La vecina del 4ºB Capítulo 37 Duerme bien
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Capítulo 37 Duerme bien

Tres semanas después, un martes, Duarte llama a mi puerta a las ocho menos cuarto.

—Vengo a llevarte a firmar la ampliación de declaración —dice, con dos cafés de máquina en las manos—. Y a pedirte un favor, si no te parece mal. Quiero ver el buzón nuevo funcionando.

—¿Para qué?

—Porque desde que se cambiaron las cerraduras, nadie ha vuelto a dejarte nada. Y a mí me gusta saber que las cosas se han acabado de verdad.

Lucía ya está en el colegio, con Sara. Bajamos juntas las escaleras. En el cuarto, la puerta del 4ºB está abierta y se oye una radio muy baja. Pilar se asoma con el delantal puesto y levanta la mano. Le devuelvo el saludo, y es un saludo de las dos, sin sombra.

En el portal, Consuelo barre un suelo que ya está limpio. La cámara nueva, un ojo negro encima del buzón, parpadea con una lucecita verde.

Saco la llave. La meto en el buzón del 4ºA y la portezuela cede a la primera, sin atascarse, sin hacer fuerza.

Dentro hay un sobre.

Sin sello, sin remitente. Con el número escrito a rotulador negro, 4ºA, y la tinta un poco corrida en la esquina.

Se me detiene el corazón. No como en los libros, un golpe seco, sino de otra manera: despacio, como un reloj que se acuerda de repente de que tiene que pararse.

—Marta —dice Duarte, a mi lado.

—Lo veo.

—¿Qué ves?

Lo cojo. Con la mano desnuda, olvidadas las pinzas en el bolso, olvidado todo menos la certeza de que pesa. Lo abro con el dedo, rasgando el borde. Dentro hay una fotografía, en papel brillante, con el filo un poco doblado.

Es mi dormitorio.

Está hecha desde los pies de la cama, a oscuras, con el flash apagado y la luz verdosa de una farola entrando por la persiana. Yo duermo de lado, con un brazo bajo la almohada y la boca entreabierta. En la mesilla, junto al reloj, hay un vaso de agua con una rodaja de limón.

Hace tres meses que no tomo agua con limón. Hace tres semanas que duermo sola.

En la esquina de la foto, en tipografía de cámara, una hora: 03:14.

Le doy la vuelta. A lápiz, con letra pequeña y cuidadosa, hay una línea:

Duerme bien.

No duerme bien. Duerme bien. Alguien que durante meses se ocupó de que yo durmiera, y que ahora ya no soporta que despierte.

—Marta. —Duarte me pone una mano en el hombro. Habla muy suave, con el tono de quien se acerca a un animal asustado—. Dame el sobre.

Se lo doy. Ella mira dentro, lo vuelve del revés y lo agita sobre la palma abierta. Tarda un segundo.

—No hay nada, Marta.

La miro. Miro el papel brillante en su mano, mi cara de dormida, la luz de la farola, el limón en el vaso.

—Claro —digo.

Duarte me observa un momento más. Después guarda el sobre en una bolsa de pruebas, saca el móvil y empieza a escribir un mensaje con el pulgar, despacio, sin quitarme ojo de encima.

Yo me quedo quieta en el portal, con la cámara nueva parpadeando sobre mi cabeza y la puerta de la calle abierta al sol. Bajo la vista a mi mano derecha, la que ha rasgado el borde del sobre.

En la yema del pulgar hay una mancha gris, brillante, fina como un óvalo. Y dentro de ella, curvándose hacia el centro, las líneas de una huella.