Capítulo 31 Para vecina
El compañero se llama Iván y trabaja ahora en la sucursal de Atocha, en un local estrecho entre una zapatería y una tienda de móviles. Lo sé porque el chico de Fuencarral me lo ha escrito en un papel con su letra de molde, con un «dile que va de parte mía» y un número de teléfono que no uso.
Voy en la hora de comer, con el bolso apretado contra el costado y el estómago vacío. Cuando llego, un hombre de unos treinta años afila un cuchillo en el mostrador. Tiene barba corta, una cicatriz en la ceja y la desconfianza amable de quien lleva años atendiendo a gente que ha perdido llaves.
—¿Iván? Me manda un compañero de Fuencarral.
—¿Por lo de las copias de mayo? —Deja el cuchillo—. Me ha avisado. Pasa, que aquí no hay sitio ni para una silla.
Me hace entrar a la trastienda, un cubículo con una estantería de cajas y un olor a metal caliente y a café frío. Saca de un archivador de cartón un taco de recibos amarillos atados con una goma.
—Los guardamos seis meses, por si hay reclamaciones. Nadie los mira nunca. —Busca con el pulgar—. Diecinueve de mayo, cinco y cuarenta y dos, cuatro unidades. Aquí.
Me lo tiende.
* * *
Es un recibo de papel autocopiativo, con una firma abajo a la derecha. Reconozco la firma antes de reconocer nada más. La M abierta, el rabo de la z que me sale siempre demasiado largo. Es mía, pero está hecha con una mano floja, de trazo tembloroso, de quien firma sin mirar.
—¿Te acuerdas de quién vino? —pregunto.
—Me acuerdo de que vino una pareja. —Se rasca la barba—. Yo no suelo acordarme, pero esa tarde fue rara. Ella venía muy callada, como recién despertada de la siesta. Él hablaba por los dos.
—¿Cómo era él?
—Alto. Abrigo oscuro. Educado, de los que dan las gracias dos veces. —Se encoge de hombros—. Dijo que eran los dueños nuevos de un piso y que necesitaban copias para toda la familia. Ella asentía.
—¿Dijo algo ella?
—Una sola cosa. Le pregunté a quién ponía a nombre del recibo y ella contestó: «Pónselo a él, yo no me acuerdo de mi nombre». —Se ríe corto y se arrepiente—. Fue una broma. O eso me pareció. Él se rio y puso «Ibáñez» en la pantalla, con la inicial de ella.
Me quedo mirando el papel hasta que las letras se mueven.
—¿Y tú viste qué llaves eran?
—Dos bombines de seguridad de puerta de piso, uno de buzón y otro de portal. Eran de modelo viejo y la cerradura de la comunidad la tenía él anotada en el móvil. —Hace un gesto con la mano—. Ya sabes, la foto del hierro con el número. Me la enseñó para que le diera la plantilla exacta.
—¿Tenía un móvil con tapa roja?
Iván me mira con curiosidad.
—Sí. De esos pequeños, de los de antes. —Frunce el ceño—. Lo dejó encima del mostrador mientras pagaba, y le sonó. Contestó con un «dime» muy bajo, dándome la espalda. Me acuerdo de la funda porque era del color de las tapas de los libros de contabilidad.
Siento que la sangre me baja de la cabeza.
—Iván, ¿tú podrías reconocer a ese hombre?
—No sé. —Duda—. Hace cuatro meses. Con la gorra del uniforme que llevaba yo… pero me acuerdo de la voz. Grave, pausada.
—¿Y de la mujer?
—De ti, quieres decir. —Me sostiene la mirada con una franqueza que me desarma—. Perdona. Es que la reconozco ahora. Tienes el mismo gesto, el de mirar hacia otro lado cuando alguien te mira.
* * *
Hago algo que no he hecho en semanas: me siento en la caja de cartón más cercana y dejo que las rodillas se aflojen.
