Capítulo 33 Cuatro tazas
Pilar llega a las cinco menos veinte, en el coche de Consuelo, con una bolsa de plástico del hospital en una mano y un bastón nuevo en la otra.
Sube despacio, escalón a escalón, con Ferran detrás cargándole una maleta que no pesa.
Yo la espero en el rellano del cuarto, con el móvil en el bolsillo de la chaqueta y la grabadora encendida desde hace una hora.
—Marta, cariño. —Me coge las dos manos con las suyas, frías y secas—. Qué guapa estás. ¿Y Lucía?
—En casa de Sara.
—Mejor. —Baja la voz—. Mejor así.
Consuelo me mira por encima de su hombro y asiente una sola vez. Es la señal que acordamos en el portal: Duarte y el agente están en un coche azul frente al edificio, con la ventanilla bajada. Si grito, o si Consuelo golpea tres veces la pared del rellano, suben.
Esta mañana, antes de la reunión, le he llevado a Duarte un mechón de mi pelo, cortado cerca de la raíz, y le he contado lo del vaso con limón de todas las noches. No ha hecho ningún gesto. Solo ha anotado, y ha dicho que se manda a analizar.
Es un plan pobre y es el único que tenemos.
* * *
Álvaro llega a las seis menos un minuto.
Lo oigo antes de verlo: sus pasos tranquilos en la escalera, el pasamanos de hierro que suena con el roce de una mano.
Sube con una bolsa de pastelería en la izquierda y un ramo pequeño de flores amarillas en la derecha, y se detiene en el último peldaño para recuperar el aliento con una sonrisa casi tímida.
—Perdonad la entrada. Es que no sabía qué traer.
Pilar le abre la puerta del 4ºB sin dudar. Lo recibe con las manos juntas, con una sonrisa que no le llega a los ojos.
—Pase, pase. Qué detalle.
—Marta. —Se vuelve hacia mí y me da un beso en la mejilla que me deja un olor a jabón de afeitar que reconocería en cualquier parte—. Gracias por venir.
Entro la última. El piso de Pilar huele a lavanda y a papel recién abierto, y me doy cuenta de que alguien ha ventilado a fondo. La cinta ya no está. Sobre la mesa de la cocina hay cuatro tazas de porcelana con filo dorado, un azucarero y una tetera. Cuatro.
—Álvaro me llamó anoche y me dijo que vendría un doctor, un amigo suyo —dice Pilar, y se le escapa una risita nerviosa—. Por eso he puesto cuatro tazas.
La llamó él a ella, entonces. No al revés. Lo anoto en un rincón de la cabeza donde ya caben pocas cosas.
—Se habrá retrasado —dice Álvaro, que ha oído, sin mirar a nadie.
Nos sentamos. Pilar frente a mí, Álvaro a mi izquierda, la cuarta silla vacía al fondo. Sirve la tila con mano temblorosa. Álvaro corta la tarta de manzana en cuatro porciones iguales, con un cuchillo de untar que reconozco, el mío, el del cajón de mi cocina, y lo deja en el plato sin comentarlo.
Pienso en cómo habría llegado ese cuchillo hasta aquí. Pienso en que Lucía me pidió prestado uno la semana pasada para un experimento con plastilina.
No pruebo la tarta ni la tila.
* * *
—Quiero empezar pidiendo perdón —dice Álvaro, con las dos manos apoyadas en la mesa—. A las dos. He sido torpe, he reaccionado mal y he dejado que los abogados hablen por mí. Y esto no es lo que quiero.
—¿Qué quieres? —pregunto.
—Que estemos bien. —Me mira con una ternura que casi me hace dudar—. Lucía lo necesita. Tú lo necesitas. Y Pilar, que ha pasado por un susto enorme, necesita tranquilidad.
—Es verdad —murmura Pilar.
—He hablado con un especialista —sigue él, sacando una carpeta fina del bolsillo interior del abrigo—.
Una clínica en la sierra, muy discreta, de descanso.
