La vecina del 4ºB Capítulo 36 El clic
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Capítulo 36 El clic

El clic del cuarto de Elena era la tortuga.

Duarte y yo entramos a la vez, con las linternas, y el agente se quedó en el pasillo.

En la mesilla, junto al marco de plata, la lámpara estaba encendida.

Proyectaba sobre el techo un cielo verde y torpe de estrellas desiguales, y el cable de tela llegaba a un enchufe de baquelita con una grieta de arriba abajo.

—Está pelado por dentro —dijo Duarte, agachándose sin tocarlo—. Con el calor de la tarde se dilata, hace contacto y se enciende. Luego salta el térmico y se apaga con un clic. Pasará varias veces al día.

—¿Treinta y un años?

—Treinta y uno, y nadie la ha enchufado a una pared que no fuera esa. —Se incorporó—. Un electricista lo ve en medio minuto.

Pilar nos miraba desde la puerta, apoyada en el bastón. Se llevó la mano a la boca y se rio con un sonido corto, entre sorprendido y herido.

—Pensé que era ella —dijo—. Todo este tiempo, cuando se encendía sola, pensé que era mi niña.

Nadie contestó. Duarte desenchufó la lámpara con un bolígrafo y el cielo verde se apagó de golpe. Esa noche dormimos las tres en el 4ºB. Lucía, en la cama de colcha rosa, con Coronel y con una luz de enchufe nueva que Consuelo subió a las diez, comprada en la tienda de un euro de la esquina.

* * *

Lo demás fue papel.

Álvaro declaró cuatro horas y se fue a casa con su abogado.

La clínica de la carpeta existía, y el doctor también.

Duarte habló con él por teléfono: Álvaro lo había citado en el 4ºB a las seis y media «para una valoración informal de una persona de su entorno».

Se quedó esperando una llamada que nunca llegó.

Al día siguiente el juez dictó una orden de alejamiento provisional y suspendió la evaluación psicológica «hasta la práctica de las diligencias pendientes».

Nerea me leyó la frase por teléfono con una voz que no le conocía, algo que podría confundirse con alivio.

—No es una victoria —dijo enseguida—. Es una pausa. Lo de las llaves y la línea lo explicará con tres papeles y un cliente anónimo. El volcado de la cuenta tardará meses. Pero la custodia ya no se decide con la palabra de una mujer cansada. Se decide con pruebas, y eso es lo que queríamos.

—¿Y la analítica?

—La del pelo está en el laboratorio. Dos semanas. —Una pausa—. Marta, sea lo que sea lo que salga, no cambia lo demás.

Begoña me dio un mes de permiso sin que lo pidiera.

Sara se llevó a Lucía y a Irene al parque el sábado y volvió con las dos dormidas en el coche.

Cuando me las devolvió me dijo, sin que yo preguntara, que por fin había dormido una noche entera, y que quería que yo también.

Ferran dejó una caja de herramientas en mi rellano con una nota: Por si hay que cambiar algo más.

F. Amparo me paró en el portal, con el pelo violeta recién hecho, y me dijo «perdóname, hija», sin añadir nada.

Yo le dije que no había nada que perdonar, y casi era verdad.

El cerrajero vino al noveno día, el de la cita. Cambió el bombín de mi puerta, el del portal y el del buzón, y me entregó tres llaves nuevas, sin grabado, con un recibo a mi nombre que firmé con pulso firme.

La analítica llegó la víspera del buzón. Nerea me la leyó por teléfono con voz de abogada: el pelo, analizado por tramos, mostraba restos de una sustancia sedante en los dos más antiguos, los que cubrían los meses hasta que dejé su casa, y nada en el más reciente.

—Es compatible con una exposición que terminó cuando dejaste de vivir con él —dijo—. No dice quién ni cómo, y tampoco explica las fotos, que siguen. Pero ya no se puede decir que duermes mal porque estás enferma.

Colgué y me bebí un vaso de agua del grifo, sin limón, despacio, como quien comprueba que el agua es solo agua.