sus dedos enjoyados en un gesto teatral.

—Sí, Mick —corearon al unísono, con voces cargadas de una devoción casi religiosa. Josephina sintió que una docena de pares de ojos se clavaban en ella y la estudiaban de cerca, algunos curiosos, otros hostiles.

—Ahora bien, queridos míos —dijo Mick a los niños—, haced sitio, demos la bienvenida a Jo. —Varios de ellos se movieron a regañadientes y el banco de madera crujió bajo su peso; ella tomó asiento en el borde de la mesa.

—Y bien, ¿de dónde eres, Jo? —preguntó Mick, inclinándose ligeramente hacia delante. La pregunta parecía casual, pero sus ojos seguían siendo calculadores.

Josephina no quería revelar nada sobre su pasado; se le endurecieron los ojos y apretó la mandíbula con terquedad.

Mick no se perdió nada, observándola de cerca.

—No te preocupes —dijo con suavidad, recostándose de nuevo—, aquí todos somos amigos.

No necesitamos saber los detalles todavía.

Ahora, apuesto a que tienes hambre, ¿verdad?

Niños, vaciad los bolsillos. Vamos a ver qué hay.

Uno por uno, los niños vaciaron los bolsillos sobre la mesa con movimientos practicados y precisos.

Pronto se amontonó en el centro un pequeño surtido de artículos: dos hogazas de pan aún calientes del estante de algún panadero, tres o cuatro manzanas con el brillo del escaparate apenas empañado y, para sorpresa de Josephina, uno de los chicos sacó un jamón entero envuelto en muselina de debajo del abrigo.

Solo el jamón habría costado más que el jornal de una semana de un trabajador honrado.

—Vaya, todo un festín —dijo Mick con una sonrisa—. Dejemos que nuestra nueva visitante elija primero. Aquí tienes, Jo, sírvete.

Josephina cogió una manzana con cautela y arrancó un trozo de pan de una de las hogazas. Comió con hambre, consciente en todo momento de que Mick la observaba, pendiente de cómo se desenvolvía. La manzana estaba dulce, y el pan aún bastante fresco como para soltar vapor cuando lo partió.

—Pareces fuerte —dijo Mick tras un momento, con voz pensativa—. Me atrevería a decir que podría encontrarte algo de trabajo: hacer algunos recaditos y esas cosas. —La forma en que dijo «recaditos» dejaba claro que había mucho más que simples mensajes—. ¿Crees que puedes con eso?

Ella asintió en silencio, procurando mantener el rostro impasible, y Mick pareció satisfecho. —Entonces me atrevería a decir que nos vamos a llevar muy bien, Jo —dijo, dándose palmadas en los muslos—. Muy bien, desde luego.

Los otros niños observaron el intercambio con miradas cómplices, y Josephina no pudo quitarse de encima la sensación de que acababa de aceptar algo mucho más importante de lo que era consciente.