La vecina del 4ºB Capítulo 35 Tapa roja
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Capítulo 35 Tapa roja

Los tres golpes todavía están en el aire cuando se abre la puerta del 4ºB.

No entra nadie corriendo. Duarte aparece en el umbral con la placa en una mano y la otra a la vista, y detrás de ella el agente joven, que ocupa el marco entero. Consuelo se asoma por encima de su hombro con la rebeca verde mal abrochada y la boca apretada.

—Buenas tardes —dice Duarte, con la voz de quien llega a una reunión de vecinos—. Perdonen la interrupción. Señor Cortés, ¿verdad?

Álvaro tiene todavía la mano en el picaporte y el móvil de tapa roja pegado al pecho. Lo baja despacio, lo deja caer a un costado y sonríe.

—Sí. ¿Pasa algo?

—Eso quería preguntarle yo. —Duarte da un paso dentro—. ¿Le importa que veamos ese teléfono?

—Es de un cliente. Me lo dejó en el despacho y se me olvidó devolverlo. —Lo dice con una naturalidad perfecta—. Suena cada dos por tres. Ya estaba pensando en llevarlo a su dueño.

—¿Cómo se llama el cliente?

—Preferiría no decirlo. Hay secreto profesional.

—Claro. —Duarte saca su propio móvil—. Entonces no le importará que hagamos una prueba muy pequeña.

Marca un número sin mirar la pantalla. Lo sabe de memoria.

Durante dos segundos no pasa nada. Después, en la mano de Álvaro, el aparato se enciende con un zumbido seco y una luz azul le ilumina la barbilla. Vibra contra su palma, una vez, otra, con la insistencia de una llamada que no se va a cansar.

Nadie habla. Pilar se ha llevado las manos al pecho. Yo noto cómo me late la sangre en las orejas.

—Esa línea —dice Duarte, cortando la llamada— está dada de alta con el DNI de un señor de Albacete que no sabe lo que es una tarjeta SIM. Y el correo de contacto es el de una cuenta que usted administra desde hace siete años.

—Lo sé. —Álvaro asiente, grave, casi triste—. Marta me ha estado mandando mensajes desde ese número. Pensé que era un teléfono suyo. Me lo he guardado por si había que enseñárselo a un juez.

Es una mentira nueva, hecha en el momento, con las costuras casi invisibles. Casi.

* * *

—Eso se puede comprobar —dice Duarte.

—Compruébelo.

—Lo haremos. Pero necesito el aparato.

—Con orden judicial. —Sonríe—. Ya sabe cómo funciona.

—Con autorización de la propietaria del domicilio, también. —Duarte vuelve la cabeza hacia Pilar—. Señora Sanz, ¿ese objeto es suyo?

—No. —Pilar se levanta, apoyándose en el bastón—. Pero es un objeto que ha entrado en mi casa sin que yo supiera lo que era. Y, desde ayer, yo quiero saber lo que entra en mi casa.

Es una respuesta pequeña, jurídicamente discutible, que su dueña pronuncia con la dignidad de una reina. Duarte hace una seña breve. El agente cruza la cocina en tres pasos y le tiende la mano abierta a Álvaro.

Álvaro lo mira. Después me mira a mí. Es una mirada larga, sin rencor ni sorpresa, la de un hombre que repasa mentalmente todo lo que ha hecho bien y no entiende en qué punto del camino ha salido torcida la cuenta.

Pone el teléfono en la mano del agente.

—Hacéis mal —dice—. Pero lo entiendo. Marta está muy agotada, y alguien tiene que cuidarla.

Es la misma frase de siempre y ya no me atraviesa. La oigo como se oye un disco rayado.

* * *

El agente descuelga el abrigo gris del respaldo de la cuarta silla.

Lo sostiene con las dos manos y lo palpa con el cuidado de quien ha hecho muchas veces ese gesto.

En el bolsillo derecho encuentra un pañuelo y un par de guantes.

En el izquierdo, una cajita plana de plástico negro, del tamaño de una cajetilla de tabaco.

Tiene una luz roja encendida.

—Duarte.

Duarte la coge. La gira. Pulsa un botón y la luz parpadea dos veces antes de apagarse.

—Una grabadora —dice—. Con diecinueve minutos de grabación.

Nadie se mueve. Pilar mira la cajita con una expresión que no sé leer. Consuelo se ha llevado la mano a la boca.

—Para que constara que nadie forzaba nada —dice Álvaro. Es la primera vez que le noto cansancio en la voz—. Lo hablé con mi abogado. Una reunión así, con una persona en el estado de Marta, tenía que quedar registrada. No le dije nada para no ponerla nerviosa.

Es un argumento razonable. Es el mismo que yo habría usado, con mi propia grabadora en el bolsillo de la chaqueta. Me sorprende descubrir que, en vez de culpa, siento una calma muy fría. Dos aparatos escuchando una cocina, cada uno para usarse contra el otro.

—Entonces lo oirá un juez —dice Duarte, guardando la cajita en una bolsa de pruebas—. Todo. Lo suyo y lo de la señora Ibáñez.

—Es lo que quiero.

—Perfecto. Porque hay un fragmento que me interesa especialmente. —Mira el reloj—. El de hace cuatro minutos, cuando usted ha dicho que sabía lo de una lámpara que nadie le había contado.

Álvaro no responde. Lo único que se mueve en su cara es un músculo muy pequeño, junto a la mandíbula, que se tensa y se afloja una sola vez.

* * *

No lo detienen. Esa es la parte que más me cuesta entender, de pie en la cocina con el corazón aún acelerado. Duarte le pide que la acompañe a declarar y le lee unas palabras en un tono casi cortés, y Álvaro asiente y recoge sus guantes con la tranquilidad de quien vuelve de una comida de negocios.

—Llamaré a mi abogado desde el coche —dice.

—Como quiera.

Se detiene un momento delante de mí. Estamos a medio metro, con la mesa de las cuatro tazas entre los dos. Podría decirme cualquier cosa. Podría pedirme perdón, o acusarme, o suplicar. Se limita a mirarme con una especie de ternura agotada.

—Cuídate, Marta —dice.

Y añade, muy bajito, con una sola palabra que ya no puede dañarme, aunque lo intenta:

—Tranquila.

Alarga la i. La alarga exactamente como yo.

Lo veo salir al rellano entre el agente y Duarte, con el abrigo en el brazo, y bajar las escaleras con el mismo paso tranquilo de la primera noche. En el portal se abre una puerta, se cierra un coche. Después el edificio vuelve a su silencio de madera y de tuberías.

* * *

Pilar se deja caer en una silla. Tiene la cara gris y los ojos secos, y me coge la mano por encima del mantel.

—Esta noche duermes aquí —dice—. Tú y Lucía. En el cuarto de Elena, si quieres. No tiene por qué ser para siempre.

No contesto. Me quedo mirando el sobre de estraza, con el Sra. Sanz. 4ºB a lápiz, y las cuatro tazas llenas de tila fría.

Duarte vuelve a subir veinte minutos después. Se queda en el umbral con una bolsa en cada mano y esa cara de los lunes que no es de cansancio, sino de método.

—Dos cosas —dice—. La primera: voy a tardar semanas en tener algo firme. Los teléfonos hay que analizarlos, la línea hay que rastrearla, y su abogado dirá que todo esto son casualidades. Y la segunda…

Se detiene. Ladea la cabeza hacia el fondo del pasillo, como quien oye algo que conoce.

—La segunda es que acaba de sonar un clic en el cuarto de la niña, y ahí dentro no hay nadie.