La vecina del 4ºB Capítulo 30 Tranquila
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Capítulo 30 Tranquila

Llamo desde el teléfono fijo de la oficina, el gris con cable que usamos para los clientes, porque es el único aparato que Álvaro no ha podido tocar ni compartir.

Begoña ha salido a una reunión. Hay dos compañeros al fondo, con auriculares, tecleando.

Marco el número con el dedo sobre cada tecla y dejo el último dígito para el final.

Termino en 41. Pulso.

Suena cuatro veces. Cada tono me atraviesa la sien como un clavo pequeño.

Salta un buzón de voz. No es la locución automática de siempre, sino una grabación personal, de hombre, corta, con ese fondo de aire apretado de quien graba desde un teléfono y no desde un estudio:

Hola. No puedo atender. Deja tu mensaje y te llamo.

Dos frases. Nada más.

Me quedo con el auricular pegado a la oreja y los ojos cerrados, repasando la voz como se repasa la cara de alguien entre una multitud.

Es grave sin ser profunda. Es pausada. Tiene la cadencia de quien ha dicho esa frase muchas veces y la dice sin mirarla.

La reconozco, y al mismo tiempo no puedo nombrarla.

Podría ser Ferran. Podría ser Godoy, con su tono de reunión de comunidad.

Podría ser el agente joven de la escalera, o el señor del abrigo oscuro cuyo rostro nadie recuerda.

Podría ser Álvaro, que habla así cuando intenta parecer neutro, o podría no ser nadie.

Cada nombre encaja un poco y ninguno encaja del todo, como una llave que gira en la cerradura sin llegar a abrir.

No dejo mensaje. Cuelgo.

* * *

Dos minutos después, el teléfono gris empieza a sonar.

En la pantallita aparece el número, entero, sin nombre. ...41.

Mis compañeros ni levantan la cabeza. Dejo que suene tres veces y, a la cuarta, descuelgo sin decir nada.

Al otro lado no hay voz. Hay respiración, muy contenida, y detrás un sonido mínimo y regular que tardo en identificar: una gota cayendo en algún sitio con agua, cada tres segundos, como el grifo del 4ºA. Pasa un tiempo que no sé medir.

Después, muy cerca del micrófono, alguien dice una sola palabra.

—Tranquila.

Alarga la i. La alarga exactamente como yo, con esa manera mía, medio cansada y medio dulce, que Pilar dijo reconocer en la oscuridad de su cocina.

Hay una diferencia: la voz es de hombre.

Pero la música es la mía, y por un segundo, un segundo entero, el estómago se me va hacia dentro sin que logre decidir si lo que oigo es una imitación o un recuerdo.

—¿Quién eres? —pregunto.

La línea se corta.

* * *

Salgo al pasillo de la oficina y me apoyo en la pared, junto a la fotocopiadora, con el auricular aún en la mano. Lo cuelgo despacio en su base.

Llamo a Nerea desde mi móvil. Se lo cuento todo en orden, sin adornos: el log de la tienda, el M. Ibáñez, el 19 de mayo, el hueco de la tarde, el número terminado en 41, el buzón de voz, la llamada de vuelta.

Guarda silencio un largo rato. Cuando habla, lo hace más despacio de lo habitual.

—Hay tres cosas, y quiero que las escuches en este orden.

Primera: no vuelvas a llamar a ese número ni a contestar si te llama.

Cualquier cosa que digas puede grabarse y usarse.

Segunda: el teléfono no es tuyo, y eso se puede demostrar.

Pediré al juzgado que requiera a las operadoras la titularidad de esa línea y su historial de llamadas con el tuyo. Tardará días, pero llegará.

—¿Y la tercera?

—La tercera es la que no me gusta. —Baja la voz—.

Esa llamada de seis minutos del 19 de mayo a las 14:08.

Tres horas y media antes de que se cortaran las llaves.

Si alguien te llamó entonces, y tú lo cogiste, alguien te dijo algo que luego no has recordado.

Y eso no es un error de los vídeos ni de la nube. Es tuyo.

Me resbala el móvil de la oreja. Lo vuelvo a subir.

—No me digas eso.

—Te lo digo porque el juez lo verá antes que tú, si no lo ves tú primero. —Respira—. Escúchame bien. Tienes que dejar de buscar una versión que te exculpe y empezar a buscar la verdadera. Aunque sea peor.

—¿Y si la verdadera soy yo?

—Entonces lo sabremos con pruebas, y no con miedo.

Cuelga con un «cuídate» seco, de los que no saben ser tiernos y se esfuerzan.

* * *

Esa tarde recojo a Lucía en casa de Sara. Me la entrega en la puerta con una bolsa de tupper, una mochila y la expresión de quien ha preparado una frase.

—Antes de nada, una pregunta —dice bajito, mirando hacia dentro por si las niñas escuchan—. ¿Esto puede alcanzar a Irene?

Podría decirle que no. Es lo fácil y es lo que ella quiere oír.

—No lo sé —digo—. Creo que no, pero no lo sé.

Sara asiente despacio, sin enfadarse.

—Yo me fui de una casa en la que dudaba de lo que veía. Tardé dos años en entender que la duda no era mi cabeza. —Se frota los brazos—. Por eso me quedo contigo. Pero me da miedo, y prefiero que lo sepas.

—Y a mí —admito.

—Pues entonces te lo cuento. —Respira—. Esta mañana, cuando fui a dejarla en el colegio, había un hombre en la acera de enfrente. Con un abrigo oscuro. No sé si es nada.

—¿Qué hacía?

—Mirar. Solo mirar. Se fue cuando le miré.

—¿Lo viste bien?

—De lejos. —Duda—. Pero Irene dijo que lo había visto más veces, esta semana. Que a la salida siempre está el mismo señor.

Le doy las gracias, con una sonrisa que me cuesta, y cojo a Lucía de la mano.

De camino a casa, ella va a mi lado con Coronel bajo el brazo, tarareando algo sin letra. Tarda un buen rato en soltar la pregunta, y la suelta como las niñas sueltan las cosas importantes, de pasada, mirando una farola.

—Mamá, ¿papá tiene dos teléfonos?

Sigo andando. No debo pararme.

—¿Por qué lo preguntas?

—Porque el otro día sonó uno en su coche, pero él tenía el suyo en la mano. —Se encoge de hombros—. Era pequeñito. Con la tapa roja.

—Mucha gente tiene un móvil para el trabajo.

—Ya lo sé. —Suspira, con ese aire suyo de mujer mayor—. Pero él lo escondió.