No es un ingreso psiquiátrico, no te asustes.
Es una estancia voluntaria de dos o tres semanas, con sueño supervisado y revisión médica.
Si aceptas, retiro la evaluación y el procedimiento queda en suspenso.
Lucía se queda conmigo ese tiempo y luego volvéis a casa.
Deja la carpeta sobre el mantel. Dentro hay un formulario con un membrete que no conozco y una línea de firma al pie.
—No tienes que decidir hoy —añade—. Pero me ha parecido que, con Pilar como testigo de que esto lo planteamos en buena fe…
—¿Como testigo? —repito.
—Si no te importa, Pilar. Solo para que conste que nadie ha forzado nada.
Pilar abre la boca, y la cierra. Tiene los ojos fijos en la carpeta.
Mi móvil, en el bolsillo, graba cada palabra. Lo noto contra el costado como una piedra tibia. Duarte me lo dijo: no confrontes, deja que hable. Respiro por la nariz, cuento hasta cuatro.
—Lo voy a leer con mi abogada.
—Claro. Es lo sensato. —Sonríe, y retira la carpeta con un gesto amable—. Quédatela. Y hazme un favor: no la enseñes antes de pensarlo. Estas cosas se leen distinto cuando una está cansada.
Es una frase redonda, cálida, con una sola arista oculta dentro. Cuando una está cansada. La he oído esta semana de Begoña, de Nerea, de la doctora Lasa, de Amparo. La he oído tantas veces que ya no sé si me la decían a mí o si me la estaba diciendo yo.
* * *
Pilar se levanta a rellenar la tetera. Álvaro aprovecha para mirar a su alrededor, con la curiosidad educada de quien visita una casa ajena. Sus ojos recorren el aparador, los marcos de plata, el pasillo.
—Qué bien conservado está todo —dice—. Se nota que lo ha cuidado con mucho cariño.
—Veinte años de encerar —responde Pilar desde el fregadero, sin volverse.
—Y esa habitación del fondo, ¿es donde duerme?
—No. Es de mi hija.
—Ah. —Baja la voz, con respeto—. Perdone. Es un cuarto que impone.
—Lo guardo como era.
—Es lo que se hace. —Asiente despacio—. Como esa lámpara de la tortuga, la de Cuenca. Se ve que le tiene usted un cariño especial.
Pilar se queda inmóvil, con la tetera en la mano y el agua cayendo sobre el borde.
No he dicho una palabra de esa lámpara delante de él.
Nunca la he descrito, ni la he nombrado, ni he contado dónde la compró Pilar.
Lo supe aquel sábado, en el cuarto de Elena, con Lucía a quince kilómetros de allí, en casa de su padre, y sin más testigo que Pilar y mi propio móvil, guardado en el bolsillo de la chaqueta, con una sesión abierta que no era mía.
Y Pilar tampoco ha dicho nada, o eso creo. Hace una semana que no hablo con ella a solas más de tres minutos. No he oído su teléfono. No sé qué ha podido decirle, ni cuándo.
Se vuelve despacio. Está muy pálida, con los labios apretados, y me mira a mí, no a él.
—Yo no le he hablado nunca de la tortuga —dice, en un hilo de voz.
Álvaro la mira con una sorpresa perfecta, medida, sin un milímetro de más.
—Me lo habrá contado Lucía, Pilar. Los niños cuentan todo.
—Lucía no sabe lo de Cuenca.
—Entonces lo habré leído en alguna parte. —Se ríe con suavidad—. Ay, a veces mezclo las cosas. Perdóneme. Es que últimamente duermo muy poco.
Es una disculpa tan limpia, tan humana, que durante tres segundos me siento mal por haberla dudado.
Después miro la taza de tila que Pilar me ha servido, intacta, con una película clara en la superficie.
Miro la cuarta silla, vacía. Y entiendo que este hombre, que sonríe y se disculpa, acaba de cometer el primer error en cuatro meses, y que lo ha cometido porque sabe que, aunque lo cometa, nadie podrá demostrarlo.