La vecina del 4ºB Capítulo 32 La misma mano
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Capítulo 32 La misma mano

Duarte me recibe de pie, con la puerta del despacho cerrada y dos papeles sobre la mesa, uno al lado del otro, como quien enseña un mapa.

—Siéntate. Lo que te voy a decir no es una acusación. Es lo que hay.

Me siento.

—La línea terminada en 41 es una tarjeta de prepago contratada hace siete meses en un locutorio. El titular es un tal Hugo Salvat. —Lo dice mirándome—. ¿Te suena?

—No.

—A nadie le suena. El DNI es de un hombre de sesenta y tres años, que vive en Albacete y no sabe lo que es una tarjeta SIM. Se lo perdió o se lo copiaron. Hasta ahí, un fraude corriente.

—¿Y qué más?

—Que para recibir las facturas electrónicas y los avisos de recarga, la línea tiene un correo de contacto. —Desliza el segundo papel hacia mí, con una dirección subrayada—. ¿La reconoces?

La reconozco antes de leerla entera. Es la cuenta de la familia, la de las fotos de Lucía y la agenda compartida, con el nombre de Álvaro y el apellido que yo también llevé siete años. Siento como si me quitaran de golpe el suelo de debajo de la silla.

—Esa cuenta la administra él.

—Lo sé. —Duarte apoya los dedos en el borde de la mesa—.

Hay más. La operadora nos ha dado las celdas a las que se conectó el teléfono.

El 19 de mayo a las 14:08, la llamada que recibiste, el aparato estaba a doscientos metros del despacho de tu exmarido.

La noche del sábado de los setenta y dos minutos, a las 03:11, estaba conectado a la antena que cubre tu calle. Y anteanoche, a las 23:51, a la misma.

No puedo hablar.

—Marta, voy a ser muy clara, porque creo que lo prefieres así.

Esto es una cadena de indicios, no una prueba.

Un abogado dirá que alguien usó su correo, que cualquiera con acceso a la cuenta pudo dar de alta la línea, y que las celdas cubren varios portales.

Y esa persona con acceso a la cuenta, lo sabes, también eres tú.

—Lo sé.

—Pero el conjunto señala a una dirección, y no es la tuya. —Se endereza—. Voy a pedir al juzgado el volcado de esa cuenta y de los dispositivos asociados. Mientras, no hagas nada. No le llames ni le escribas, y no le preguntes por nada de esto. Si él sospecha que lo sabemos, borrará lo que pueda.

* * *

Salgo de la comisaría y no voy a casa. Voy a la de Sara, a recoger a Lucía, y me aguanto las lágrimas hasta el segundo piso para no soltarlas delante de una niña de ocho años.

Esa noche, con Lucía dormida, abro su mochila para preparar el desayuno de mañana. Entre el estuche y un cuaderno de dibujos hay un papel doblado. Lo conozco: una de las notas que Álvaro le deja en la fiambrera cuando le toca a él, con un corazón y dos líneas.

Para Lucía. Que tengas un día fantástico, mi vida. Papá.

Lo extiendo bajo la lámpara de la cocina. Es letra pequeña, cuidadosa, de trazo recto. La g de «día fantástico» tiene el rabo un poco más largo de lo normal. Las dos t de «fantástico» están cruzadas en el aire, sin tocar el palo, como si la mano hubiera ido más deprisa que la cabeza.

Saco del bolso la foto que Duarte me permitió quedarme, la que hice del dorso de la segunda fotografía, con el No duerme bien a lápiz.

Las pongo una junto a otra.

No tengo que buscar parecidos. Son la misma mano. Reconozco hasta la pequeña duda al empezar la d, el punto de la i ligeramente desplazado a la derecha, la manera de apretar el lápiz más al principio de cada palabra que al final.

Durante quince años leí esa letra en notas pegadas al frigorífico, en tarjetas de cumpleaños, en la lista de la compra que me dejaba cuando salía antes que yo.

Aprendí a escribir parecido sin darme cuenta.

Eso explica que el lápiz de las fotos se me pareciera.

O que, siendo suyo, haya sido escrito despacio, con el pulso de quien sabe que la mano de otro lo reconocerá.

Me quedo mucho tiempo sentada, con las dos hojas bajo la luz.

* * *

Me levanto a las doce a por un vaso de agua y me quedo con el grifo abierto.

Un vaso de agua con limón, todas las noches, durante meses, antes de la mudanza. Era un gesto de cariño de los que ya no se agradecen, y yo ni lo pensaba. Me lo bebía de un trago y dormía como una piedra, una piedra con sueños de pasillos largos y de puertas que se abren solas.

No sé qué le ponía, si es que le ponía algo. No tengo cómo saberlo, y no quiero decirle a Duarte una cosa que no puedo sostener, pero mañana se lo diré, y le llevaré un mechón de pelo, cortado cerca de la raíz, por si algo queda.

Lo que sí sé es que esta noche no me he bebido nada que no haya servido yo misma, y que por primera vez en mucho tiempo, cuando me acuesto, no dejo ningún pelo en el marco de la puerta.

* * *

A las ocho de la mañana me suena el móvil.

Álvaro.

Contesto con la voz de siempre, la de quien no sabe nada.

—Buenos días.

—Buenos días, Marta. —Suena tranquilo, casi alegre—.

Solo quería avisarte de que he hablado con mi abogado y que vamos a retirar la solicitud de evaluación, o al menos a suavizarla.

No quiero que esto sea más duro de lo necesario.

Creo que lo mejor es que nos veamos y hablemos las cosas sin intermediarios.

—¿Cuándo?

—Esta tarde, si puedes. En el 4ºB. Pilar vuelve hoy del hospital y me ha pedido que esté, para despedirse de todos como Dios manda. Me hizo mucha gracia, la verdad.

Me quedo con el pulso en las sienes.

—¿Te ha pedido ella?

—Me llamó anoche. —Un silencio correcto—. ¿No te lo ha dicho? Qué raro. Creía que habíais hablado.

No contesto enseguida. Pilar tiene un móvil de tapa. Pilar, anoche, estaba en una cama de hospital con una cánula en la nariz, sin cobertura en esa planta, según Consuelo. Y no sabía el número de Álvaro, que no figura en ningún sitio.

—A las seis —digo.

—Perfecto. Hasta luego, Marta.

Cuelga.

Dejo el teléfono sobre la mesa, junto a las dos hojas de letra idéntica, y me quedo mirándolas hasta que suena la alarma del reloj que me recuerda que Lucía llega tarde al colegio.