La vecina del 4ºB Capítulo 34 La lámpara de Cuenca
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Capítulo 34 La lámpara de Cuenca

Nadie toca la tarta.

Álvaro ha dejado el cuchillo sobre el plato con un gesto lento. Pilar sigue de pie junto al fregadero, con la tetera en las manos, y yo cuento mi propia respiración: cuatro, sostengo, cuatro. El móvil contra mi costado graba el silencio.

—Perdona, Álvaro —dice por fin Pilar, y deja la tetera sobre el mármol—. Voy a por unas servilletas buenas. Estas son de papel y no están a la altura.

No es verdad. Sobre la mesa hay servilletas de tela, planchadas, dobladas en triángulo.

Lo ve él también, porque la mira un segundo de más.

Pero sonríe, asiente, dice «no se moleste», y ella ya está en el pasillo, con el bastón nuevo golpeando el parqué a un ritmo que no es el de una mujer que busca servilletas.

La oigo abrir una puerta. No es la del aparador. Es la gruesa, la del fondo.

Álvaro y yo nos quedamos solos con las cuatro tazas.

—Está más delicada de lo que parece —dice, mirando hacia el pasillo—. Deberías cuidarla.

—Lo intento.

—Ya lo sé. Siempre lo has hecho. Con todo el mundo menos contigo.

Es una frase que habría funcionado hace un año. Ahora la dejo pasar sin tocarla.

* * *

Pilar tarda cuatro minutos en volver. Vuelve despacio, sin servilletas, con una mano en el bastón y la otra cerrada contra el pecho. Se detiene en el umbral de la cocina.

—Perdonad. Me he entretenido.

Se sienta en su sitio, frente a mí. Abre la mano sobre el mantel.

Es un sobre pequeño, de papel de estraza, arrugado en una esquina, con un lado rasgado a mano. Reconozco el color antes de reconocer nada más. Es el que me describió en el hospital, el que apareció en su buzón con una llave dentro.

—La nota se la llevaron —dice ella, con una voz muy fina—.

Del cuaderno de Elena, donde yo la tenía.

Pero el sobre no. El sobre lo había tirado a la basura el día que lo abrí, y esta mañana, cuando he vuelto, lo he buscado entre los papeles de la cocina, y estaba.

Alguien lo recogió y lo dejó en el cubo de reciclaje, aplastado.

—¿Quién? —pregunta Álvaro, con una curiosidad cortés.

—No lo sé. —Pilar no lo mira—. Pero me ha parecido que debía enseñároslo.

Le da la vuelta. En el anverso, escrito a lápiz con letra pequeña y cuidadosa, hay una línea:

Sra. Sanz. 4ºB.

Es la letra de las fotos y de la nota de Lucía en la fiambrera. La de la g con el rabo largo y las t cruzadas en el aire. Lo sé sin comparar, sin sacar nada del bolso. La tengo grabada.

Álvaro se inclina, con una atención amable, y lee.

—Es una letra muy bonita —dice.

—¿Te suena? —pregunta Pilar.

—Me suena a la de Marta. —Lo dice sin levantar la cabeza, con una dulzura que me corta el aire—. Siempre ha tenido una letra muy parecida a la mía. Quince años escribiéndonos notas en el frigorífico. Cualquiera nos confundiría.

Y entonces se vuelve hacia mí, despacio, con la ternura de quien no quiere hacer daño y no tiene más remedio.

—Marta, ¿esto lo has escrito tú?

Es la pregunta perfecta. No me acusa. Me da la salida de explicarme, delante de una testigo, con la grabadora de mi propio bolsillo escuchando mi respuesta. Si digo que no, parezco la mujer que no recuerda. Si digo que no lo sé, parezco la mujer que no sabe.

Cuento hasta cuatro.

—No —digo—. Pero conozco muy bien esa letra.

Es todo lo que me permito. Lo veo en la comisura de su boca, en el parpadeo que no llega a ser un parpadeo: espera más. Esperaba que dijera es tuya. Esperaba que lo señalara con el dedo, que me enfadara, que levantara la voz. Y yo me limito a mirarlo.

* * *

—Álvaro —dice Pilar.

—Dígame.