—No te lo cuento para asustarte —dice Iván, sentándose enfrente—. Pero mi madre estuvo en una situación parecida con mi padrastro. Se quedaba en blanco algunas tardes. Resultó que le echaba algo en el café.
—No digas eso.
—No lo digo. Lo pienso. Y a ti no te conozco, así que puede estar mal. —Me sostiene la mirada—. Pero si yo fuera tú, preguntaría por el médico que te recetó lo que sea que tomas.
No tomo nada. Abro la boca para decírselo y me detengo.
Lo del café. Lo del té de Pilar. La tila de anoche, la de la bata azul, que dejé en el felpudo sin probar.
La infusión de Sara. Los macarrones que me prepara Álvaro cuando recoge a Lucía y yo llego tarde.
Hace tres meses, antes de la mudanza, un vaso de agua con limón que él me traía todas las noches porque yo no dormía.
El vaso de agua con limón. Lo dejaba en mi mesilla, siempre el mismo, y yo me lo bebía sin pensar.
—Iván, ¿me haces una fotocopia del recibo?
—Es del sistema. No debería.
—Es la única prueba que tengo de que estuve allí.
Lo piensa un momento. Después saca una cámara pequeña de un cajón, coloca el papel bajo la lámpara y dispara tres veces, con el flash apagado.
—Para ti, no para nadie más —dice—. Y pídele a la policía que lo pida formalmente, que si no a mí me despiden.
—Lo haré.
—Hay otra cosa. —Hace una pausa, como si le costara—. En la parte de abajo hay un renglón de observaciones. Me lo dictó él. Yo lo puse porque me lo pidió y me pareció normal.
Giro el papel hacia la luz.
Debajo de la firma, escrito con bolígrafo azul en la letra de Iván, hay una línea más:
Copia extra puerta 4ºB, mismo modelo. Para vecina. Recoge: sr.
Me quedo con la boca abierta. Releo. Vuelvo a leer.
El 19 de mayo yo no sabía quién vivía en el 4ºB. No conocía a Pilar. Nunca había pisado ese rellano. El primer día que subí con las cajas, Pilar apareció con unas lentejas, y fue la primera vez que oí su nombre.
Alguien encargó, cuatro meses antes, una llave para la puerta de una vecina que yo no había visto jamás.
—Iván —digo, y me suena la voz como si saliera de un pozo—. ¿Dijo para qué?
—Dijo que la vecina era mayor y que le daba miedo que se quedara encerrada. Que él se lo había prometido a la familia.
—¿A qué familia?
—A la de ella.
Se hace un silencio con olor a metal. En la tienda de al lado suena una música que no reconozco.
—Perdona —dice Iván—. ¿Te encuentras bien?
—¿El señor tenía acento?
—No. —Lo piensa—. Pero decía «tranquila» a menudo. Se lo dijo dos o tres veces a ella, mientras firmaba. Alargando la i.
* * *
Salgo a la calle sin acordarme de despedirme. Atocha huele a obra y a café quemado. Camino sin rumbo hasta una fuente sin agua y me siento en el borde, con las fotos del recibo abiertas en la pantalla.
Vuelvo a leer Para vecina.
Es la frase que lo cambia todo. Si el 19 de mayo alguien ya planeaba un acceso al 4ºB, la persona que vigila no empezó cuando se separó de mí, ni cuando me mudé.
Empezó antes. Cuando el piso del 4ºA era todavía un anuncio en un portal inmobiliario, y quien lo eligió, quien lo recomendó, quien me dijo es perfecto para vosotras, tranquilo, con una vecina de las de antes…
Me detengo.
Esa frase no la oí en la inmobiliaria. La oí de otra boca, una tarde de abril, con una voz paciente, mientras yo hojeaba un catálogo de pisos en el sofá de casa y alguien me ponía una infusión caliente en las manos.
El teléfono vibra. Es un mensaje de Duarte, escueto como siempre:
Tenemos la titularidad de la línea terminada en 41. Llámame. No se lo cuentes a nadie todavía.