—Usted sabía lo de la lámpara de Cuenca.

—Ya se lo he explicado.

—No. No me lo ha explicado. —Se le quiebra la voz, pero no se detiene—.

Yo compré esa lámpara en Cuenca en el año ochenta y seis.

Estaba Elena conmigo. La única que lo sabía era mi marido, y murió hace seis años.

Y esa niña, mi niña, murió con la lámpara encendida, y yo la guardé en su cuarto, y nadie en este mundo la ha visto desde entonces salvo Marta, a quien se lo conté yo el sábado, en ese cuarto, a solas.

—Entonces se lo habrá contado Marta —dice Álvaro, y se vuelve hacia mí con una pregunta amable en la cara.

—No se lo he contado a nadie —digo.

Es verdad. Lo único que lo oyó fue mi móvil, guardado en el bolsillo de mi chaqueta, con una sesión abierta que no era mía.

Pilar no aparta los ojos de mí.

—Se lo dije a alguien más. Una vez. En la cocina de mi casa, a la una de la madrugada, con la puerta abierta y una tila en la mano.

—Se le llenan los ojos de agua—. A ti. Me lo dijiste tú, cariño.

O creí que eras tú. Eras tú, hablando en voz muy baja, y yo te conté todo lo de Elena, la lámpara, la excursión, la meningitis. Y tú me dijiste: Tranquila, Pilar.

El aire de la cocina se me vuelve de plomo.

—No fui yo —susurro.

—Ya lo sé. —Pilar sonríe, con los ojos llenos de agua—. Hoy lo sé. Tenías el pelo suelto y el camisón azul, pero hablabas con voz de hombre. Y yo no quise verlo, porque a las doce de la noche una quiere creer que le hablan con cariño.

Álvaro no se mueve. Tiene las manos apoyadas en el mantel, a ambos lados de su taza intacta, y la sonrisa en la cara como una máscara colocada con cuidado. Lo miro. Es la primera vez en cuatro meses que le veo los ojos sin nada dentro.

—Pilar —dice, con una voz muy suave—, usted ha sufrido un envenenamiento por gas. Los médicos lo dijeron. Hay confusión, hay recuerdos que se mezclan. Nadie la culpa.

—Nadie me culpa —repite ella.

—Exacto.

—Qué amable.

* * *

Sobre el respaldo de la cuarta silla, la vacía, cuelga el abrigo gris de Álvaro, con el cuello doblado hacia fuera. Se lo quitó al entrar, con esa elegancia suya de dejar la ropa donde cae bien, y yo no he vuelto a mirarlo hasta ahora.

Del bolsillo interior, bajo la solapa, sale un zumbido.

Es un sonido corto, seco, el de un aparato pequeño que vibra contra un forro. Se detiene. Vuelve a empezar. Una luz azulada se filtra por el hilo del bolsillo, de un lado a otro, como un latido.

Álvaro se levanta. No muy deprisa. Con la naturalidad de quien se acuerda de pronto de algo que tiene que contestar.

—Perdonad un momento. Es del trabajo.

Se acerca al abrigo, mete la mano en el bolsillo y saca un móvil pequeño, de los de antes, con la tapa roja del color de las libretas de contabilidad.

La pantalla se ilumina en su palma. Alcanzo a ver, antes de que la gire, un número sin nombre y, debajo, las dos últimas cifras en un tamaño de letra enorme, de esas que sirven para que una persona mayor no se equivoque.

41.

Lo ha sacado él mismo. Lo ha sostenido a veinte centímetros de mi cara. Y yo, que llevo semanas sin dormir, sin recordar tardes enteras y sin fiarme de mis propios ojos, no tengo ninguna duda sobre lo que acabo de ver.

—Contesto fuera —dice, ya con el aparato pegado al pecho.

No llega a la puerta.

Desde el rellano, contra la pared que comparte el 4ºB con el 4ºA, suenan tres golpes secos, regulares, dados con el puño cerrado. No son los nudillos de nadie que pida permiso. Es una portera de veintidós años de oficio avisando a quien espera abajo.

Álvaro se queda con la mano en el picaporte.

Y, por primera vez desde que lo conozco, tarda más de un segundo en saber qué cara poner.